Sobrevivir a una mala decisión

Edith Sánchez · 26 septiembre, 2014
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 3 julio, 2017

El que no se haya equivocado, que tire la primera piedra. ¿Quién no se ha dejado llevar por un impulso y como resultado toma una mala decisión? ¿Quién no ha creído que sabe lo que tiene que saber y asume una determinación que a la postre era equivocada? A todos nos ha pasado, a veces con costos muy altos.

Después de darnos cuenta del error viene una especie de resaca. Renegamos del mal momento en que pensamos que era lo correcto. Nos sentimos culpables. Nos angustiamos. Revisamos una y otra vez la forma de echar a atrás lo hecho. Nos sumergimos en el abatimiento. ¿Qué hacer en esos casos?

Una mala decisión: medir los alcances del daño

Es normal que tengas un acceso de rabia y tristeza en un comienzo. Pero vamos, no te quedes ahí. No te sirve de nada torturarte, ni llenarte de culpa. ¿Para qué? Eso solamente va a impedirte poner la cabeza en frío y realizar acciones verdaderamente eficaces para solucionar lo que sea solucionable.

Una vez hayas completado la fase de desahogo, tu primera tarea es definir, de la manera más precisa posible, cuál fue el error. ¿Decidiste sin saber en qué terreno te estabas moviendo? ¿Te apresuraste? ¿Dejaste que te presionaran algunos factores externos? ¿No tuviste en cuenta los tiempos o los procesos y actuaste en un momento inadecuado?

Cuanto mejor precises el error, mayores posibilidades tienes de repararlo, o bien de tomar de él una experiencia valiosa. Sin embargo, lo mejor para empezar a reparar el daño es sustituir la culpa por la responsabilidad. El sentimiento de culpa puede llegar a ser tan grande que solo nos paraliza. Por otro lado, si en lugar de sentir culpa observamos nuestra responsabilidad en una situación, estaremos en condiciones de pensar sobre ella y comenzar a actuar en consecuencia.

¿Qué podemos aprender del error?

Lo segundo es medir las consecuencias de tu error. Debes preguntarte en qué terrenos te afecta (económico, emocional, físico, o lo que sea). También debes hacer un balance del grado de daño que has hecho, o te has hecho. Utiliza una escala simple: bajo, medio o alto. Luego, delimita todas las consecuencias que trae para ti esa mala decisión que tomaste.

No cedas a la tentación de ser extremadamente duro contigo mismo. Recuerda que llevas encima una carga de culpa en ese momento y eso puede afectar tu percepción. Trata de ser objetivo. Observa la situación e intentar averiguar qué te llevo a actuar de la forma en la que lo hiciste. Posiblemente te des cuenta que fuiste víctima de tus emociones, por lo que te puede servir como aprendizaje: «debo aprender a controlar mis impulsos».

Reparar y seguir adelante

Cuando tengas establecidos cuáles fueron los errores y los daños causados, cuentas con una información muy importante para avanzar en lugar de quedarte en la frustración de lo que pudo ser y no fue. Piensa tranquilamente si todavía puedes hacer algo al respecto. Analiza para ver si hay alguna forma de modificar parte o todo lo que ha pasado.

¿Qué se puede salvar de la tormenta?

Recuerda que no se trata de borrar lo que hiciste, sino de hacerte responsable por tu error. Recuerda, deja de lado la culpa y toma las riendas de la situación. Es muy negativo si orientas tus esfuerzos a tratar de disimular la equivocación, justificarla o defenderla con cinismo. Eso solamente empeora la situación, nunca la resuelve. Asume el error y aprende de él. Si transformamos nuestros errores en aprendizajes, sin duda, saldremos mucho más fortalecidos.

Enfoca tu atención en repara el daño. Al tomar una mala decisión originaste efectos negativos que pueden seguir aumentando. Así que busca la manera de ponerle un límite a ese proceso que ya está en marcha. Los errores, así como los aciertos, suelen desatar una cadena de acontecimientos. Debes evitar los daños que aún no se han causado.

Evita regocijarte en el error

Si no es posible hacer algo, evita regocijarte en el error con largas sesiones de auto-tortura. Si has comprendido tu fallo, si eres consciente del daño que has hecho, no queda más que disculparte. Ofrece excusas sinceras por lo que haya que ofrecerlas y con todas las personas que puedan verse afectadas por tu decisión. Hazlo con humildad. Mostrar un arrepentimiento sincero les dará a entender que has comprendido el daño que has causado. Así pues, pedir disculpas, reconocer el error y responsabilizarnos de que no volverá a ocurrir, es una de las mejores formas de pedir perdón.

Pero sobre todo, pregúntate por lo que has aprendido de todo ello y perdónate. A todos nos ha pasado y no tienes por qué ser una excepción. Tal vez ese error era una fuente de sabiduría que estabas necesitando para no caer en equivocaciones peores. Cuando cometemos un error, suele ser señal de que todavía nos quedan muchas cosas por aprender. Así que lo mejor que podemos hacer es aprender de ello. Rescata lo bueno y pasa la página.

Imagen cortesía de Tomas Picka