Suspiria: dos versiones de un mismo guion

8 junio, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
En los años 70, Dario Argento nos aterrorizó con la brujería y lo sobrenatural en Suspiria. Años después, Luca Guadagnino nos brinda un remake que, aunque bebe del original, reinterpreta al precedente. Dos puntos de vista de un mismo guion, dos maneras de entender una misma historia... ¿Con qué versión te quedarías?

Corrían los años 70 cuando el cineasta italiano Dario Argento sorprendió con su inolvidable Suspiria, un filme que abría paso a la que sería conocida como su trilogía de las Tres Madres.

El género de terror, y de manera más específica, el giallo, ha sido la base del cine de Argento que durante mucho tiempo sorprendió y aterrorizó al público en las salas de cine. Si hay un color con el que fácilmente podemos identificar a Argento ese no es otro que el color de la sangre, un rojo muy presente en su filmografía y que nos traslada a una dimensión estética del terror y la violencia.

En Suspiria, Argento abrazó un terror más sobrenatural, enigmático y plagado de símbolos. El cineasta partió de un guion escrito en colaboración con su esposa, Daria Nicolodi, y optó por dejar buena parte de la trama a la imaginación del público. Los espectadores eran los encargados de reconstruir aquella información que no se da de forma explícita en el filme, de imaginar qué ocurría exactamente tras los sobrecogedores muros de la academia Markos.

Unas cuantas décadas después, en 2018, otro italiano, Luca Guadagnino, desempolvó el guion de Argento y Nicolodi para darle un nuevo sentido. Imaginó todo aquello que cualquier espectador pudo haber interpretado, amplió el pequeño universo que nos presentaron en los años 70 e incluyó algunos elementos de la contemporaneidad.

Así, la Suspiria de Guadagnino se aleja enormemente de su referente, pero no deja a un lado sus raíces y, en ocasiones, nos devuelve a ese rojo tan característico del filme de Argento. Dos maneras de entender el terror, dos maneras de generar suspense y, en definitiva, dos formas distintas de contar una misma historia.

ADVERTENCIA: El artículo puede contener spoilers.

Suspiria: un universo femenino

Ya en otras ocasiones hemos comentado que, desgraciadamente, la presencia femenina en el cine ha sido algo tardía. Durante mucho tiempo, la presencia femenina quedaba relegada a segundos planos, a papeles vinculados con roles puramente femeninos: maternidad, belleza, tareas domésticas, etc. Los hombres, durante décadas, han sido los héroes del cine; por no hablar del escaso papel que las mujeres desempeñan tras las cámaras.

Sin embargo, Dario Argento no solo contó con su esposa para construir el guion de Suspiria, sino que reunió a un elenco de mujeres que escapaban bastante a la norma de la época. Suspiria nos traslada a una prestigiosa academia de baile alemana en la que el poder se encuentra en manos de las mujeres. Hay personajes masculinos, pero la mayoría son secundarios; de esta manera, se produce cierta inversión en los roles habituales.

De hecho, uno de los personajes masculinos que más destaca (aunque no demasiado) es el del joven Mark, interpretado por un jovencísimo Miguel Bosé. Mark es un bailarín de la academia Markos que se muestra sumiso al liderazgo de las mujeres de la academia. Igualmente, se nos presenta como un personaje bastante femenino, pero que despierta el interés de la protagonista, Susie. Así, los moldes de género se disolvían levemente en la Suspiria original. 

Susie es una joven norteamericana que llega a Alemania para estudiar en la academia Markos, lo que no sabe es que dicho lugar, en realidad, es una especie de aquelarre. La presencia femenina inunda la pantalla, protagonistas y antagonistas, todas ellas son mujeres.

Guadagnino va un paso más allá, en plena era del MeToo y de la reivindicación feminista, su película se hace eco de todos estos movimientos. La camaleónica actriz Tilda Swinton interpreta a nada menos que tres personajes, incluido un hombre.

Tal vez, muchos puedan opinar que este cambio de género no era del todo necesario y podrían haber contado con un actor masculino. Sin embargo, necesaria o no, la decisión no es otra que la de reivindicar. No olvidemos que, durante mucho tiempo, los actores de teatro eran siempre hombres y, como consecuencia, debían vestirse de mujeres para interpretar papeles femeninos. Así, muchas de las obras que estrenaron grandes dramaturgos como William Shakespeare estaban interpretadas en su totalidad por hombres.

Esta declaración de intenciones en la Suspiria más reciente termina por eliminar la presencia masculina y relegarla a un plano todavía más secundario. Lo cierto es que la brujería es algo que asociamos a la mujer y que, además, suele adquirir connotaciones negativas. Guadagnino decide hacer de su filme una reivindicación feminista, gritarle al pasado y decirle que las mujeres pueden desempeñar cualquier papel. 

En la actualidad, disponemos de varios ejemplos de cómo la brujería ha servido para mostrar una nueva realidad. De esta manera, series como American Horror Story o Chilling Adventures of Sabrina ya nos han mostrado la reivindicación feminista a través de la brujería.

En la Suspiria actual, se utiliza el trasfondo político de la historia para establecer un paralelismo con la inestabilidad en la gobernabilidad del aquelarre. Una especie de dicotomía entre el patriarcado histórico frente al matriarcado del aquelarre. La versión de Guadagnino se presenta como una renovación o actualización de unos valores que ya estaban latentes en el filme de Argento.

Dos formas de entender el terror

Dejando a un lado las cuestiones más puramente culturales e históricas, Suspiria no deja de ser cine de terror. En la original, Argento hacía un gran uso del fuera de campo, dejando los misterios del aquelarre ocultos tras sus muros. A través de la música y del color, el espectador comprendía que algo extraño sucedía, pero no podía alcanzar a saber qué era eso tan maligno que allí se ocultaba.

La llegada de Susie a Alemania es absolutamente reveladora, Argento nos muestra un espacio conocido: el aeropuerto. Los sonidos del ambiente y los planos de la joven Susie avanzando hacia la salida dibujan un realismo que contrasta con una serie de contraplanos en la que vemos la salida del aeropuerto. Una salida hacia la oscuridad, acompañada por la excepcional e inquietante música de Goblin, que parece advertirnos la presencia del mal, del elemento fantástico o desconocido.

El viaje en el taxi hacia la academia no resulta más esperanzador, las luces caleidoscópicas distorsionan la realidad, la música se hace más fuerte y el exterior nos muestra una naturaleza hostil y aterradora. De esta manera, el espectador comprende que algo va a ocurrir, que Susie debería volver al aeropuerto y no adentrarse jamás en la academia Markos. 

En la Suspiria más actual, la presencia del mal se verbaliza durante la visita al psiquiatra de la joven Patricia, una alumna de la academia. Patricia le expone al psiquiatra unos hechos paranormales que están ocurriendo en la academia. Así se dan dos posibles explicaciones de un mismo hecho: el racional, es decir, la versión del psiquiatra; o el paranormal, confiar en las palabras de Patricia.

La versión de Guadagnino resulta más realista, ya no tenemos esa realidad distorsionada ya no hay una música inquietante, sino que nos sumergimos en los sonidos del ambiente, los cuerpos al bailar o al estremecerse. El rojo, gran protagonista en la Suspiria original, tan solo aparece en el cabello de Susie conectando, en cierto modo, con el imaginario colectivo.

El cabello rojo se ha asociado con frecuencia a la brujería y, en el filme de Guadagnino, cobra cierta relevancia en el momento en que las brujas deciden cortárselo a Susie. Sin embargo, lejos de perder su fuerza como Sansón, Susie se eleva como la auténtica Madre Suspiriorum. De este modo, en el clímax del filme, el rojo vuelve a teñir las imágenes, nos vuelve a sumergir en el baño de sangre y nos traslada a las raíces de Argento.

Guadagnino está decidido a contarnos todos los entresijos del aquelarre, a mostrar lo que el precedente dejó fuera de campo, a buscar la conexión que existe entre baile y brujería a través de una escena sobrecogedora e incómoda. Mientras, Argento trata de envolvernos en una atmósfera surrealista, paranormal y extraña que nos inquieta y aterra.

Su cámara adopta una postura más voyeurista, como si de un personaje más se tratase y como si espiara los movimientos de las jóvenes en la academia. Ambos cineastas acuden a imágenes del imaginario colectivo, pero uno de forma sugerida, mientras el otro lo hace más explícito. 

Argento imaginó su película como un cuento de hadas en el que las protagonistas eran niñas, al no poder hacerlo realidad, dejó algunas huellas que conectan con esa visión infantil en medio del horror.

En definitiva, estamos ante un cuento de hadas aterrador frente a un terror actualizado que apenas deja nada a la imaginación, dos visiones de un mismo guion, pero muy diferenciadas. Ambas disfrutables y ambas estremecedoras, aunque nos quedamos con la de Argento… Y tú, ¿con cuál te quedas?