The Babadook: los monstruos de la noche

Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
30 junio, 2019
The Babadook es un filme de terror, con todo lo que ello implica, pero que alberga una metáfora bastante más aterradora que cualquier monstruo fantástico. El filme explora cómo nos afectan esos monstruos cotidianos que nos visitan por las noches, esas piedras que acumulamos en una mochila invisible mientras sonreímos en sociedad.

La australiana Jennifer Kent se estrenó como directora conThe Babadook (2014), una película de terror que no deja a un lado cuestiones cotidianas. Ya hemos hablado en alguna ocasión de que el cine de terror, por inverosímil que parezca, puede plantear cuestiones absolutamente cotidianas. Hablar de trastornos, de enfermedades, de problemas cotidianos más o menos comunes parece haberse convertido en sinónimo de éxito en el terror.

Todos nosotros, en mayor o menor medida, tenemos un monstruo personal que nos ha atormentado por las noches, que nos ha quitado el sueño o que, simplemente, se ha adueñado de nuestros pensamientos. El miedo puede manifestarse de múltiples formas y puede rozar lo verosímil o lo inverosímil.

Si pensamos en el terror como un género que alimenta nuestros miedos desde la búsqueda de emociones y sensaciones, cabe pensar que tenga cierta conexión con la realidad o, al menos, que plantee una metáfora.

Y es que nada da más miedo que la propia realidad cotidiana; algo Jennifer Kent sabe aprovechar, sin un presupuesto desorbitado, pone en The Babadook. La película puede leerse desde la irracionalidad, desde un monstruo aterrador que alberga un hogar; pero también puede interpretarse como una metáfora de esos males contemporáneos tan conocidos como la ansiedad, la depresión o la dificultad de aceptar una pérdida.

En TheBabadook tenemos a Amelia, una madre cuyo instinto maternal deja mucho que desear. Su hijo presenta severos problemas de adaptación y, en consecuencia, es tachado de raro o inadaptado.

Ambos llevan una pesada losa que les recuerda constantemente la trágica muerte del padre el día del nacimiento de su hijo. Este estigma contrasta con una sociedad que se empeña en que todos seamos felices sin descanso, en que nadie puede tener un mal día y en que las apariencias importan más que nuestra salud mental.

En forma de cuento, el monstruo del pasado cobrará vida en este filme que supone un retrato aterrador de las imposiciones contemporáneas.

El terror en The Babadook

The Babadook es un filme que bebe de ese terror de casas encantadas, de niños diabólicos y de posesiones infernales. Bebe de esas claves, las utiliza y les aporta un nuevo enfoque.

Kent, que en sus inicios fue actriz, sabe cómo sacar partido de los rostros y las interpretaciones de sus actores. Tanto el personaje de Amelia como el de su hijo, Samuel, prestan sus cuerpos a la narración, brindando unas actuaciones que enfatizan el dolor, los traumas y la locura que desencadenan los personajes.

Los rostros, los gestos, pero también los colores y los diálogos cobran especial importancia en The Babadook. En esta familia completamente rota y sumida en un dolor del pasado, irrumpe un cuento infantil que habla de monstruos; monstruos que se adueñan de la noche, de nuestras debilidades y que, si tratamos de ignorarlos, se hacen todavía más fuertes.

El uso del fuera de campo deja al monstruo lejos de las cámaras en la mayoría de las escenas y, cuando aparece, lo hace en forma de sombra, ensoñación o tan solo durante breves segundos.

De este modo, Jennifer Kent sabe cómo asustarnos, como inundarnos con una atmósfera aterradora y fantasmagórica de la que, en realidad, cabe una interpretación racional.

Y ahí, precisamente, reside la magia del filme; en esa doble lectura, en ese juego con lo real, lo fantástico y con la metáfora de lo cotidiano. ¿Son los monstruos producto de la imaginación? ¿Son cosa de niños? ¿No serán los monstruos algo que todos guardamos en nuestro interior, con lo que todos convivimos?

El terror se palpa desde los primeros instantes, pues la película avanza a un ritmo marcado, sin pausa. Conocemos a los personajes y, enseguida, nos encontramos en una situación desoladora que va in crescendo hacia el horror. Amelia y Samuel deberán enfrentarse al monstruo, tratarán de esconder el libro, de negar la realidad, pero el monstruo, cada vez, se hace más fuerte.

Como si de una parábola se tratase, el Babadook terminará por adueñarse de las vidas de Amelia y Samuel, tal y como lo hacen otros monstruos más conocidos como la ansiedad, la depresión… Y es que, con frecuencia, mirar hacia otro lado y ocultar a los monstruos no hace más que alimentarlos, otorgarles poder; pues la única forma de combatirlos es enfrentarlos.

Otra visión de la maternidad

Durante mucho tiempo, la maternidad ha sido vista como una idealización, como el estado de mayor realización personal en la vida de una mujer. En caso de no llegar a ese objetivo vital, la mujer, de alguna manera, se convierte en un ejemplo de fracaso. ¿Acaso no vivimos en una sociedad cada vez más diversa? ¿No hay múltiples formas de vivir la maternidad y distintos tipos de familias?

En medio de un sinfín de madres coraje, luchadoras y fuertes que darían su vida por la de sus hijos, la cineasta australiana Jennifer Kent nos brinda otra visión de la maternidad en su ópera prima: The Babadook. En el filme, la maternidad ya no se muestra como algo idílico y nuestra protagonista, Amelia, se verá profundamente asfixiada por las presiones sociales.

Kent logra dotar a su filme de un punto de vista femenino realmente interesante, no emite juicios, sino que pone ante nuestros ojos situaciones que perfectamente podrían extraerse de la realidad de cualquier mujer; los juicios dependerán de los ojos de quien lo mire.

En un episodio que transcurre en un cumpleaños, vemos como apenas hay presencia masculina y las madres, en contraposición a Amelia, se muestran »perfectas».

Madre leyendo el cuento The babadook a su hijo

Parece que la sociedad nos exige a las mujeres estar siempre en buenas condiciones, ser buenas madres, ser bellas, amas de casa y, al mismo tiempo, poseer un empleo destacado. Amelia trabaja en una residencia de ancianos, es decir, cuida de los demás, pero se descuida a sí misma y a su propio hijo. Su apariencia desaliñada contrasta con la de las otras madres y con los roles de género.

Nadie puede permitirse tener un mal día, una mala racha; y mucho menos si eres mujer. Asimismo, la dependencia del reloj que marca nuestros ritmos, de nuestras obligaciones con la sociedad, se hace patente en el filme. Una dependencia de la que todos somos víctimas y que, en ocasiones, nos empuja a dejar a un lado el cuidado de nuestra propia salud.

Del mismo modo, se abordan cuestiones como la sexualidad, especialmente, la masturbación femenina que se muestra de forma natural, sin intención de sexualizar a la mujer. Tampoco se dejan a un lado los clichés, el machismo arraigado en la sociedad, los roles impuestos y la inutilidad que, en ocasiones, deviene de los servicios sociales.

En definitiva, una sociedad que juzga lo ajeno, pero descuida lo propio; que impone, pero que no es capaz de mirarse en un espejo. Un filme de terror en el marco de la actualidad más directa y, sin duda, desde el punto de vista de una mujer.

Así, The Babadook nos brinda una metáfora, una explicación racional a esos monstruos de apariencia irracional. Monstruos con los que convivimos a diario, que escondemos en un armario, que alimentamos en las noches de insomniopara, finalmente, sonreír como si nada ocurriese en una foto de Instagram.