Un viaje de madurez a través de tus recuerdos

Raquel Lemos Rodríguez · 21 enero, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 21 enero, 2019
Los ejercicios en las consultas de psicología que nos permiten madurar nuestras emociones son importantes. Hoy descubriremos uno de ellos.

Cuando hablamos de inmadurez emocional, nos referimos a una falta de desarrollo en el campo emocional. Así, pensemos en la madurez emocional como un proceso que requiere un desarrollo; el estímulo que proporciona la propia relación con las emociones y el propio aprendizaje al salvar las dificultades que nos imponen estas.

Además, otra forma de estimular esta madurez emocional la encontramos en nuestra memoria y su contenido más genuino: nuestros recuerdos. Hoy os hablaremos de esta posibilidad. Como bien señala Enrique Rojas en su artículo La personalidad inmadura, las características que delatarían este tipo de carencia son la inestabilidad emocional, el desconocimiento que tiene de sí misma y la falta de responsabilidad, entre otros puntos.

En la actualidad, ante la enorme cantidad de material que disponemos sobre este tema y de reciente generación, nos podemos sentir un poco abrumados. Podemos pensar, «Quiero mejorar la gestión que hago de mis emociones; pero, ¿por dónde empiezo? ¿A quién o a quiénes hago caso?». Pues bien, hoy te traemos una buena manera de comenzar este camino: sencilla y válida para todos.

Un viaje de madurez

Para realizar este viaje de madurez recomendamos entrar en un estado de meditación. Esto es lo que hacen precisamente algunos terapeutas en sus consultas. Para ello, podemos estar sentados o acostados. Cerramos los ojos y nos centramos en nuestra respiración.

A continuación, nos vamos a visualizar caminando por un sendero. Puede haber muchas flores, hojas o ser un camino árido. Lo importante es que nos fijemos en todo lo que vemos, que notemos el aire y el sol calentándonos desde lo alto.

Ahora, al final del camino visualizaremos una pequeña cabaña con una puerta. Entraremos en ella y descubriremos unas escaleras que bajan. Nos dirigiremos hacia ellas y empezaremos a bajarlas. A partir de este momento, nos encontraremos con tres plantas.

Pies de una mujer mientras camina

La sala de los malos recuerdos

En la primera planta habrá una puerta y, al lado, una persona mayor. Esta nos mirará sonriendo y nos dará una instrucción: escoger uno de los recuerdos con los que nos encontraremos. Todos ellos son experiencias que nos han marcado de manera negativa.

Las opciones son diversas; la mayoría de ellas nos habrán acompañado durante un tiempo, pero estarán sin procesar; nos han acompañado, pero no nos hemos parado a analizarlas. Observemos atentamente las estanterías de la sala y, cuando tengamos nuestro objeto, saldremos por la puerta.

Algunos recuerdos negativos son experiencias que nos han dejado una fuerte impronta que son el motivo por el que, en el momento presente, tenemos diversos problemas o limitaciones.

La sala de los recuerdos positivos

Una vez hemos salido, nos despedimos de nuestro amable portero y continuaremos bajando las escaleras. Así, accederemos a la segunda planta, donde nos encontraremos con otro portero y otra puerta. En este caso, lo que habrá detrás serán recuerdos positivos.

Traspasaremos la puerta, observaremos todos los recuerdos que hay en la sala y escogeremos aquel que más nos atraiga o que tenga mayor significado para nosotros. Una vez lo tengamos, saldremos, nos despediremos y seguiremos bajando las escaleras.

Nuestro refugio, la última estación del viaje de madurez

En este viaje de madurez llegaremos a la última de las plantas. En ella nos encontraremos con… una puerta. Al pasarla, estaremos en un lugar idílico. Para cada persona será diferente. ¿Naturaleza? ¿Nieve? ¿Animales? Es un lugar en el que estaremos cómodos y que nos transmitirá mucha paz.

En el centro, habrá un camino en el que nos tumbaremos boca arriba. En ese momento, sacaremos de nuestra mochila los recuerdos que recogimos. Los observaremos atentamente hasta que nos demos cuenta de que ambos, buenos y malos, son parte de nosotros, de nuestra historia.

Una vez hemos estado en ese espacio de paz, echaremos un último vistazo y regresaremos por donde hemos venido. En el camino, dejaremos cada recuerdo en cada sala con la correspondiente emoción que han causado en nosotros. Saldremos de nuevo al exterior, recorreremos al revés el camino del principio y abriremos los ojos.

Si escogimos una piedra como recuerdo negativo, esto nos puede permitir reflexionar sobre la rabia que hemos estado guardando y que es necesario que soltemos. Esta se quedará en la sala adecuada.

Puerta entreabierta

Aceptar nuestra historia

Lo que pretende este viaje de madurez a través de los recuerdos es aceptar lo que nos ha pasado, integrarlo y ayudarnos a gestionar nuestras emociones. No importa que tengamos treinta o cuarenta años. Puede que nuestras emociones continúen siendo las de aquel niño dolido de ocho años que tanto sufrió en su momento.

Por este motivo, es positivo que hagamos este viaje de madurez cuando lo necesitemos. Si ya hemos adoptado la meditación como hábito, realizarlo nos será mucho más sencillo. En caso contrario, puede que tengamos algunas dificultades para relajarnos y dejarnos llevar.

Lo importante de todo esto es que si necesitamos ayuda, sepamos pedirla. Los psicólogos están a nuestra disposición para ayudarnos con ejercicios como este y muchos otros a crecer y resolver todo aquello que hoy aún nos duele. Ahora somos personas adultas, responsables de unas emociones que debemos madurar.