Una serie de catastróficas desdichas: ironía y aprendizaje

Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
4 febrero, 2019
Una serie de catastróficas desdichas resulta fascinante por la cantidad de lecciones que aporta, que van desde lo moral hasta la cultura general. Sin importar si hablamos de la serie o los libros, lo cierto es que resulta un universo excepcional digno de explorar tanto por el público infantil como el más adulto.

Una serie de catastróficas desdichas es una serie de libros publicados entre 1999 y 2006 bajo el nombre del autor ficticio Lemony Snicket. En realidad, el verdadero autor detrás de estos libros es el novelista estadounidense Daniel Handler. En el año 2004, se llevó a la gran pantalla una adaptación homónima en la que el malvado Conde Olaf era encarnado por Jim Carrey. Esta primera adaptación obtuvo una buena recepción por parte de público y crítica. Sin embargo, al tratarse de una serie de 13 libros, se quedó un poco corta.

En 2017, se estrenó una nueva adaptación en forma de serie para la plataforma Netflix, en esta ocasión, el papel del villano recayó en Neil Patrick Harris que, a su vez, es uno de los productores de la misma. Ya desde su estreno, nos advirtieron algo nada habitual en los tiempos que corren, y es que la serie iba a contar únicamente con 3 temporadas (se lo agradecemos profundamente).

Si bien la película se quedaba corta, el nuevo formato le permite a la serie profundizar más en la trágica historia de los Baudelaire. Pero, seguramente, alargarla demasiado habría sido una agonía totalmente innecesaria. Para la película, además, trataron de contar con Handler como guionista, pero fue despedido, probablemente, por sus diferencias con la productora. Sin embargo, en la serie de Netflix, Handler participa como guionista y productor.

La serie ha llegado a su fin recientemente y, efectivamente, no ha resultado agotadora. No ha querido exprimir su éxito hasta el infinito haciendo un sinfín de temporadas, sino irse por la puerta grande. Una serie de catastróficas desdichas es disfrutable y entretenida para cualquier edad. Al mismo tiempo, posee cierto componente educativo que resulta muy interesante.

A continuación, te descubrimos las claves de Una serie de catastróficas desdichas y de su genial villano: el Conde Olaf. Pero, como diría Lemony Snicket, todavía estás a tiempo de dejar esta lectura, de retirarte, si no quieres conocer la gran desdicha de los Baudelaire.

ADVERTENCIA: El artículo puede contener spoilers.

Una serie de catastróficas desdichas: entendiendo la literatura

Teniendo en cuenta lo expuesto, centraremos nuestra atención en los libros, pero también en la serie de Netflix por ser una versión bastante fiel. De este modo, combinaremos aspectos de ambas versiones. Tal y como hemos anticipado, Una serie de catastróficas desdichas está pensada para un público infantil, sin embargo, se encuentra plagada de referencias que, probablemente, solo conozca el público adulto.

Así, se convierte en una ficción realmente interesante por aproximar, en cierto modo, la literatura al público más joven. Tan solo hay que fijarse en el apellido de los tres protagonistas huérfanos para darse cuenta de que Daniel Handler, o Lemony Snicket, tomó prestado el apellido del famoso poeta Charles Baudelaire para dárselo a los jóvenes huérfanos: Klaus, Violet y Sunny. Baudelaire fue catalogado como poeta maldito, su vida fue oscura y trágica; y, de alguna manera, los pequeños huérfanos también están malditos.

Las referencias a la literatura son incontables, incluso el Sr. Poe toma su apellido de Edgar Allan Poe. Además, los pequeños huérfanos, sobre todo Klaus, son conocedores de las grandes obras de la literatura universal. Por esta razón, nos encontramos ante un espectáculo macabro en el que sobresalen importantes alusiones y citas de célebres autores literarios.

La ironía es otra de las claves de Una serie de catastróficas desdichas; ya desde el comienzo, observamos que el narrador nos advierte una y otra vez de lo terrible que es lo que estamos por ver (o leer). Y es cierto que muchos de los eventos que se narran son, sin lugar a dudas, desgracias; pero, el modo de contarlo y las advertencias no hacen más que despertar nuestra curiosidad. En su origen, hubo quien malinterpretó los libros sin captar la ironía que se desprende de los mismos. Una ironía que, por otro lado, no es de lo más habitual en la literatura infantil-juvenil.

Otro elemento importante es la verosimilitud. ¿Cómo logra Daniel Handler la verosimilitud? Desprendiéndose de su identidad y presentando a un personaje-narrador-autor que expone los hechos como si fueran ciertos. Esta técnica tampoco es habitual en este tipo de literatura, es más propia del mundo de los adultos. Lemony Snicket es el autor de los libros, conoce minuciosamente los hechos y, además, utiliza infinidad de recursos metaliterarios.

Snicket explica el significado de palabras complejas, reflexiona acerca de los hechos y de la propia literatura. Ejerce, de una forma didáctica, esta función autor-personaje. Además, al final de la historia descubrimos que Snicket estuvo relacionado con los padres de los Baudelaire. Esta idea del autor-personaje, capaz de intervenir, interrumpir o aportar datos, ha sido explorada a lo largo de toda la historia de la literatura y podemos encontrar algunos ejemplos ya incluso en obras medievales como Cárcel de amor de Diego de San Pedro.

A todo ello, hay que sumarle un interesante juego con la superstición: 13 libros, a su vez, divididos en 13 episodios. Por todas estas razones, Una serie de catastróficas desdichas resulta ideal para introducir a los más jóvenes en el mundo de la literatura y, al mismo tiempo, los adultos pueden disfrutar, reflexionar y, por qué no, también aprender.

Niños y hombre en las vías del tren

Conde Olaf: los disfraces del mal

Una vez expuestas, grosso modo, algunas de las claves de Una serie de catastróficas desdichas, es el momento para presentar a su terrible villano: el Conde Olaf. Si no quieres conocer la atrocidad y la maldad en estado puro, todavía estás a tiempo de parar y dejar aquí la lectura. Cabe destacar que tanto Jim Carrey como Neil Patrick Harris estuvieron a la altura del personaje. La caracterización, por supuesto, ayuda enormemente, pero sus interpretaciones son de lo más acertado.

El Conde Olaf es el misterioso antagonista de la historia, un personaje que conocemos como tutor legal de los Baudelaire tras la trágica muerte de sus padres en un incendio. Pronto, descubrimos que estuvo implicado en la VFD (organización secreta a la que también pertenecían los padres de los Baudelaire). Olaf, en realidad, es actor, pero carece de todo talento. Es desagradable, avaricioso, engreído y totalmente inmoral.

El Conde Olaf se presenta como la encarnación del mal, un mal traicionero y engañoso capaz de adoptar diferentes apariencias. A su vez, el Conde Olaf se muestra como un personaje bastante ignorante y son los propios niños quienes corrigen algunos de sus errores lingüísticos. Lo interesante es ver cómo se trata la cuestión de las falsas apariencias y cómo los adultos son, en este punto, los más ciegos.

Los adultos confían absolutamente en lo que ven y, cuando Olaf se presenta disfrazado, a pesar de su pésima interpretación, todos confían ciegamente en que la persona que tienen delante no es Olaf. Todos, salvo los niños, que parecen ser los únicos en darse cuenta de la realidad. Las cosas no son siempre lo que parecen y eso es, precisamente, lo que nos está enseñando Una serie de catastróficas desdichas. El mundo de los adultos reside en las apariencias, pero los niños son capaces de ver más allá.

Niños tumbados

Pese a lo fantástico, el mundo que se nos presenta es el real; eso sí, plagado de anacronismos  y exageraciones. Así, ese marco real y conocido nos invita a pensar que muchas de las cosas que vemos guardan relación con la realidad. Y es aquí donde reside el peso de las frases, críticas y lecciones que nos deja Una serie de catastróficas desdichas.

De alguna manera, alienta a los niños a superar las adversidades, a confiar en su ingenio y a desarrollar toda su capacidades. Igualmente, nos dice a los adultos que no debemos dudar tanto de la palabra de los niños y que, tal vez, deberíamos escucharlos más a menudo. El duelo se presenta como trágico, pero no como el fin. En más de una ocasión, Lemony Snicket nos habla de la muerte, de lo que supone la pérdida y, al mismo tiempo, del destino, pues no sabemos cuándo vamos a morir.

Lejos de dar su vida por terminada y hundirse en la desdicha, los Baudelaire no dejan nunca de luchar por salir adelante y encontrar, al fin, su final feliz. Siempre tratan de buscar el lado positivo, aunque la negatividad se adueñe del ambiente; siempre existe una salida. Y es que, ante una pérdida, por trágica que sea, nuestra vida todavía no se ha terminado.

Una serie de catastróficas desdichas conjuga la comedia con lo oscuro, lo misterioso y lo macabro. Deja un espacio para la fantasía y, al mismo tiempo, reivindica la supervivencia. Aquello que parece imposible soportar y, sin embargo, salimos adelante. Un instinto que está en nosotros y que nos rescata en situaciones desesperadas, como la de los jóvenes Baudelaire.

«El destino es como un restaurante extraño e impopular, lleno de pequeños camareros que te traen cosas que nunca pediste y que no siempre te gustan».

-Lemony Snicket-