Violencia estética: cuando la presión por estar guapas aleja a la mujeres de sus metas

La violencia estética se traduce con frecuencia en una presión desmedida, desde todos los ámbitos sociales, para que la mujer consiga un canon de belleza determinado.
Violencia estética: cuando la presión por estar guapas aleja a la mujeres de sus metas
Cristina Roda Rivera

Escrito y verificado por la psicóloga Cristina Roda Rivera.

Última actualización: 19 enero, 2022

La violencia estética se materializa en presión social para cumplir un prototipo estético a toda costa. Esta presión lleva a las mujeres a someterse a modificaciones estéticas invasivas. La doctora en sociología Esther Pineda, en su libro Bellas para morir: estereotipos de género y violencia estética contra la mujer describe sus consecuencias en la psique y el cuerpo de las mujeres.

La violencia estética no está tan reconocida como otras y en muchos casos no está correctamente visibilizada. Sin embargo, las niñas y las mujeres tenemos desde nuestros primeros años de vida un ideal de belleza claro. El aspecto físico es un pilar básico para nuestro éxito en la vida. Cuidar nuestra apariencia es una obligación para demostrar nuestra femineidad.

Las mujeres que no se acerquen a esos estereotipos son cuestionadas. Apartadas de ciertos escenarios sociales por no responder a esas expectativas estéticas.

Ojo de mujer con marcas por cirugía estética

El ideal de belleza deja a mujeres fuera del camino de su realización

Citando también a la doctora Esther Pineda, la violencia estética se fundamenta en el sexismo, el racismo, la gerontofobia y la gordofobia. Estos cuatro pilares de la frustración de la mujer de hoy, se ceban, lógicamente, con aquellas que no cumplen con sus estándares.

Por eso, la psicología debe situarse en un punto distinto al que ocupan con frecuencia las posiciones filosóficas, e incluso feministas, con las mujeres que utilizan la cirugía estética. Lo cierto es que muchas de las personas que teorizan con estos temas no saben lo que es experimentar discriminación o incluso acoso por sus condiciones físicas.

Solo tenemos que ver cómo el ideal de éxito capitalista excluye totalmente a las mujeres negras y con un índice de masa corporal alto, exponiéndolas en numerosas ocasiones como algo vulgar y fuera de los papeles protagonistas en cualquier ámbito de la realidad. Se las invisibiliza y en muchas ocasiones solo se las tiene en cuenta para ridiculizarlas o sexualizarlas.

Por tanto, la violencia estética no solo se ceba con las mujeres que no cumplen un canon estético, empujándolas a realizarse operaciones e intervenciones estéticas continuamente. Esta práctica también ridiculiza a las mujeres que optan por realizarse estas intervenciones. Se las sexualiza aún más, se las cosifica y se las descarta como seres intelectuales.

Tratar de estar guapas agota energía, tiempo y salud mental

Hablar de la violencia estética en la mujer siempre puede dar lugar a malos entendidos. Inmediatamente, se quiere deslegitimar este debate haciendo alusión a frases hechas como “todo el mundo quiere verse bien” o “todos en mayor o menor medida sufrimos presión estética, incluidos los hombres”.

Sin embargo, eso no debería de invalidar el debate, sino alentarlo. Lo que debe de tratarse es qué nos han enseñado que es “verse bien”. Porque para determinadas mujeres, inteligentes, vitales y bondadosas acercarse al ideal de belleza significa invertir la mitad de su tiempo en conseguirlo.

El ideal de belleza de una mujer significa verse delgada, pero con formas. Con una altura para poder verse bien con ropa, pero siendo proporcionada en los volúmenes para no “intimidar” a los hombres. Por supuesto, completamente depilada. Con una piel suave, tersa y blanca.

Las narices gruesas deben afilarse. Las que tienen forma de “loro”, corregirse completamente. Los labios deben ser carnosos, los ojos no deben resultar demasiados saltones y hay que tener mucho cuidado con la caída de los párpados o la escasez de pestañas.

Podríamos escribir diez artículos como este y no terminar de especificar qué significa, de los pies a la cabeza, ser una mujer perfecta. Algunas lo consiguen a la hora de nacer, pero lo pierden al envejecer. Para otras, llevará toda la vida acercarse en mayor o menor medida a este ideal.

La violencia estética atenta contra la diversidad de los cuerpos y el derecho a tratarse bien

Los cánones estéticos y el bombardeo de los mismos cuerpos una y otra vez no es alentar a sentirnos bien. Es atentar contra la diversidad, la visibilidad y la normalización de los cuerpos. No se trata de que nos sintamos “divinas” en nuestro cuerpo. Los cuerpos no son bellos, divinos o feos. Son piel, cartílagos, órganos, músculos. No debemos adornarlos ni modificarlos continuamente para sentirnos bien en ellos.

Los cuerpos, fabricados y de serie, ya deberían de hacernos sentir normales. Ni tan bien ni tan mal. Asociar el bienestar emocional y el éxito social a algo tan arbitrario como tener la piel blanca o una anchura de piernas menor es disminuir nuestra capacidad para disfrutar de demasiadas cosas de la vida.

La violencia estética trata de hacernos sentir mal por el mero hecho de existir. Por mucho que nos operemos, maquillemos o depilemos nunca estaremos del todo a la altura. Y si lo estamos, nos presiona con no “echarnos a perder”.

Y es que la violencia estética puede llegar a hacer que nos sintamos muy mal por lo que aparentamos, por cómo hemos nacido de distintos a lo que la sociedad de la belleza impone. Por eso, nos impacta ver cuerpos distintos. Cuerpos y caras que se corresponden con los de las mujeres que vemos en nuestro entorno. En el mundo no solo existen mujeres delgadas, jóvenes, blancas y sin imperfecciones.

El 90 % de las mujeres que aparecen en publicidad o en los algoritmos de Instagram se corresponde, en mayor o menor medida, con el ideal de perfección construido socialmente. Antes se trataba del 100 %. Avanzamos, pero demasiado lento, muy poco.

Cara de una mujer con la piel rugosa y la piel lisa

Los hombres: más variedad de cuerpos, perfiles y peso

El atractivo del hombre a lo largo de la historia no se ha asociado tanto con un ideal estético, sino con una serie de atributos psíquicos y comportamentales muy variados. El David de Miguel Ángel es uno de los pocos cánones estéticos establecidos para el hombre a lo largo de la historia. Aun así, siempre ha prevalecido la admiración artística a su autor antes que el modelo estético de la escultura.

Un hombre ha podido ser atractivo con atributos físicos muy diversos. El éxito social y bienestar psíquico de un hombre estaba más relacionado con su oratoria, su capacidad crítica, su determinación, su cultura, sus habilidades físicas, su capacidad artística, su resistencia física, etc. Una infinidad de atributos no relacionados directamente con la belleza. Sin embargo, el poder de su personalidad y su sabiduría los transformaba en deseables, con independencia de la forma de su cara o cuerpo.

En los últimos años, los hombres están sufriendo cada vez más la presión estética. A mayor expansión de los medios audiovisuales, unida al capitalismo, mayor presión por la imagen. Aunque sigue existiendo una gran diversidad de modelos estéticos masculinos, cada vez se les presiona más para estar musculados o para utilizar los implantes capilares. Aparte de ello, no hay grandes presiones respecto a conseguir un modelo único en cuanto a belleza.

Usa la estética cuando quieras, pero ten cuidado de que esta no te use a ti

Para que una reflexión sea útil, básicamente debe llevarnos a mejorar nuestra vida, proporcionarnos bienestar y libertad. Si usamos la estética por placer, podremos descubrir sensaciones placenteras. Aunque la cirugía estética y reparadora sea invasiva, puede utilizarse por quién quiera y cuándo le dé la gana. A eso se le llama libertad.

Revisemos si nuestra libertad nos conduce a la esclavitud. Si lo hacemos porque no podemos soportar nuestro aspecto, no vamos al cirujano a corregir o mejorar una parte de nuestro cuerpo (que es válida tal y como está), sino a realizar una incisión en nuestro espíritu, nuestro malestar y tristeza.

Siempre que consumimos es bueno reflexionar sobre si ese consumo es para hacernos sentir más confortables, seguras o libres o, sin embargo, para hacernos sentir menos desgraciadas por no ser como nos dicen que deberíamos de ser. Un “eres válida físicamente” en lugar de “eres bella” hubiera llevado a más mujeres a más sitios llenos de felicidad que una sala de operaciones.

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