Yacouba Sawadogo, el hombre que venció al Sahara

Edith Sánchez·
06 Septiembre, 2020
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas al
03 Septiembre, 2020
En el mundo hay personas que nos recuerdan la lucha entre el pequeño David y el gigante Goliat. Una de esas personas es Yacouba Sawadogo, un hombre que se enfrentó cara a cara contra el Desierto del Sahara y lo venció, gracias a su perseverancia y a su confianza en los saberes ancestrales.

Yacouba Sawadogo no necesitó ir a la universidad, ni estar al tanto de las noticias para darse cuenta de que el clima estaba cambiando. Vive en Burkina Faso, un país vecino al Desierto del Sahara, y se dio cuenta de que las lluvias eran cada vez más escasas. También notó que esta situación estaba menguando poco a poco los cultivos.

Este hombre, dotado de un extraordinario sentido común, vive en la zona conocida como Sahel. Es la región que se encuentra entre el Sahara y la sabana sudanesa; una región con unas condiciones climáticas inestables que, en varias ocasiones, desencadenaron dramáticas hambrunas. Una de esas etapas se vivió entre 1968 y 1974, y fue precisamente en el 74 cuando comenzó la lucha de Yacouba Sawadogo.

“Espero que la legitimidad proporcionada por este premio ayude a inspirar y animar a muchos otros a regenerar sus tierras en beneficio de la naturaleza, las comunidades locales y las generaciones futuras”.

-Yacouba Sawadogo-

Yacouba se dio a conocer mucho tiempo después, en 2018, cuando ganó el “Nobel Alternativo”, un premio que se concede en Estocolmo a quienes han destacado en su lucha por mejorar la humanidad. El mundo supo entonces del silencioso y maravilloso trabajo que había realizado Yacouba Sawadogo por su gente y por todos nosotros.

Sáhara

Yacouba Sawadogo y el Sahara

Todos hemos oído hablar del desierto del Sahara, un lugar plagado de leyendas que se extienden durante miles de años. Lo que no todo el mundo sabe es que, tanto al norte como al sur de esta zona, los habitantes han logrado arañarle espacios y allí se han asentado comunidades que viven en constante lucha contra la fuerza del desierto.

En el siglo XX, con el aumento de la población en África y la llegada en masa de empresas extranjeras, principalmente mineras extractivistas, comenzaron a alterarse los ciclos ecológicos del continente. Esto afectó, en un primer momento, a los países de la zona de Sahel, dentro de los que se encuentra Burkina Faso, la tierra natal de Yacouba Sawadogo.

A finales de los años 60, el desierto comenzó a ganar terreno en ese país. Las arenas irían engullendo las tierras fértiles y el hambre empezó a convertirse en un mal generalizado. La mayoría de los afectados solo pensaban en irse del lugar, ya que consideraban que la lucha estaba perdida. Fue entonces cuando Yacouba marcó la diferencia: decidió quedarse y pelear contra el Sahara.

El uso de métodos ancestrales

Cuando un suelo se está desertizando, la solución es hacer un diagnóstico especializado, a partir de una investigación exhaustiva, y luego aplicar el método adecuado a gran escala. Pero en Burkina Faso no había ni especialistas, ni investigaciones de alto calibre, ni mucho menos los millones de dólares que se tendrían que invertir para lograr el objetivo.

Yacouba Sawadogo no iba a rendirse sin pelear. Por eso, junto a Mathieu Ouédraogo, su amigo y compañero de lucha, comenzó a investigar por sí mismo. Tuvieron la suficiente lucidez como para buscar en el único lugar en el que podrían encontrar algunas respuestas: las tradiciones ancestrales. En aquella región, los cultivos databan de muchos años atrás, por ello, en sus tradiciones se hallaba la sabiduría suficiente para paliar los estragos de la desertización.

Al final, los dos soñadores aplicaron dos antiguas técnicas para recuperar el suelo. La primera recibe un nombre que se podría traducir como “Cordones de piedras”. Consiste en hacer hileras de pedruscos, de modo que, al llover, el agua se queda estancada durante algunos minutos y, así, puede penetrar en el suelo y restarle dureza.

La técnica triunfadora

La segunda técnica empleada por Yacouba Sawadogo y su amigo fue la de los “Agujeros Zaï”. Esta técnica consiste en cavar hoyos junto a las semillas sembradas, para que estos ayuden a retener más humedad. Yacouba incorporó varias innovaciones a la técnica tradicional como hacer hoyos todavía más grandes.

Pensó que también era buena idea incorporar material orgánico en los hoyos y, así, introducía en ellos un poco de estiércol, material orgánico, hojas, pequeños troncos y deshechos vegetales. Sin saberlo, pero intuyéndolo, esta decisión resultó crucial para que su proyecto llegara a buen puerto.

Pero Yacouba Sawadogo no contaba con que la introducción de materia orgánica en los hoyos atraería a las termitas. Sin embargo, contra lo que pueda parecer, las termitas comenzaron a cavar túneles y, gracias a ellas, el resultado fue todavía más exitoso. En otras palabras, las termitas hicieron el trabajo de ingeniería que faltaba. El resultado fue que el suelo se ablandó, logró tener mayor humedad y las plantas comenzaron a crecer.

Terreno

Una victoria sobre el desierto

Pasaron más de 40 años para que el mundo comprobara que Yacouba Sawadogo había vencido en su lucha encarnizada contra el desierto. Hasta el momento, ha logrado recuperar más de 3 millones de hectáreas, que antes eran tierra estéril y hoy son terreno fértil.

Yacouba sabía que no era suficiente con tener un éxito parcial y, por eso, cuando se dio cuenta de que sus técnicas ancestrales funcionaban, comenzó a enseñarlas a todo aquel que quisiera aprenderlas. Ha pasado todos estos años yendo de aquí para allá en su motocicleta, impartiendo sus enseñanzas entre varias comunidades.

Hoy, con el Nobel Alternativo en su haber, nos ha dado muchas lecciones. Nos enseñó que no hay que rendirse sin dar la pelea, por difícil que parezca. También que las soluciones prediseñadas no siempre son las mejores y, sobre todo, que el sentido común y la confianza en lo propio pueden llevarnos muy lejos. Gracias a él por recordárnoslo a todos.

Puig, J. (2019). Sensibilidad por el medio ambiente y cristianismo. Scientia et Fides, 7(1), 73-96.