Abelardo, biografía de una vida brillante y atormentada

Edith Sánchez · 18 junio, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González el 17 junio, 2019
Lo más llamativo de Abelardo era su apego al racionalismo, en una época en la que primaban las verdades absolutas de la religión. Este famoso pensador francés se adelantó a su tiempo. También vivió uno de los romances más trágicos de toda la historia.

Abelardo fue uno de esos genios trágicos que creó su propia leyenda. Aunque muchas veces se le recuerda más por su tormentosa relación con Eloisa, lo cierto es que fue un intelectual de primera. Incursionó en multitud de áreas y fue, en particular, un filósofo que intentó introducir la lógica racional en la religión.

Casi toda la vida de Abelardo está marcada por el debate. Amaba la dialéctica y varias veces se enfrascó en polémicas de las que en su tiempo salió mal librado. Para la historia, en cambio, aportó importantes razonamientos y un método de pensamiento propio, que se alejaba de la verdades absolutas en la Edad Media y se anticipaba al racionalismo.

Astrolabio hijo mío, dulzura de la vida de un padre / dedícate más a aprender que a enseñar. / Si lo que has aprendido te escapó, deja de aprender. / Quédate atento no al que lo dice sino a lo que se dice”.

-Abelardo (Canto por Astrolabio)-

De su obra no se conserva tanto como se debería, ya que fue obligado a quemar buena parte de ella. Sin embargo, sí se mantiene Historia de mis calamidades, un escrito autobiográfico en el que Abelardo se lamenta de sus múltiples ratos amargos. Aún así fue un pensador muy dinámico y apasionado, hasta el final de sus días.

Abelardo

Abelardo, el comienzo de una leyenda

Abelardo, o Pedro Abelardo como fue bautizado, nació en el año 1079, cerca de Nantes (Francia). De su infancia poco se sabe. Su padre era un caballero medieval, dedicado a la milicia. Sin embargo, vio que su pequeño hijo era muy inteligente, así que se preocupó porque fuera instruido en las llamadas “artes liberales”.

Desde un comienzo, Abelardo se inclinó por el estudio de la lógica y la dialéctica. Era un muy hábil polemista, que tuvo entre sus maestros a las mentes más brillantes de su época. Siendo muy joven viajó por varios lugares y en todos ellos dejó huella por los debates que propiciaba.

A los 20 años fue a vivir a París, en donde tuvo como maestro a  Guillermo de Champeaux, uno de los pensadores más famosos de aquel entonces. Este lo instruyó en diferentes disciplinas como gramática, retórica, aritmética, geometría, astronomía y música. También pulió sus conocimientos en dialéctica. Así Abelardo obtuvo el título de maestro y se dedicó a la docencia.

La enseñanza y un gran amor

Fiel a su vocación y a su formación, Abelardo ganó fama por sus polémicas. Algunas de ellas con sus propios maestros, a los que terminó venciedo en los debates. Sus discípulos se contaban por decenas y su celebridad iba en aumento. Un canónigo de nombre Fulberto, le encargó la educación de su sobrina, Eloisa.

Esta mujer resultó ser una apasionada del conocimiento. Abelardo y ella se enamoraron perdidamente y protagonizaron una de las historias de amor más grandes de todos los tiempos. El tío los separó, pero ellos siguieron viéndose en secreto. Así fue como Eloisa quedó embarazada y tuvo un hijo, al que llamaron “Astrolabio”.

Después de una serie de episodios y malentendidos, Eloisa termina ingresando a un convento. Fulberto activa una atroz venganza contra Abelardo. Por medio de intrigas logra que unos hombres entren a su habitación y lo castren. Luego hace lo mismo con sus criados, pero además les quita los ojos. Fulberto fue desterrado por esto y Abelardo se refugió como monje en Saint-Denis.

Saint Denis

Una vida trágica

Para el año 1120 Abelardo volvió a la docencia. Tuvo entonces una célebre polémica sobre asuntos religiosos con un prominente pensador de la Edad Media, llamado Roscelino. A raíz de ello, Abelardo fue acusado de hereje. En el juicio no se le dio la oportunidad de defenderse. Se le condenó a quemar toda su obra y se le prohibió que volviera a enseñar.

Tras una nueva polémica fue obligado a retirarse en una zona remota. Allí fundó la escuela del Paráclito. Pese a todo lo ocurrido, eran muchos los que se disputaban por ser sus alumnos. Como resulta obvio, Abelardo no iba a resistirse a iniciar nuevos debates. Esta vez fueron San Norberto y Bernardo de Claraval sus antagonistas.

Temiendo nuevas represalias, se marchó al monasterio de Saint-Gildas de Rhuys (Morbihan). Allí escribió algunas de las obras suyas que se conservan. Como lo temía, Bernardo de Claraval lo denunció y nuevamente fue juzgado y condenado. Nunca más podría ejercer la docencia. Escribió otras dos grandes obras, antes de morir en 1142.

Eloisa murió 22 años más tarde. Los cuerpos de ambos fueron sepultados uno junto al otro. Varios siglos despúes, en 1817, los restos de los dos amantes fueron puestos en la misma tumba, en el en el cementerio parisino de Père-Lachaise.

  • Abelardo, P., & Cigüela, J. M. (1967). Historia de mis desventuras. Centro Editor de América Latina.