La antiambición: cuando ser "mediocre" trae la felicidad

Los antiambiciosos no se obsesionan con el éxito o en ser los más productivos. Ellos prefieren ser trabajadores normales a "dejarse la piel" cada día a costa de perder su salud. ¿Han llegado para quedarse?
La antiambición: cuando ser "mediocre" trae la felicidad
Valeria Sabater

Escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater.

Última actualización: 26 diciembre, 2021

La antiambición es una opción lícita, respetable y hasta justificable en materia de desarrollo personal y profesional. Es una filosofía de vida que se está abriendo paso en nuestra sociedad de manera silenciosa, y que nos invita a una profunda reflexión. Define a esas personas que de un día para otro dejan a un lado la obsesión por tener éxito y por darlo todo en sus puestos de trabajo.

La falta de ambición es una opción más en la forma de entender nuestra vida y de comportarnos. Habitamos en una sociedad en la que quien no lucha y está 24/7 enfocado en su labor para superarse y conquistar metas es alguien pasivo, falto de carisma y hasta un fracasado. Nos educan para demostrar nuestra valía y potencial casi a cada instante, lo que puede resultar agotador, y hasta peligroso psicológicamente.

Porque a veces en ese intento por demostrar lo que valemos, nos dejamos la piel y hasta la salud. Nos volvemos hiperexigentes, perfeccionistas, intolerantes al error y alérgicos al descanso. Asumimos que descansar es perder el tiempo y “no hacer nada” es una especie de maldición egipcia con catastróficas consecuencias.

Los “antiambiciosos” han llegado para cambiar esta realidad y vale la pena conocer su perspectiva.

No ser ambicioso no significa ser pasivo o tener miedo a emprender retos. En la actualidad, estamos siendo testigos de una reformulación del término: implica asumir una filosofía de vida más relajada en la que dejar de competir y saber poner límites.

Hombre relajándose en el trabajo gracias a la antiambición

¿En qué consiste la antiambición?

La antiambición es un concepto que ha introducido Paul Douard, redactor jefe de la revista VICE Francia y autor del libro Je cultive l’anti-ambition. En este interesante trabajo nos desvelaba una visión personal, una filosofía de vida que resonó en mucha gente. En lugar de trabajar duro para tener éxito, optó por poner límites y reformular metas.

Trabajar lo justo y realizar actividades que dieran auténtico sentido a su vida se convirtió en su principal prioridad. Tal y como explica en su libro, estamos en un momento en el que no solo nuestros padres nos orientan para que conquistemos un destino excepcional. Las redes sociales y los medios de comunicación nos bombardean a diario con la idea de alcanzar el éxito, ser líderes, gurús o influencers.

La “no ambición” es ahora mismo una forma de resistencia o de revolución silenciosa. La única ambición que tienen las personas como Paul Douard es ser hombres y mujeres normales, corrientes y felices. Atrás quedó la necesidad de ser “excepcional”. Hay quien dice que es una manera de cultivar una forma de mediocridad, es decir, el no esfuerzo, el hacer lo justo y necesario para mantener un empleo, pero sin llegar a plantearse la excelencia.

La antiambición significa saber poner límites para no convertirnos en esclavos de nuestros trabajos.

Cuando la ambición se convierte en la piedra de Sísifo

Decía Platón en La república que sin ambición las buenas personas no llegan a la política. Esto era un peligro, porque si la bondad no tenía aspiraciones, era la maldad la que ocupaba los cargos más altos en una sociedad. Por tanto, algo que sugirió el propio Platón fue la necesidad de imponer castigos con el fin de que los hombres nobles tomaran esos puestos públicos.

Aristóteles, por su parte, explicaba en Ética a Nicómaco que hay “ambición saludable”, “ambición malsana” y “falta de ambición” y que era la primera la que más enriquecía nuestras sociedades. En ella, la persona se define por buenas virtudes y aspiraciones constructivas que median en su realización.

Aunque en ocasiones la ambición es una carga, porque con ella no se logra objetivo alguno. Es casi como la piedra que empujaba el rey Sísifo: antes de llegar a la cumbre, esta se le escapaba y rodaba cuesta abajo, convirtiendo su labor en frustrante y repetitiva. Sucede lo mismo en muchos de nuestros trabajos: nos dejamos la piel y la vida, para que al final nada se reconozca y cambie.

Hay muchas personas que están agotadas de hacer sacrificios en nombre de la ambición. Llega un momento en el que asumen que tanto esfuerzo no vale la pena.

La antiambición no es rendición, es un cambio de perspectiva

Hace unos años, la Universidad de Cornell realizó un interesante estudio. Querían averiguar si el tópico de que las mujeres carecen de ambición comparadas con los hombres era cierto. Algo que pudieron ver es que ya en la infancia, las niñas tienen muy claras sus ambiciones. Y son elevadas.

Sin embargo, factores como el escrutinio social, la brecha de género y la salarial o la dificultad de compaginar trabajo y crianza hacen que se reduzcan a veces sus ambiciones. Por tanto, son muchas las maneras en las que la antiambición surge en nuestras vidas. La más común es la presión constante de demostrar valías trabajando sin contar las horas, cuando esto no siempre trae beneficios.

Sin embargo, hay un aspecto que es bueno tener claro sobre esta nueva filosofía de vida. La antiambición no es rendición. Uno no claudica en la conquista de sus sueños: lo que hay es una reformulación de prioridades y objetivos.

La antimabición significa ponerse límites y saber hasta dónde podemos o queremos llegar para no perder la salud y la calidad de vida. 

Mujer con estrés y que necesita aplicar la antiambición

El problema de la meritocracia

La meritocracia nos dice que solo quienes se esfuerzan triunfan; el fracaso sería la consecuencia lógica de quienes no se han esforzado lo suficiente. Como bien sabemos, está fórmula no siempre es exacta. No por invertir más horas en un trabajo y dedicarnos sin descanso a un proyecto, alcanzamos el éxito.

La ambición puede ser a veces un ejercicio frustrante y por ello, son muchos los que se autoperciben como antiambiciosos. No por trabajar más alcanzamos el éxito o el ascenso, a veces perdemos la salud. En ocasiones, hasta nos esforzamos en dar el máximo de nosotros mismos para visibilizarnos, y lo único que logramos con ello es que en nuestro trabajo asuman que siempre podemos rendir a ese nivel.

No sabemos si la antiambición ha llegado para quedarse, pero lo que sí parece es que nos invita, de momento, a un ejercicio de reflexión.

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