Aprender de la mirada de los más pequeños

18 Junio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga María Vélez
Si tienes niños cerca sabrás que su forma de ver la vida es maravillosa. ¿Te has planteado entonces por qué nos olvidamos de ella cuando crecemos? Te traemos varios aspectos que volver a aprender de ellos para ser un poco más felices

Pasamos toda la infancia y adolescencia soñando y deseando ser mayores, tener ciertas responsabilidades, tener una profesión, hacer lo que queremos… Sin embargo, una vez llegamos a la adultez, nos damos cuenta de que hemos dejado una lista de valores esenciales atrás por el camino. Es entonces, cuando podemos seguir adelante con nuestra vida puramente de adultos, o aprender de la mirada de los más pequeños.

Si algo caracteriza a la infancia es la inocencia cargada de desinterés, amabilidad, ternura y cariño que hay detrás de todas las acciones. Y es que no necesariamente tener que perder esa forma de ver la vida cuando crecemos. Es más, si nos fijamos bien en ellos, podemos aprender, y recuperar, multitud de actitudes valiosas para la vida adulta.

La mirada de los niños

La forma que tienen de percibir y entender el mundo los más pequeños es pura. Están descubriendo todo y se nota en sus ojos y en sus acciones. No temen a nada, sonríen, prueban y si se equivocan, prueban de otra forma. De hecho, muchas de las inseguridades, miedos y conflictos que sufrimos de adulto han nacido en el proceso de crecimiento, rara vez un niño/a los tendría de forma natural. Así, es interesante prestarles atención y quedarnos con varios aspectos que pueden ayudarnos a ser mejores en la adultez.

Ser flexible

Una frase que escuchamos a menudo cuando llega un cambio a la vida de un niño o niña es que los niños se adaptan a todo. ¿Dónde quedó entonces esa capacidad para adecuarse a las nuevas condiciones? ¿En qué momento la rigidez pasó a ser mejor? Para los pequeños todo puede pasar, no se sorprenden si algo de repente cambia de rumbo o si algo no le sale bien.

Esto ocurre porque, generalmente, no se suelen frustrar. Por su descubrir ante la vida, no esperan nada de ella. Así, cundo se produce un cambio o algo no ocurre como desean, simplemente lo vuelven a intentar o exploran una forma diferente de interactuar con ese asunto. Al final, todo sale, y uno se da cuenta que adaptándose a la circunstancias y a las personas todo va más rodado.

Dejar atrás los prejuicios

En la mirada de los más pequeños no existen ideas preconcebidas sobre el mundo. Sin embargo, es la influencia de los adultos la que determina que el niño o niña crezca desarrollando estereotipos y prejuicios que cambien su forma de percibir las cosas. No obstante, es algo que se puede cambiar en cualquier etapa evolutiva.

Librarse de ideas preconcebidas sobre el entorno y las personas que lo componen es un arma poderosa. A pequeña escala, hace que tengamos mejores posibilidades de relacionarnos con los demás, que aprendamos de todos y, simplemente, que vivamos en cordialidad. A gran escala, nos ayuda a construir un mundo mejor en el que nadie es más que nadie, ni es prejuzgado por su apariencia, procedencia o cualquier otro aspecto nada esencial.

¡Divertirse!

Si algo hay que aprender de la mirada de los más pequeños es a divertirse y a reírse mucho. Los niños rara vez harán algo que no sea divertido, pierden el interés inmediatamente. ¿Y por qué tenemos que “sufrir” los mayores haciendo cosas que no nos divierten o aportan nada? El asunto no está en hacer una actividad u otra, sino simplemente en tomarse las tareas de forma más divertida. Probar a hacerlas diferente, con una sonrisa, con otras personas… será mucho más producente y se sacará mayor partido.

Hay que intentar ver el lado divertido de las cosas, da igual que sea en el trabajo, en casa o en la calle. Y, por supuesto, fuera del horario de trabajo, hay que hacer cosas que nos gusten, que nos diviertan y nos llenen por completo. Es simple, seremos más felices y todo irá mejor.

Expresar las emociones

Los más pequeños son una bomba de emociones. Lo mismo están jugando y riendo a carcajadas, que de repente comienzan a llorar, y en el instante siguiente vuelven a reír. Por suerte, con los años comenzamos a racionalizar nuestros pensamientos y no reaccionamos tan emocionalmente como los niños. No cambiamos tanto de humor.

Sin embargo, al racionalizar todo, también perdemos la capacidad de dejarnos sentir. No nos damos permiso a sentirnos tristes, contentos, enfadados… y mucho menos, a expresarlo. Dejar salir las emociones es liberador y te hace sentir genial. Además, reconocer y aceptar las emociones es una parte muy importante para conocerse a sí mismo.

Hacer amigos

De pequeños, quién no estaba en el parque o en la plaza y se acercaba a otro igual para decirle: ¿Quieres ser mi amigo? Eso, ahora de adultos, sería un poco extraño. Sin embargo, tenemos que aprender de los pequeños esa capacidad para acercarse a alguien y entablar una conversación y relación. Sin prejuicios, amablemente, con honestidad y carisma.

Al igual que entonces, puede darte momentos increíbles. De no conocer a alguien pasar a tener un compañero de aventuras. Lo mismo podría ocurrir ahora. Vivimos con el reparo de siquiera cruzarnos la mirada con alguien en cualquier parte, pero es agradable y enriquecedor conversar con quien tengamos cerca. Incluso en el ámbito laboral, tenemos que aprender a acercarnos a esos compañeros y saber más de ellos, o en reuniones profesionales aprender a hacer contactos. Nunca sabemos cuándo podríamos conocer a alguien con quien aportarse cosas mutuamente.

Eso no es todo

Cuando cuando un niño empieza a enumerar las cosas que le gustan, esta lista podría ser muy larga. También deberíamos aprender de la mirada de los más pequeños que la vergüenza no sirve para nada. ¿Hacer el ridículo es lo peor que podría pasar? ¡Pues más divertido será! Las limitaciones las llevamos en nuestra cabeza. Censurarnos no nos desarrolla y nos hace perdernos de todo.

Los niños no se suelen plantear si pueden o no pueden hacer cosas, simplemente lo intentan. Se ponen una capa y saltan desde bien alto, y si se caen, se vuelven a levantar. Preguntan lo que no saben sin miedo a parecer ignorante, ¿por qué tendrían que saberlo? Todo es un juego, una aventura, y si no experimentamos y nos enfrentamos a ella con una actitud valiente, posiblemente no saquemos todo el jugo posible.