Atila, el azote de Dios

Este artículo fue redactado y avalado por el historiador Juan Fernández
25 abril, 2019
Más allá de la leyenda de bárbaro psicópata, Atila fue un gran líder militar. De su historia, verdadera e inventada, os hablamos hoy.

A mediados del siglo V d.C., el Imperio romano occidental, ya disgregado del llamado «imperio bizantino», era un anciano enfermo. En las regiones europeas ocupadas pasarían aún varios siglos hasta que se instalasen otros estados estables. Sin embargo, aunque volátiles a ojos de la Historia, en estos momentos sí nacieron poderes capaces de desafiar a la Ciudad Eterna. Uno de los más conocidos será la tribu de los hunos, liderados por el célebre Atila. Tal fue su poder, que la extensión de sus dominios aventajaba incluso a la del orbe romano.

La imagen que tenemos del caudillo de los hunos es la de un bárbaro despiadado en muchos casos. Es el primero de los muchos invasores orientales inabarcables, implacables, incognoscibles, que vendrían a asolar el mundo occidental.

Un papel que recaería más tarde en Tamerlán, Gengis Kan o más recientemente en la China comunista. Sin embargo, al margen de las fuentes más utilizadas para acercarnos al personaje, existen otras que dan visiones más ecuánimes. En las sagas nórdicas Atila es un noble guerrero, en las noticias de la embajada del romano Prisco un galante cortesano.

Ejército de los hunos

Atila, rey de los hunos

En el año 445 d.C. muere Bleda, hermano de Atila. Se ha querido ver una cierta implicación de Atila en el suceso, pero no está probado. En cualquier caso, a partir de este momento nuestro protagonista hereda el trono.

Su pueblo, llegado de algún punto de las estepas asiáticas y citado en fuentes chinas, gobernaba en este momento sobre varias tribus bárbaras, como los sajones o los alanos. Los dominios de Atila abarcarían de los Balcanes a Jutlandia, del río Rin a más allá del río Don. Su habilidad guerrera ya les había permitido retar a Roma, pero también apoyarla como mercenarios.

En un imperio cada vez más decadente, en el que sucesivos generales tomaban el trono en un precario equilibrio político, los bárbaros antaño despreciados por Roma habían ido consiguiendo estatus a través de las armas. Mientras visigodos, francos o suevos se instalaban en tierras del Imperio, los hunos preferían tributos en oro a cambio de su ayuda reprimiendo las revueltas que asolaban el Imperio. Pero las alianzas políticas no estaban exentas de traiciones.

La furia de Atila

Teodosio II, emperador del imperio romano oriental, en Constantinopla, urde un complot con miembros de la corte de Atila para asesinarlo. Aunque fracasa, su sucesor Marciano prolonga las afrentas negándose a pagar el tributo pactado a los hunos. Estos dos hechos sobrepasan la paciencia del caudillo, que se lanza a la batalla.

A partir de éste momento, Atila se granjea la reputación de general indómito. Esta aureola no fue casual. A lo largo de su carrera militar fue capaz de sitiar Constantinopla, atacar dos veces los Balcanes, invadir Italia y llegar a las mismas puertas de Roma. Allí el papa León X fue el único capaz de persuadirlo para no saquear la ciudad. Muy pocos antes que él pueden presumir de tales hazañas.

No todo fueron victorias, pues al inicio de sus campañas sufrió un descalabro frente a las tropas combinadas romanas y visigodas. Enfrentados a Aecio, el último gran general romano, y Teodorico, el fundador del Reino visigodo de Tolosa, los hunos cayeron en las Campos Cataláunicos.

«Cuanto más larga es la hierba, mejor se corta de arriba hacia abajo».

-Atila-

El derecho de un hijo a la herencia de un padre

Al margen de todas las afrentas romanas, parece que otro hecho motivó la enemistad de Atila con Roma. El emperador Valentiniano III decidió apartar a su hermana Honoria de la familia augusta. El emperador solo tenía una hija, casada con el hijo de Aecio. Honoria, por su parte, sí tenía hijos varones, herederos legítimos al trono según la ley romana. Su repudio evitaba esto.

Honoria decidió pedirle auxilio al rey huno, enviándole el anillo con el sello que demostraba su identidad. En un episodio digno de la mejor de las tragedias, el bárbaro decidió enfrentarse a los ejércitos imperiales en defensa de la princesa que, tal como interpretó, había solicitado un matrimonio con él mismo. Defendería los derechos de sus ahora hijos adoptivos al trono.

Guerrero en un caballo

Un bárbaro muy educado

De entre todos los autores que han hablado sobre Atila, el más discordante es Prisco. Este historiador romano formó parte de una embajada en la corte de los hunos y conoció al personaje más allá de las habladurías.

Aunque pueda parecer chocante, insiste en que en todo momento recibieron hospitalidad y generosidad. Atila convidó a todos sus invitados a un banquete en vajillas de oro y plata, mientras él tomaba una frugal comida en platos de madera.

Tras más de 1.500 años, Atila es más su leyenda que su historia. En su recuerdo se mezclan ambas, y no son siempre fáciles de diferenciar.

  • Bussagli, Marco (1988) Atila, Alianza.