Cómo convertir a un niño en un experto emocional

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 5 mayo, 2018
Roberto Muelas Lobato · 5 mayo, 2018

En nuestro día a día tomamos cientos de decisiones. Muchas de ellas de manera automática, pero otras en base a una reflexión. Si bien las emociones van a influir en cada una de esas decisiones, en ocasiones, las emociones intensas pueden hacer que emprendamos conductas contrarias a nuestros valores o intereses. Precisamente para evitar que esto suceda, hay que convertirse en un experto emocional… y para este propósito daremos ventaja a los más pequeños si les educamos en emociones ya en esta etapa.

Las emociones nos motivan para actuar. Son las que nos impulsan a realizar una acción. Es en la infancia donde empezamos a notar sus efectos, aunque sean pocos los niños -y los adultos- que se detengan a pensar sobre ello. De ahí que esta etapa sea propicia para sentar las bases y adquirir herramientas para mejorar la gestión emocional.

Así, no serán las emociones las que gobiernen al niño, sino que será él quien, haciendo un ejercicio de autocontrol, utilizará la energía que nace de sus emociones para emplearla en aquellas conductas acordes con sus valores en construcción.

Primer paso

El primer paso es conocer las emociones básicas. Esto implica, además de saber qué emociones son, conocer también cuáles son sus funciones. Las emociones básicas que hay que conocer para llegar a ser un experto emocional son: el miedo, la rabia, la tristeza, la alegría, la curiosidad, el asco, el amor y, para los niños un poco más mayores, la vergüenza.

Algunas de estas emociones, como la rabia, van a generarnos la tentación de pegar, insultar o atacar. En cambio, otras emociones, como la alegría, aumentarán la probabilidad de que nos mostremos abiertos, dispuestos y generosos.

Segundo paso

El segundo paso en esta escalera hacia la conversión en un experto emocional es reconocer las emociones. Ser capaces de reconocer las emociones en nosotros mismos y en los demás. Sin el paso previo, este paso es imposible.

No podemos reconocer aquello que no conocemos. Si conocemos los gestos, las miradas y las conductas que generan las emociones básicas, vamos a poder reconocerlas rápidamente. Por este motivo, es esencial que los niños aprendan a identificar a las emociones que experimentan por su nombre. Por ejemplo, podemos ayudar a que sean conscientes de su estado con frases como “te cuesta para quieto porque estás muy alegre” o “tienes ganas de pegar a tu hermano porque sientes rabia”.

Tercer paso

El siguiente paso consiste en legitimar las emociones que los niños experimentan. En otras palabras, permitir y atender a las emociones de los pequeños. Es decir, podemos decirles: “es normal que te sientas así”, “entiendo lo que puede doler”, “todos, cuando no conseguimos lo que queremos, nos sentimos frustrados”; antes que: “no llores, no ha sido para tanto” o “no entiendo cómo te puede dar miedo eso”.

Para educarles en emociones tenemos que hacer el ejercicio de ponernos en su lugar con sus circunstancias. Ser empáticos significa aceptar sus emociones, facilitándoles al mismo tiempo alternativas para canalizarlas más allá de las conductas tentadoras e impulsivas que propone la emoción.

Cuarto paso

En este punto ya estamos listos para aprender a regular las emociones. Las emociones no podemos pararlas, pero lo que si podemos hacer es gestionar la conducta consecuente y el diálogo interior que inician. Para gestionar la conducta hay que distinguir entre emoción y conducta.

La emoción es lo que sentimos y la conducta lo que hacemos. Sentir rabia no justifica que dañemos al otro. Tenemos que enseñarles a los niños que entre emoción y acción nuestra conciencia tiene un margen de decisión. Ese será el margen en el que tendrán que trabajar.

Siguiendo con el ejemplo de la rabia o el enfado, podemos enseñarles ejercicios de relajación o formas educadas de corregir al otro para que no repita una conducta que ha dañado al pequeño.

Niño con diferentes caras expresando emociones

Quinto paso

Reflexionar es un acto mental que nos hace humanos y, para ser un experto emocional, hay que practicarlo. Reflexionar sobre las emociones que experimentamos, así como sobre las sensaciones, los pensamientos y las acciones consecuentes constituye el siguiente paso. Ayudar a los niños a detenerse y reflexionar sobre lo que les pasa va a ayudar a que conozcan mejor sus emociones y sepan cómo regularlas.

Sexto paso

Continuando hacia nuestro camino para ser expertos emocionales, nos encontramos con que en ocasiones las emociones no son adaptativas. Por ejemplo, si conseguimos una beca, pero nuestra amiga no la consigue, expresar nuestra alegría no va a ser adaptativo.

Lo que hay que hacer es usar la empatía para detectar las emociones de los demás y, aunque nuestra emoción sea diferente, adaptar nuestra conducta a la situación. Es por este motivo que hay que enseñarles maneras más efectivas de gestionar sus emociones, sobre todo las desagradables.

Séptimo paso

El último paso consiste en establecer una historia de lo ocurrido. Este paso consiste en darle un sentido o una explicación a lo ocurrido. Es como contar un cuento. Si una niña tiene una pesadilla y se despierta poniéndose a llorar y gritar, habría que que contarle que ha tenido una pesadilla fea y que ha sentido miedo, por eso se ha puesto a llorar. En este punto es imprescindible que entienda que esa pesadilla no se tiene por qué replicar en la realidad.

Recorrer estos siete pasos hasta convertir al niño en un experto emocional no es sencillo. Hay que dedicar tiempo, tener mucha empatía y, sobre todo, paciencia. Sin embargo, hay que pensar que cuando enseñamos a gestionar las emociones a los niños estamos contribuyendo a un mejor futuro para ellos. Les estamos dando recursos para que el día de mañana eviten confrontaciones y tengan una mejor salud emocional. En fin, les educamos para que sean expertos emocionales.