¿Cómo se procesa el asco en el cerebro?

27 Enero, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga María Vélez
Mucho se habla de cómo se produce la felicidad, la tristeza o el miedo en nuestro cerebro. Pero, ¿qué ocurre con el asco? Esta emoción tan básica y olvidada, nos ha ayudado a sobrevivir a lo largo de los años. Te desvelamos cómo se procesa en el cerebro.

El asco es una de las emociones básicas y nos ha ayudado a sobrevivir a lo largo de nuestra evolución. Y, aunque ha sido una de las olvidadas por la psicología, ya disponemos de suficiente información sobre cómo el cerebro procesa el asco: una sensación de fuerte desagrado hacia algunas sustancias u objetos, que nos produce la necesidad de expulsarlo, distanciarlo o rechazarlo.

Esta emoción es considerada universalmente como una de las seis emociones básicas, identificada en todas las culturas y personas con limitaciones sensoriales. Tiene una expresión facial característica: elevación del labio superior, fruncimiento del ceño y descenso de los ángulos de la boca.

Además, se acompaña de una bajada de la tensión, disminución de la respuesta galvánica de la piel, náuseas, descenso de la frecuencia cardíaca, sentimiento de aversión, distanciamiento del objeto, cambios respiratorios y vocalizaciones características (por ejemplo, “¡ughh!“).

Mujer sintiendo asco

Naturaleza del asco

Es importante tener en cuenta que el cerebro ha sido modelado por nuestra experiencia -como especie e individual-. Así, antes de tener un sistema inmunológico desarrollado, contábamos con una especie de sistema inmune conductual.

Este sistema más básico actuaba como una barrera que nos protegía del contacto con parásitos y otros daños potenciales para nuestro organismo.

La ventaja que nos ha dado sentir asco ha sido principalmente la evitación de enfermedades. Así, aunque hay diferencias culturales sobre qué nos da asco, los principales disparadores de esta emoción son:

  • Secreciones y partes del cuerpo: heces, saliva, sangre, heridas, vómitos, pies, etc.
  • Comida podrida.
  • Algunos seres vivos como insectos, gusanos, arañas…
  • Algunas características de gente desconocida o diferente.
  • Violaciones de normas sociales o morales.

Incluso siendo una emoción de carácter innato, hay que tener en cuenta que algunos aspectos del asco son aprendidos, dando lugar a diferencias culturales o en el desarrollo. Por ejemplo, los niños hasta los dos años no parecen sentir asco.

Sin embargo, esto podría explicarse porque, hasta esta edad, están bajo el cuidado de sus progenitores y porque nuestra especie nace bastante inmadura y vulnerable. Así, por observación de las conductas de los padres, se iría desarrollando la emoción.

El asco en el cerebro

Para saber cómo se procesa el asco en el cerebro hay que tener en cuenta dos regiones fundamentalmente: la ínsula y el sistema límbico (amígdala e hipocampo).

  • La ínsula recibe información de las vías sensoriales y envía información o estímulos a otras estructuras, como el sistema límbico, el estriado ventral y el córtex órbitofrontal. Esta región parece ser la encargada de experimentar el asco, así como en reconocer expresiones de asco en otras personas. Por ejemplo, en personas con enfermedad de Hungtington, donde está afectada la ínsula, se encuentran alteraciones de esta emoción. Además, la estimulación de la ínsula produce náuseas.
  • El sistema límbico, y en concreto la amígdala, está relacionado con el procesamiento emocional negativo, como el miedo y el asco, y con el aprendizaje. De hecho, recientemente, un grupo formado por miembros de la Universidad de Granada y la Universidad Autónoma de Baja California han detectado la región concreta de la amígdala que provoca el rechazo a sabores desagradables.

¿Cómo lo procesa?

Hasta ahora, los estudios científicos habían relacionado el asco con determinadas áreas cerebrales, capturando imágenes de áreas implicadas. Ahora, gracias a las tecnologías, como la resonancia magnética funcional, se puede observar cómo se procesa el asco en el cerebro de forma dinámica.

Esto es lo que han hecho un grupo de investigadores de Cataluña hace un año. Para ello, se sometió a 30 personas a un estudio en el que dentro de la resonancia se le presentaban seis minutos de vídeo de alimentos apetitosos, frente a seis minutos de alimentos y otros objetos desagradables (cucarachas u hombres comiendo lombrices, entre otros).

Los resultados han mostrado que aún 40 segundos después de haber observado las imágenes desagradables, el cerebro sigue procesando esta emoción. Además, las imágenes cerebrales han demostrado que ante una escena u objeto asqueroso, no sólo se activa una parte del cerebro entre las que se indicaban anteriormente, sino que se activa casi la mitad del cerebro.

En cuanto al procesamiento, los científicos han expuesto que existen tres fases:

  • Aparece el estímulo y el cerebro comienza a activar mecanismos de defensa y protección, aún sin que la persona sea consciente.
  • Una segunda fase de alerta consciente en la que ya se comienza a valorar el estímulo como negativo de forma consciente.
  • Una tercera fase de asimilación, en la que se siente la emoción del asco y provoca que la experiencia se almacene en la memoria. Esta fase puede durar unos 26 segundos después.
Hombre con náuseas y asco

Trastornos del asco

Puede ocurrir que se sienta asco excesivo o hacia estímulos que inicialmente no tendrían por qué provocarlo. Así, existen varios trastornos psicopatológicos que están relacionados o tienen un componente específico de asco.

Ejemplos de ello son algunos trastornos de ansiedad, como el trastorno obsesivo compulsivo de limpieza y orden, en el cual hay una preocupación excesiva por el contagio de gérmenes y la suciedad.

En algunas fobias, el componente del asco es crucial, como en la fobia a la sangre o en la fobia social. En cuanto a esta última, parece que en algunos casos la persona siente cierta repulsión o aversión a relacionarse con personas. También, se investiga el papel que tiene el asco en los trastornos de alimentación.

Bunmi O. Olatunji y Dean McKay. (2009) Disgust and Its Disorders: Theory, Assessment, and Treatment Implications. Washington, D.C.: American Psychological Association.