¿Cómo sería vivir sin espejos?

06 Noviembre, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Laura Ruiz Mitjana
¿Cómo sería vivir sin espejos? ¿Te lo has planteado alguna vez? En este artículo reflexionamos sobre ello, y relacionamos la cuestión con el autoconcepto y la autoestima, los cánones de belleza y la presión por "estar siempre perfecto". Además, hablamos sobre algún estudio relacionado. ¡El debate está servido!

¿Alguna vez te has preguntado cómo sería vivir sin espejos? ¿Habría menos trastornos de la imagen corporal o de la conducta alimentaria? ¿Cómo afectaría esta situación a la autoestima y autoconcepto de las personas? ¿Nos volveríamos más seguros de nosotros mismos?

Como dato curioso, según un estudio del 2011 liderado por Katja Windheim y publicado en Behaviour Research and Therapy, los espejos podrían actuar como desencadenantes de las personas con TDC (trastorno dismórfico corporal). Esto se relacionaría con un modo específico de procesamiento cognitivo, caracterizado por un aumento de la atención centrada en uno mismo y la angustia asociada.

Realmente se trata de una cuestión interesante relacionada con muchos aspectos psicológicos y sociales, ya que actualmente tenemos espejos por todas partes: en casa, en los edificios o los escaparates, en el ascensor… Sin hablar de la presión social por “estar perfectos” o los cánones de belleza impuestos. ¿Podríamos vivir sin espejos? ¿Seríamos más felices?

Mujer frente al espejo

¿Cómo sería vivir sin espejos?

¿Cuántas veces nos miramos al espejo? ¿Por qué lo hacemos? Se trata de cuestiones interesantes que nos pueden llevar a un ejercicio de imaginación curioso: imaginarnos la vida sin espejos.

Seguramente, si hiciéramos una pequeña prueba y dejáramos de tener espejos durante un tiempo, comprobaríamos cómo nuestra prioridad pasa de ser la estética o la imagen “perfecta” a ser la confianza personal en nosotros mismos, sin necesidad de comprobar constantemente cómo estamos “de cara a la galería”, es decir, físicamente.

Un grupo de blogueras americanas despertó hace unos años un airado debate sobre el mirror fasting (ayuno de espejo). La actriz, supermodelo, productora cinematográfica y presentadora de televisión Tyra Banks, en el plató del programa de TV “Good Afternoon America” decía lo siguiente, en relación a esta cuestión:

“Siempre les digo a las mujeres que el espejo no es nuestro enemigo. La industria de la moda y el cine están empeñados en decirnos que no somos lo suficientemente buenas, pero cuando empecé mi carrera conseguí expandir el concepto de belleza, cambiar patrones. No mirarse en el espejo significa que ellos, estos lobos de la industria, han ganado”.

Por otro lado, según José Ignacio Baile, profesor de psicología clínica en la UDIMA (y autor de algunos estudios sobre imagen personal), “el abandono temporal del espejo no tiene por qué tener ningún efecto psicológico, más allá de la sensación personal de liberación por estar adoptando una acción protesta“.

Como vemos, el debate está servido; la realidad es que la vida con o sin espejos se relaciona mucho con los conceptos de: belleza, autoconfianza, autoconcepto, autoestima, presión social… ¿Pero de qué manera?

¿Por qué nos miramos al espejo?

Para reflexionar sobre esta cuestión nos parece interesante indagar primero en las causas que nos llevan a mirarnos al espejo. Seguramente lo hacemos por diferentes razones: por las mañanas, para comprobar cómo estamos (si estamos bien peinados, maquillados, vestidos, etc.); durante el día, para comprobar que seguimos “impolutos”.

También para cuestiones más “prácticas”, como si tenemos algo entre los dientes después de comer o si se nos ha corrido el rímel después de llorar (son solo algunos ejemplos cotidianos).

La realidad es que los espejos son prácticos y útiles para todo esto, pero ¿realmente los necesitamos? A nivel vital está claro que no. Se trata en realidad de un accesorio, de un “complemento” para nuestro día a día.

El autoconcepto

Roy Baumeister, psicólogo social, definió el autoconcepto como una estructura de conocimiento. A través de él, las personas nos prestamos atención a nosotras mismas, apreciando nuestros estados internos y nuestras respuestas, es decir, nuestro comportamiento externo.

A través de este proceso de autoconciencia, nos conocemos a nosotros mismos y recopilamos información sobre nuestra persona. Así, el autoconcepto se construye a partir de dicha información y se continúa desarrollando a medida que nos conocemos más a nosotros mismos.

Por otro lado, Carl Rogers, uno de los fundadores de la psicología humanista, estableció que el autoconcepto estaba formado por tres componentes:

  • Autoimagen: la forma en la que nos vemos a nosotros mismos. Cuando nos miramos al espejo, en gran parte surge nuestra autoimagen.
  • Autoestima: es el valor que nos damos a nosotros mismos, y también cómo nos tratamos.
  • Yo ideal: es aquella persona que nos gustaría ser, en la que nos gustaría convertirnos.

“La satisfacción de la necesidad de autoestima conduce a sentimientos de autoconfianza, valía, fuerza, capacidad y suficiencia, de ser útil y necesario en el mundo”.

-Abraham Maslow-

Autoconcepto y vivir sin espejos

Pero, ¿qué relación tiene el autoconcepto y cada uno de estos componentes con el hecho de vivir sin espejos? Pues mucha. Para empezar, cuando nos miramos al espejo, la autoimagen toma forma, se va creando (aunque también se nutre de pensar sobre nosotros mismos).

A su vez, la autoestima se nutre también de cómo nos vemos a nosotros mismos, y eso también se forma a partir de la mirada hacia uno mismo; cuando nos miramos al espejo, también decidimos si lo que vemos nos gusta o no. También contribuimos a aumentar o empeorar la autoestima. Finalmente, cuando nos miramos al espejo también deseamos encontrar ese “yo ideal” que mencionaba Rogers, aunque a veces no lo encontremos.

La manera que tenemos de mirarnos por dentro y por fuera tiene mucho que ver con la composición de nuestro autoconcepto y en lo segundo tienen mucho que ver los espejos.

El autoconcepto engloba aspectos físicos, pero también emocionales y de personalidad. Vivir sin espejos y autoconcepto: ¿se podría crear este último sin espejos? Por supuesto que sí. Lo que ocurre es que dicho autoconcepto se nutriría de otras fuentes más allá del físico: de la personalidad, de los valores personales, de las emociones… ¿Y eso es bueno o malo?

Mujer abrazándose

¿Tendríamos mayor autoconfianza?

¿Tendríamos mayor autoconfianza en un mundo sin espejos? Aunque no podamos tener una respuesta definitiva (o correcta) a esta cuestión, sí podemos intuir que en esta situación, la autoconfianza se basaría más en cuestiones intrínsecas a uno mismo (valores, personalidad…) más allá de las variables externas (es decir, el físico, el ideal de belleza, etc.).

En este sentido, quizás la presión social por “estar bien”, “estar guapo”, “mantener un ideal de belleza”, “seguir la moda o los cánones”, etc., disminuiría drásticamente. Quizás también seríamos menos superficiales con los demás porque no podríamos vernos a nosotros mismos (al menos a través de espejos; sí podríamos hacerlo a través de fotos, por ejemplo).

“Ser bello significa ser tú mismo. No necesitas ser aceptado por otros. Necesitas aceptarte a ti mismo”.

-Thich Nhat Hanh-

Si te miras al espejo…

En definitiva, para saber cómo sería vivir sin espejos deberíamos hacer un experimento para comprobarlo; en este sentido, sería interesante la llegada de investigaciones sobre esta temática, ya que en la actualidad son escasas. Lo que está claro es que los espejos se relacionan perfectamente con los conceptos mencionados (belleza, autoconcepto, presión social…), y que si no tenemos una imagen positiva de nosotros mismos, mirarnos al espejo puede generarnos angustia.

Además, su influencia en las personas con trastornos de la conducta alimentaria (TCA), por ejemplo, también existe y no debemos obviarla. Lo importante es que, si te miras al espejo, lo hagas bonito y apreciando la persona más importante de tu vida: tú mismo.

“La belleza está en los ojos del que mira”.

-Anónimo-

  • Markus, Hazel y Elissa, W. (1987). El autoconcepto dinámico: una perspectiva psicológica social. Revisión anual de psicología, 38(1): 299-337.
  • Rogers, C. (1987). El camino del ser. Barcelona: Kairós.
  • Windheim, K. (2011). Mirror gazing in body dysmorphic disorder and healthy controls: Effects of duration of gazing. Behaviour Research and Therapy, 49(9): 555-564.