Conoce a tus yoes y no te fusiones con ninguno

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Alicia Escaño Hidalgo
22 mayo, 2019
Os presentamos dos teorías en el ámbito de la psicología sobre el self o el yo/yoes que tratan de explicar cómo la fusión con una guía del yo o con un rol desempeñado puede llevarnos a reacciones afectivas más disfuncionales.

Multitud de teorías de la psicología social han intentado definir qué es el yo / yoes. Desde Williams James a finales del siglo XIX, que distinguió entre el «mí» como objeto de la experiencia y el «yo» como observador, hasta el psicoanálisis más ortodoxo. El yo es esa parte autorreferencial de nuestro ser. Supone el sentido de nuestra identidad y depende de que nos veamos a nosotros mismos como protagonistas de nuestras experiencias vitales.

Aunque el ser humano tiene una esencia única, no está conformado por un solo yo. Dentro de su persona, existen multitud de roles y facetas, yoes presentes, pasados y futuros. Una buena forma de mantener óptima nuestra autoestima es ser conscientes de que existen todos esos roles, valorarlos, aceptarlos, pero no fusionarnos con ellos. La no fusión a un rol implica que la persona entienda que ninguno de ellos empieza y completa su definición a la vez.

Esto quiere decir que, si en mi vida, debido a distintas experiencias, uno de mis roles representados se ve mermado en algún sentido, no tengo por qué sentirme desdichado completamente. El resto de yoes, que no han sido dañados, pueden compensar en gran medida ese dolor.

Sin embargo, si me fusiono demasiado con uno de los yoes y me encuentro con alguna circunstancia perturbadora para ese rol, todo mi self se verá amenazado y entonces será más complicado para mí funcionar en mi día a día. Pasamos a presentar algunas de las teorías surgidas en psicología que muestran interés en definir el yo y su relación con el afecto y la autoestima.

Mujer sujetando una nube con sus manos

La teoría de la autodiscrepancia de yoes (Higgins)

La teoría de la autodiscrepancia de Higgins se centra en el tema de los yoes como guías del self. Este autor plantea que el yo no es un concepto unitario. De esta forma, para definir los distintos componentes del yo alude a dos parámetros: los dominios del yo y los puntos de vista del yo. En este último criterio encontramos la perspectiva de la persona sobre ella misma, así como la que cree que tienen las personas significativas.

Desde la teoría de la autodiscrepancia, podemos encontrar distintos dominios del yo en función del punto de vista propio y el de los demás. Estos serían: el yo real (lo que soy), el yo ideal (cómo me gustaría ser), el yo que debería ser, el yo potencial (lo que podría llegar a ser) y el yo futuro o lo que esperamos ser.

El yo real para Higgins sería la base de nuestro autoconcepto: lo que sabemos de nosotros mismos, así como lo que saben los demás. El resto de yoes constituirían las guías del yo o hacia dónde me muevo o quiero llegar.

La autoestima se mantendría óptima siempre y cuando no exista demasiada discrepancia entre yoes. Además, si atendemos más o nos fusionamos en mayor medida con un yo que con otro, es probable que experimentemos ciertas emociones.

Por ejemplo, si mi yo que debería es demasiado relevante y me siento fusionado a él, cuando alguna circunstancia lo trunque, me sentiré demasiado culpable. Si me obsesiono con mi yo ideal y me cuesta alcanzar las metas que me guían hacia él, puedo acabar frustrándome.

Las guías del yo son positivas y nos ayudan a crecer en la vida, pero la clave está en no apegarse demasiado a ninguna de ellas, manteniéndo óptimo el autoconcepto actual: el yo real.

La teoría de la autocomplejidad de yoes (Liville)

Linville formuló un modelo que relaciona la multiplicidad del yo o autocomplejidad con la variabilidad afectiva, y que consta de cuatro supuestos:

El primero asume que el yo está representado cognitivamente en términos de múltiples aspectos. Estos aspectos dependen en parte del número de roles sociales que una persona tiene en su vida (por ejemplo, esposa, madre, abogada), pero también del tipo de relaciones interpersonales que establece (de colegas, de rivalidad, de apoyo, maternal), de las actividades que realiza (jugar el mus, nadar, escribir), o de rasgos de personalidad supraordenados (ambiciosa, creadora).

Cada uno de esos aspectos del yo organiza un conjunto de proposiciones y características sobre uno mismo (rasgos de personalidad, características físicas, habilidades, preferencias, objetivos, recuerdos autobiográficos), de forma que los aspectos del yo difieren entre ellos en la medida en que engloban conjuntos distintos de características.

Por otro lado, Linville define la autocomplejidad en función de dos elementos: el número de aspectos del yo y el grado de diferenciación entre dichos aspectos. Las personas altas en autocomplejidad organizan el conocimiento de sí mismas en términos de un mayor número de aspectos del yo y mantienen mayores distinciones entre ellos.

En este sentido, es normal que las personas nos sintamos bien con algunos roles que ejercemos y no tanto con otros. Por ejemplo, una persona puede sentirse orgullosa de sí misma como madre, pero sentirse avergonzada de cómo se ha desempeñado en su rol de trabajadora.

Si mantengo una alta autocomplejidad, es decir, muchos yoes bien diferenciados, mis reacciones afectivas serán menos extremas cuando alguno de los yoes se vea «castigado». Lo que me afecta como madre no tiene por qué influir en mi yo como trabajadora, hija, hermana o amiga.

Mujer con reflejo multiplicado

Conclusión

Es saludable que a lo largo de nuestra existencia mantengamos ciertas guías del yo, como proponía Higginis, que nos permitan marcarnos retos o metas vitales. También que nos ayuden a mantener la coherencia y a trabajar por lo que quiero llegar a ser y lo que pienso que me merezco. Por otro lado, tal y como argumentó Liville, es deseable tener varios yoes sin que nos fusionemos con ninguno de ellos, esto es mantener una alta autocompejidad.

Para salvaguardar la autoestima, así como el estado de ánimo estable, sería conveniente ser conscientes de todos los yoes que poseo, trabajar por mantenerlos, por mejorarlos, pero no definiéndonos globalmente por ninguno de ellos.

De esta forma, los altibajos de la vida nos llegarán a afectar mucho menos. Se trata de no poner todos los huevos en la misma cesta. Ocurra lo que ocurra que pueda afectar a alguno de nuestros roles, siempre habrá un yo que quedará intacto y que podrá atenuar las consecuencias sobre el estado de ánimo y la autoestima. En palabras de Linville, «la alta autocomplejidad te protege en los malos tiempos pero también te mantiene los pies en el suelo en los buenos tiempos».

  • Morales, F.(1994). Psicología Social. Madrid: McGraw-Hill.