¿Cuál es el ingrediente más importante para tener una vida feliz?

¿Cuál es el ingrediente más importante para tener una vida feliz?

Belén Gisbert Vercher 27 febrero, 2015 en Psicología 2 compartidos
¿Cuál es el ingrediente más importante para tener una vida feliz?

La ciencia ha ofrecido una gran cantidad de respuestas para esta cuestión, especialmente durante las últimas cinco décadas. Algunos dicen que la riqueza, algunos dicen que la religión y otros dicen que la familia es lo más importante.

Pero, hay un factor que se repite con cierta constancia y que genera una gran polémica: la influencia de nuestra infancia en el desarrollo adulto que hemos tenido. Así, en nuestros primeros años de vida adquirimos una manera de ver el mundo a la que después no vamos a poder desterrar o sustituir fácilmente. Por otro lado, esta forma de ver el mundo va a estar influenciada por un factor esencial. ¿Imaginas cuál es?

Ese factor es la vinculación afectiva, la calidez y la atención. En una palabra, el amor.

Este factor fue estudiado recientemente de forma muy específica por investigadores de Harvard (Vaillant, 2012). Su objetivo fue comparar los efectos de la riqueza financiera de la niñez con la calidez en la infancia. Al seguir a más de 200 hombres (sí, solo hombres) durante más de 70 años. En este seguimiento, llegaron a algunas conclusiones interesantes.

Apreciaron que la riqueza financiera en la infancia tiene poco que ver con el éxito adulto, la satisfacción y el ajuste. El calor de los padres y la atención durante toda la infancia es un predictor positivo mucho más poderoso.

Algunos se preguntarán, “¿Cuál es el problema para que en algunos casos falte amor? ¿No todos los padres aman a sus hijos de forma innata? ”

Más allá de sentirse amado, un niño tiene que sentirse conocido por sus padres. Un niño tiene que sentir que sus padres le conocen y le aman tal y como es: con sus fortalezas y debilidades, rasgos de personalidad, preferencias, debilidades y caprichos. Debe sentir que sus padres le ven y conocen realmente.

Esa es la única clase de amor que se siente de forma verdadera y genuina. Es el único tipo de amor que produce a un niño con una autoestima saludable, un fuerte sentido de identidad y autoestima resistente.

Una pregunta que a menudo te puedes hacer, es: “Cuando creciste, ¿Sabías que tus padres te amaban? ¿O crees que tus padres te amaban?”. Es una distinción vital. Debido a que puedes saber que alguien te ama sin realmente sentirlo.

Por ejemplo, si además de asegurarte algunos derechos básicos -educación, ropa, comida y cobijo-, hablaban contigo, se preocupan por ti, preguntaban lo que sentías o te motivaban, tus padres te querían de verdad y te conocían.

Si esto último en tu infancia fue así, entonces probablemente tienes una buena base para el éxito en tu vida. Probablemente te conoces a ti mismo, tienes tus propias preferencias, flaquezas, debilidades y fortalezas.

Si, por el contrario, no fue así, entonces es posible que todavía no hayas recibido algunas cosas positivas de tu niñez. A menudo, echamos la vista atrás y no sabemos conectar demasiado bien nuestro pasado con nuestro presente y con lo que esperamos del futuro.

Hacer bien esta labor de introspección puede ayudarnos, no solo a integrar aquello que nos frena, sino también a identificar elementos disimulados o escondidos que hasta ahora no habíamos visto.

¿Por qué es tan importante el amor en los primeros años de la infancia? Hay muchas razones. Quizá la primera y más importante es que constituye el nacimiento de la confianza, tanto en uno mismo como en los demás. Hablamos de la confianza ciega, de esa que puedes depositar sin que tengas que vigilar tu espalda.

Otra no menos importante es aquella que tiene que ver con el aprendizaje. Quién recibió un amor sano aprendió a dar y expresar un amor sano. Además, quién desarrolló este tipo de apego pudo ver con sus propios ojos los efectos de la generosidad, la entrega y el apoyo incondiconal.

Quién recibió amor, disfrutó de su infancia. Pudo tener más o menos juguetes, pudo ir a un colegio más o menos exclusivo pero a buen seguro fue feliz y en innumerables ocasiones pudo sentir que lo tenía todo, a pesar de no haber dejado de desear o querer la chuchería que rara vez le compraban.

Lo que podemos decir es que una infancia plena no garantiza nuestro éxito como adultos, al igual que una infancia con maltrato y tristeza tampoco garantiza el fracaso. Lo que sí es cierto, es que las personas que recibieron amor en su infancia y se sintieron arropadas y queridas parten con una ventaja muy importante a la hora de entrar en el mundo adulto.

Dicho esto, como adultos somos los responsables de nuestros hijos, pero también de todos los niños que hoy juegan o lloran. Como sociedad y como humanidad debemos ser conscientes de que lo que sembremos hoy en ellos será lo que probablemente guíe sus vidas mañana.

Belén Gisbert Vercher

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