¿Cuál es la verdadera revolución de la psicología positiva?

Sergio De Dios González · 7 septiembre, 2018

Pocos campos de la psicología se han hecho tan populares como la psicología positiva. Junto a ella, hemos empezado a tomar conciencia de lo importante que son nuestras emociones. En algún momento de nuestra historia occidental, pasada la oscura edad media, con la ilustración, la razón le empezó a comer terreno a la fe. La lógica de los ilustrados alzó a la ciencia y nos recordó que ni la tierra es el centro del universo ni el hombre el centro de la naturaleza.

Nietzsche mató simbólicamente a Dios (“Dios ha muerto”, lo que paradójicamente, aunque el tiempo verbal así lo implique, no significa que Nietzsche pensara que Dios había existido alguna vez), fue Thomas Hobbes quien señaló que el peor enemigo lo tenemos en casa con aquello de que “el hombre es un lobo para el hombre”. Es decir, de alguna manera sería mejor que el hombre estuviera muerto para el hombre.

Siguiendo en este hilo, muerto el hombre, debilitado, mirado con lupa, grano de arena en un cosmos inmenso, la psicología vuelve la mirada a nuestros procesos más íntimos: hablamos de las emociones. Y es que el siglo XXI parece el siglo de las emociones. De las inteligencias múltiples sí, pero sobre todo de la emocional. Esa que nos ayuda/e a lidiar con ese lobo; tanto el que habita en las personas que nos acompañan, como, y principalmente, con el que habita en nosotros.

Caracol sobre caracol

Una mirada distinta en los ojos de la psicología positiva

Quizás el mayor logro de la psicología sea el de haberle dado una vuelta a lo que nos fastidia. Me explico. Los que habéis estudiado psicología en la universidad, y por lo tanto metodología, recordaréis que uno de los peores dolores de cabeza que se le pueden presentar a un investigador son los casos atípicos (outliers). Hablamos de esos casos que se alejan mucho de lo esperado teniendo en cuenta diferentes fuentes, como las medias del propio estudio o la literatura.

Muchos investigadores los consideran una fuente de error. De hecho hay una enorme cantidad de procedimientos estadísticos, ni os imagináis cuántos ni de qué complejidad, para que ese tipo de valores fastidien lo menos posible las conclusiones de un estudio. En realidad, se considera un fastidio porque una de las razones más frecuentes para este dato anómalo, no esperado, es que se haya producido un error de medición o en la codificación (al pasar los datos al programa estadístico).

Pongamos un ejemplo. Imaginemos que un psicólogo ha administrado una prueba que mide la ansiedad a una muestra de personas. Son 15 preguntas, en cada una de ellas se puede puntuar 1 o 0, de manera que la puntuación máxima en esa prueba es 15. Sin embargo, una vez que hemos introducido los datos en el ordenador, nos damos cuenta de que hay una persona con una puntuación de 113. Lógicamente esta puntuación es imposible. Lo más probable es que nos hayamos equivocado al transcribirla.

Hay casos en los que esto no es tan evidente. Si hubiéramos introducido un 11 en lugar de 1, el dato no nos hubiera llamado la atención: aparentemente no habría sido un caso atípico. Demos un pasito más y vamos a ponerlo más difícil: imaginemos que todas las personas menos una obtienen puntuaciones entre 2 y 5. Sin embargo, nuestra persona atípica obtiene un 14. Raro, ¿verdad?

¿Qué hacemos con este 14? Bien, pues como hemos apuntado antes, la estadística ha generado un montón de soluciones para nuestro valor atípico (pensad que, como decía mi querida directora de Máster, los estadísticos viven de ello) y lo ha hecho tanto a nivel univariante como multivariante. La mayoría de ellas van en un sentido: limitar su influencia todo lo posible a la hora de hacer contrastes.

Aviones hacia la misma dirección excepto uno

Psicología positiva: estudiar la felicidad donde hay felicidad, no donde falta

Llegados a este punto, vamos a dejar a un lado la metodología para explicar por qué la llamada psicología positiva ha supuesto una revolución. Su objeto de estudio no han sido las puntuaciones esperadas, las que se encontraban alrededor de la media, sino que han sido precisamente esos valores atípicos tan despreciados.

Lo que sucede en consulta no escapa a esta reflexión. Cuidado, porque muchas veces lo que buscamos los  psicólogos o lo que busca el paciente/cliente es acercarse a la normalidad, y acercarse a la normalidad significa acercarse a la media.

Sí, me diréis que hago trampa, que esto la psicología ya lo había hecho. Había estudiado a quienes puntuaban en una escala de ansiedad, por ejemplo, muy alto. A quienes, durante un duelo, entraban en una depresión aguda. Lo que no había hecho demasiado es estudiar a aquellos que eran atípicos “para bien”. Por ejemplo, a aquellos que ante una situación potencialmente ansiógena mostraban niveles controlados de ansiedad o a aquellos que eran capaces de recuperarse rápido y de verdad después de un suceso potencialmente traumático.

La psicología positiva nos ha dicho: “ehh, igual tenemos que empezar a estudiar a estas personas que son atípicas en una dirección que hasta no hace pocos años había sido ignorada -la de la salud en vez de la enfermedad-, apartada para minimizar el error”. Este cambio, al mismo tiempo, ha sido un enorme aliento de esperanza. Una manera de decir: también tenemos ejemplos que nos dicen que se puede, que lo anormal va más allá de la enfermedad o lo patológico, que hay anormalidades que ya quisiéramos que fueran más habituales.

Estudiemos a los sujetos extraordinarios antes que borrarlos de la estadística. Ellos son los que nos pueden ayudar a mejorar la media porque tienen la clave, conocen el camino: para memorizar mejor, estar más calmados, ser más resilientes…

Uno de los principales pilares sobre los que trabaja la psicología cognitiva es ese que afirma que no reaccionamos ante la realidad, sino ante lo percibido.

Fórmula de una cara triste más una incógnita dando como resultado una cara alegre

Si vemos como un tigre viene y no vemos un obstáculo que le impida abalanzarse sobre nosotros, lo normal es que entremos en modo pánico. Sin embargo, eso no significa que ese obstáculo no exista: puede tener atada una cadena que le impida llegar hacia nosotros, de manera que es imposible que nos haga nada; sin embargo, nuestro corazón empieza a latir con fuerza.

Trabajar con lo percibido en el caso del tigre es una gran desventaja. Sin embargo, al psicología positiva nos dice que esta distancia, este filtro para la composición de lo que nos llega a través de nuestros sentidos lo podemos poner a nuestro favor. Si no, piensa, ¿a cuántos retos te has enfrentado con la sensación de que, antes de empezar, ya estaba todo perdido? ¿En cuántos retos las ganas iniciales te han servido para superar los obstáculos más complicados?

Sí, y es que cerrando el círculo, volviendo a la psicología positiva y a las emociones, son precisamente estas las que nos pueden hacer extraordinarios.

Peterson, Ch. y Seligman, M. (2004). Character Strengths and Virtues: A Handbook and Classification. Oxford University Press. Seligman, M. (2002). La auténtica felicidad. Ediciones B.