Cuando la exigencia nos exige demasiado

Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 25 noviembre, 2015
Marian García · 17 octubre, 2013

A todos nos gusta que las cosas salgan bien. Pero también somos conscientes de que nuestros planes o aspiraciones no siempre terminan tal y como lo habíamos ideado. Existen numerosos factores e imprevistos que son imposibles de controlar y no conseguir los resultados esperados puede llegar a frustrarnos. Cuando la exigencia nos exige demasiado, podemos llegar a pasarlo realmente mal.

Hay quienes convierten la conquista de la perfección en una meta obsesiva, que les genera malestar e insatisfacción continua. Son personas demasiado exigentes, cuyas intransigencias con ellos mismos y los demás se convierten en un auténtico problema. Vivir en una sociedad tan competitiva como la actual, en ocasiones, nos impone metas inalcanzables. Sin embargo, lo importante es saber cuando podemos exigirnos un poco más o cuando es momento de levantar el pie del acelerador.

Ser demasiado exigentes

Cuando alguien exigente es consciente de sus fallos y se da cuenta de que no puede conseguir lo que se proponía, se siente mal, se culpa, se castiga y se machaca por dentro. Esta actitud no beneficia, sino que genera sentimientos negativos como la insatisfacción. Una insatisfacción fruto de unos propósitos no siempre del todo reales. Es por ello tan importante aceptar que el error es parte del día a día y que no siempre saldrá todo como esperamos.

Ser tan auto-exigente, más que una virtud, puede convertirse en un defecto que nos acarree problemas con nosotros mismos y con los demás. Las personas exigentes a menudo son tan intransigentes con los demás como con ellos mismos. Esta actitud no lleva a nada bueno. No se puede pedir a nadie más de lo que es capaz de dar, ni esperar que los demás sean como nosotros queremos. No todos tenemos las mismas capacidades, ni los mismos gustos, ni las mismas aspiraciones, ni vemos la vida con el mismo prisma.

UN PROBLEMA DE AUTOESTIMA

La exigencia desmesurada genera estrés y ansiedad. Una persona exigente busca permanentemente la perfección. No conseguirla le crea insatisfacción, una emoción tóxica que lleva a la infelicidad. Además, suelen mostrarse susceptibles y sensibles a las críticas, ya sean constructivas o destructivas. Por ejemplo, no soportan que alguien les diga cómo hacer las cosas.

El origen de esta intransigencia generalmente está asociado a un problema de autoestima, a no aceptarse como uno es. El primer paso será, por tanto, aprender a respetarnos, es decir, a querernos como somos, con nuestras virtudes y defectos.

Para dejar que la exigencia se convierta en un problema, habrá que cambiar las prioridades y aspiraciones. En lugar de perseguir la perfección, uno debe ser consciente de cuáles son sus limitaciones y también percatarse de las limitaciones de los demás.

Muchas personas proyectan sus exigencias en los demás causando problemas emocionales. Hay padres que frustran la felicidad de sus hijos exigiéndoles continuamente que sean perfectos. Esto genera en los niños un sentimiento potencial de culpabilidad e inseguridad ya que sus progenitores les hacen sentir que nunca cumplen con las expectativas y se sienten, además, incapaces para hacerlo.

La exigencia y las relaciones de pareja

La exigencia con desmesura también puede afectar a las relaciones de pareja, por lo que habrá que saber medir los niveles de intransigencia a los que sometemos y retamos a la otra persona para no deteriorar o acabar con la relación. Cuando mantenemos una relación de pareja, solemos proyectar nuestras expectativas en la otra persona. Pero, ¿qué ocurre cuando nuestras expectativas no coinciden con el comportamiento de nuestra pareja? Sufrimos, nos enfadamos.

Aquellos que son tan exigentes, pueden culpar a la pareja de ser la causa de su infelicidad. Cuando las expectativas no se cumplen, culpamos a la otra persona. “Antes no eras así, has cambiado”, dicen mucho. El quid de la cuestión, es que todos cambiamos con el tiempo. Sino, estaríamos anclados a un inmovilismo que nos impediría evolucionar. Por tanto, amar sin exigencias, es amar respetando el crecimiento personal del otro.

Ser una persona exigente no tiene por qué convertirse en algo negativo si sabemos gestionarlo y ponerle límites. La exigencia nos puede ayudar a alcanzar metas o conseguir retos, algo que mejorará nuestra autoestima. Pero tenemos que ser conscientes de que, aunque pongamos todo nuestro empeño en hacer las cosas bien, no siempre obtendremos los resultados esperados. La vida no es perfecta y las personas tampoco lo somos.