Desde que la perdí, supe que era para mí

Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Francisco Javier Molas López
· 27 febrero, 2019
Desde que la perdí supe que nos habíamos conocido para compartir nuestras vidas. Pero las circunstancias parecían impedir lo que prometía ser una preciosa historia de amor. Quizá no era el momento adecuado...

Pasan los días, las semanas, los meses… Conozco a más personas que marcan mi camino. Personas que influyen de forma positiva tanto en mi autoconocimiento como en el conocimiento de todo aquello que me rodea. Sin embargo, soy incapaz de olvidar aquella sonrisa. Una sonrisa grabada a fuego en mi mente.

El destino, las circunstancias, el karma o a saber el qué no quiso que nada ocurriera entre ambos. Un día dijimos adiós. Un adiós que supuso una ruptura de parte de mi alma, de mi corazón. Desde que la perdí, supe que era para mí.

A pesar de ser diferentes, de tener inquietudes opuestas, existía un lazo de unión irrompible. Una conexión difícilmente explicable con palabras, sencillamente inefable. ¿Por qué ocurren este tipo de conexiones? ¿Por qué eres incapaz de desaparecer de mi mente? Desde que la perdí, comenzó a estar conmigo en cada momento, en cada canción, en cada paseo, en cada recuerdo….

Serendipia

Lord Horace Walpole (1717-1797), Conde de Oxford, definió el concepto serendipia como ‘hallazgo afortunado’. A. Agostini (2005) como ‘encontrar algo valioso mientras se busca otra cosa, descubrir algo apreciable por casualidad, realizar por azar un acto de sagacidad’. Y para J.A. Coppo (2012) la serendipia es el ‘arte de encontrar algo no buscado’. Y eso fue lo que nos sucedió.

Todo comenzó unos años atrás. A principios de Marzo. Una amiga era la encargada de dirigir una visita guiada por la ciudad, pero un imprevisto impidió que lo hiciera y me pidió el favor. Mi labor era enseñar los lugares más emblemáticos de la ciudad a un grupo de desconocidos.

Pareja bajo una luz

La visita debía ser corta. No podíamos andarnos con rodeos ni entretenernos en demasía. Llegué al lugar de encuentro y allí estaban todos, esperando a que alguien les mostrase los rincones más hermosos de la ciudad en tan solo unas horas.

Al finalizar la visita, muchos de los integrantes me lanzaron sus preguntas ansiosos por saber más sobre el lugar. Intenté responder con la mayor precisión todas las cuestiones que pude. Con aquellos que quisieron profundizar un poco más intercambiamos teléfonos y correos electrónicos para futuras dudas.

Fantasmas y miedos

Varias de aquellas personas se pusieron en contacto conmigo. Sus inquietudes giraban en torno a las historias de misterio que les relaté sobre el lugar. Sin embargo, con una de aquellas personas, las conversaciones cada vez eran más y más largas. De alguna forma, y sin buscarlo, nos percatamos de que hablábamos a diario. Sentíamos la necesidad de saber el uno del otro.

Tal fue la conexión que decidimos vernos en varias ocasiones. Cada uno, con nuestras historias, conectamos hasta tal punto de sentirnos indisociables. A pesar de ello, en ningún momento tuvimos un acercamiento más allá de un abrazo, pero las miradas eran tan intensas, que ni la luz del sol podía oscurecerlas.

«Puedo escribir los versos más tristes esta noche.Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.La noche está estrellada y ella no está conmigo».

-Pablo Neruda-

Nuestros fantasmas, nuestros miedos y nuestras indecisiones provocaron que aquel fuego perdiera poco a poco su intensidad. Una fuerza que realmente solo estaba oculta por nuestros egos y nuestro orgullo, pues las llamas de la pasión seguían más vivas que nunca.

A pesar de ello intenté sonreír ante la adversidad. Como escribió Gabriel García Márquez, «nunca dejes de sonreír, ni siquiera cuando estés triste, porque nunca sabes quien se puede enamorar de tu sonrisa».

Éramos el uno para el otro

Cuando la vi, supe que éramos el uno para el otro, pero desde que la perdí supe que era para mí y yo para ella. Sin embargo, en este caso, ser uno del otro iba más allá de un sentido de posesión. Más allá de la obsesión o del aferramiento. Entraba en el ámbito de la unión entendida solo desde la experiencia. Un vínculo que, a pesar, de los enfados, las tensiones y los desacuerdos permanecía irrompible. ¿Se trataba del famoso hilo rojo?

«Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido».

-Pablo Neruda-

Pero, ¿qué es el hilo rojo? Se dice que es un hilo invisible que conecta a pesar de la distancia y el tiempo. Un hilo que establece una conexión entre dos personas que están destinadas a conocerse y que pase lo que pase, seguirá ahí, inalterable.

¿Será ella la que está al otro lado del hilo? Muchas veces me pregunto si fue verdadero amor lo que llegamos a sentir y si este hilo rojo ha sido tejido para que nuestras vidas se unan tarde o temprano. Desde que la perdí, el hilo rojo no ha hecho más que tensarse y destensarse, aunque llegado un punto, ha parecido romperse para siempre.

Pareja agarrada de la mano

Desde que la perdí

Desde que dejamos de saber el uno del otro, sé que no hay día que no estemos en nuestros recuerdos. Eso sí, nos hemos creado cierta aversión por nuestras acciones desacertadas.

En realidad, y sin intención de acusación, pienso que te has equivocado en multitud de ocasiones. Yo también. Sin embargo, tus errores han minado lo que podría haber sido un sueño. Y, a pesar de ello, no logro alejarte de mi mente. Te he perdonado errores que me han atravesado el alma.

Tu juego nunca ha sido limpio, plagado de mentiras y ocultamientos. Mi juego ha estado basado en mi propio miedo. Nuestra forma de operar no ha sido la correcta. Me esperaste y no acudí. Te pedí señales de complicidad y no llegaron.

Me pusiste contra la espada y la pared. Y a pesar de ello, el hilo sigue sin romperse. Unos días el nudo del hilo me aprieta menos el dedo, pero en ocasiones me corta la circulación y me falta el aire.

Desde que la perdí supe que el matiz de mi vida se volvería más oscuro. Cuando nos dijimos el último adiós, sentí que algo había muerto dentro de mí. Fui consciente que hay personas que cuando llegan son para quedarse y no para irse, y menos, a través del sufrimiento.

Tú llegaste para quedarte. Yo llegué para quedarme. Pero nada ocurrió como esperábamos. Porque quizá no fue el momento, quizá no fueron las circunstancias. ¿Por qué todo se complicó tanto? Solo queríamos darnos un abrazo y fundirnos en un solo cuerpo…