Desintegración familiar: ¿cómo afecta al niño?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 18 julio, 2018
Sara Clemente · 21 julio, 2018

La separación o divorcio de los padres puede tener efectos -más o menos importantes, dependiendo de las circunstancias- en todos los miembros de la familia. En muchos casos, la desintegración familiar da lugar a una situación indeseable e insostenible que afecta principalmente a los más pequeños.

La manipulación y las faltas de respeto quizás son las primeras tentaciones en las que ninguna pareja debería caer. Por tanto, es fundamental limpiar el lenguaje de insultos hacia el otro, intentando que prime el bienestar de los menores por encima del propio. 

Asimismo, es muy perjudicial para la salud mental de los niños, el hecho de que se sientan forzados a posicionarse del lado de uno o de otro. No hay que demonizar al otro, sino tratar de facilitar la transición hacia la nueva realidad familiar.

Cambios en el hogar

La marcha de uno de los padres deja “cojo” el hogar familiar. Y estos cambios para los niños son tan perceptibles como inevitables. Es difícil explicarle al pequeño las razones por las que mamá y papá ya no están juntos. Por eso, los esfuerzos no han de ponerse tanto en las explicaciones sino en garantizar en todo momento su seguridad física, emocional y psicológica.

Para ello, hay que hacer un esfuerzo para lograr que entiendan que sus padres van a seguir estando ahí para él, aunque su relación se haya roto. Asimismo, de cara a un futuro, eso les permitirá aceptar a nuevos miembros de la familia en el caso de que sus progenitores decidan rehacer sus vidas amorosas.

Padre hablando con su hijo sobre la separación

Trabajar con la incertidumbre

La desintegración familiar para muchos niños puede suponer pasar de un nivel socioeconómico estable a un estado de total incertidumbre. De tener una vida equilibrada, ordenada y segura, a estar rodeados de una serie de amenazas económicas, que pueden ocasionar serias dificultades emocionales en el niño. La percepción de los cambios, dentro de lo posible, no ha de ser brusca, sino progresiva.

Niños “maleta”

La custodia compartida es una de las soluciones que propone la legislación para garantizar la atención física conjunta del niño por parte de ambos progenitores. Ante esto, está el peligro de los “niños maleta”. Aquéllos que al tener que cambiar de habitación cada muy poco tiempo están en un constante ir y venir, como si no pertenecieran a ninguna de las dos casas.

Muchos niños pueden reaccionar muy mal ante estos constantes cambios de rutinas, relaciones, entornos, normas y horarios. Esto, en última instancia, puede hacer que desarrollen carencias afectivas.

Miedo, angustia y estrés

A consecuencia de los cambios que hemos mencionado, una de las reacciones más comunes en los niños es el miedo. Pánico a lo que sucederá en un futuro inmediato. ¿Me querrán igual mis padres? ¿Qué tengo que hacer ahora? ¿Volveré a ver a mis amigos?

Estas son algunas de las preguntas que el pequeño se puede hacer en su cabeza y que, de no ser clarificadas por los adultos, pueden generarle alteraciones emocionales.

De ahí que sea viral transmitirles seguridad y demostrarles que el vínculo afectivo, el amor y la relación parento-filial siempre van a permanecer intactos. Aun así, es hasta cierto punto normal que, sobre todo en momentos inmediatamente posteriores a la ruptura, se sucedan estados de malestar y angustia en los más pequeños.

Por otro lado, ante situaciones de desintegración familiar, los hermanos mayores pueden ser un apoyo y una referencia importante, especialmente para construir el relato de lo que ha sucedido. Ese lazo sanguíneo o afectivo es recomendable en este tipo de circunstancias, en las que los niños pueden llegar a sentir que sus padres están más centrados en sus propios problemas que en ellos.

Hermanos abrazados de espalda

Cambios de conducta

En el proceso que dure el divorcio o separación, los pequeños pueden manifestar importantes cambios de comportamiento. Muchas veces, son una llamada de atención a sus progenitores o un intento de acercar a sus padres. Creen que si se ponen de acuerdo en regañarle, podrán llegar a arreglar las cosas entre ellos.

Esto está muy ligado a una de las emociones negativas más potentes que tenemos todos los seres humanos: la culpa. Si un niño se siente culpable de esa desintegración familiar, es posible que lleve a cabo distintas conductas compensatorias; o incluso que llegue a auto-lesionarse.

Hablamos de un mecanismo de defensa empleado para protegerse del dolor que le genera la separación de sus padres. Y es un reflejo de la no aceptación de la ruptura.

Una vez más es esencial hacer entender a los niños la distinción entre la relación de pareja de los padres y el vínculo que cada uno de ellos mantiene con el pequeño. Pareja y maternidad/paternidad.

Así, por un lado, la desintegración familiar puede afectar y mucho al bienestar de los más pequeños. Pero, por otro, puede ser positivo para ellos desde el punto de vista del clima familiar. Al cesar las tensiones, los conflictos y las malas relaciones entre los adultos, la calidad de vida del niño puede mejorar.