¿De dónde nace el sentido del ridículo y cuál es su función?

Todos, en algún momento de nuestra vida, nos hemos sentido ridículos. Pero, ¿para qué sirve "este sentido"? ¿Hasta qué punto puede ayudarnos?
¿De dónde nace el sentido del ridículo y cuál es su función?
Laura Ruiz Mitjana

Escrito y verificado por la psicóloga Laura Ruiz Mitjana.

Última actualización: 06 diciembre, 2022

El sentido del ridículo adquiere forma con la vergüenza, el miedo o el nerviosismo que produce la idea de que se rían de nosotros, de quedar mal delante de los demás… La mayoría de nosotros lo tenemos, pero, ¿qué función cumple realmente?

¿Sabías que existe un miedo patológico a hacer el ridículo, la llamada gelatofobia? Reflexionamos sobre estos fenómenos y analizamos qué puede estar ocurriendo cuando este sentido del ridículo o bien no existe, o bien se convierte en limitante o incapacitante.

¿Qué es el sentido del ridículo?

La palabra “ridículo” proviene del latín ridiculus y este del verbo ridere (reír), junto al sufijo instrumental –culum. También procede del latín reticŭlus, que significa ‘bolsa de red’. Cuando hablamos de algo ridículo, nos referimos a algo que puede considerarse extravagante, grotesco, chocante… y que suele provocar en las personas cierta burla, risa o extrañeza. La palabra tiene varias acepciones:

  • Algo que por su rareza o extravagancia mueve o puede mover a risa.
  • Extraño, irregular y de poco aprecio y consideración.

En cambio, cuando hablamos del sentido del ridículo, nos referimos a ese miedo a que los demás se rían de nosotros por algún motivo. Es un sentimiento que nos paraliza a la hora de actuar, precisamente por ese temor a quedar mal o a que los demás se den cuenta de nuestros “errores“, se rían por ello o nos juzguen.

Por ejemplo, surge por miedo a “meter la pata”, equivocarnos, tropezar en medio de la calle o delante de mucha gente, etc.

Mujer sintiéndose avergonzada

Sentido del ridículo: ¿mucho, poco o nada?

La mayoría de las personas tenemos cierto sentido del ridículo (sobre todo, aquellas personas más inseguras, o que tienden a tomarse las críticas como ataques personales), aunque no todas. Hay personas a las que, simplemente, les da igual lo que opinen los demás.

Sin embargo, la falta absoluta del sentido del ridículo (llevado al extremo) se ha relacionado con las personalidades psicopáticas y asociales, en las que existe un exagerado desprecio por las normas sociales y una falta de respeto por los demás.

Por otro lado, y como curiosidad, un estudio publicado en la Asociación Española de Pediatría (AEP) atribuyó la ausencia del sentido del ridículo (junto a otras características) a los niños prepúberes con TDAH.

El sentido del ridículo variará mucho de una persona a otra, en función de su personalidad, actitud, experiencias previas, etc.

Un exceso de sentido del ridículo

En general, las personas que tienen un excesivo sentido del ridículo tienden a ser más tímidas e inseguras. Además, sobrevaloran los convencionalismos sociales. Tienen también una gran sensibilidad frente a los juicios y las opiniones ajenas, tal vez alimentada por una baja autoestima y un gran miedo al “qué dirán”.

También pueden ser personas muy autoexigentes y que se observan constantemente a sí mismas (la llamada autoobservación), que están muy pendientes de lo que puedan decir o pensar de ellas, porque necesitan hacerlo siempre bien, sí o sí, en búsqueda de esa exigencia o perfección.

Del sentido del ridículo a la fobia social

Por otro lado, cuando el sentido del ridículo es sumamente marcado y, además, se suma a otros síntomas, entonces puede aparecer la fobia social. La fobia social se caracteriza por un intenso miedo (o ansiedad) ante las situaciones sociales.

Lo que se teme realmente es estar expuestos al escrutinio de la gente, con ese gran miedo a hacer el ridículo. En este caso, el sentido del ridículo está muy presente en la vida de la persona.

Para qué sirve el sentido del ridículo

El sentido del ridículo es en realidad un mecanismo psicológico de defensa, que nos lleva a evitar situaciones que nos generarían malestar o vergüenza. En realidad, la vergüenza es una emoción que tiene un papel clave en nuestras relaciones personales, y nos puede llevar a ser más cautelosos, a controlar los impulsos y a reparar daños.

Sin embargo, este mecanismo puede ser inadecuado (o más bien, poco adaptativo o funcional) cuando nos bloquea y nos lleva a evitar constantemente situaciones sociales. En la evitación, la persona establece falsos razonamientos encaminados a eludir este tipo de circunstancias y librarse así de la posibilidad de enfrenar la situación angustiosa.

Así, cierto sentido del ridículo nos puede “proteger” (a nivel de autoestima, por ejemplo), pero cuando este es excesivo, nos paraliza y, además, hace que le demos más importancia a situaciones que tal vez no la tengan.

“Es curioso, pero solamente cuando ves a las personas hacer el ridículo, te das cuenta lo mucho que las quieres”.

-Agatha Christie-

Chica con vergüenza tapándose la cara

Gelotofobia o miedo patológico al ridículo

No es lo mismo tener sentido del ridículo que miedo a hacer el ridículo. Como curiosidad, encontramos un concepto que hace referencia a este miedo a hacer el ridículo llevado al extremo. Hablamos de la gelatofobia, término que se describe en un estudio publicado en la International Journal of Development and Educational Psychology, que deriva del término griego gelos (risa) y que indica un miedo patológico a la risa, al ridículo.

Como causa general de la gelotofobia los autores plantean repetidas vivencias traumáticas en las que se ha hecho el ridículo (o ha sido ridiculizado), durante la infancia y la adolescencia. A raíz de ello, “la opinión vergonzosa de hacer el ridículo o sentirse ridículo se habituará durante el proceso de formación de identidad del niño o joven, produciéndose así un estilo de vida defensivo que tiende a la evitación del ridículo”.

Así, las personas con este sentido del ridículo llevado al extremo están convencidas de que hay algo en ellas que está equivocado, y que le hace aparecer ante los demás como alguien ridículo, siendo objeto de todas las risas.

Como hemos visto, el sentido del ridículo tiene su sentido, su “función”, y en cierta manera es lógico que lo tengamos. Sin embargo, si este es demasiado rígido o excesivo, puede llevarnos a evitar situaciones, o dificultarnos el hecho de ser nosotros mismos, lo cual nos limita.

Y tú, ¿tienes sentido del ridículo? ¿Crees que es adaptativo o que más bien, te limita?

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  • Pascual-Castroviejo, I. (2008). Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Protocolos Diagnóstico Terapéutico de la AEP: Neurología Pediátrica.
  • Sevilla, A. y López, O. (2010). Gelotofobia: evaluación del miedo al ridículo en alumnos universitarios. International Journal of Development and Educational Psychology. INFAD, 1(1).

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