Dramaturgia social: cómo encadenamos ‘fachadas’ para interactuar

Marcos Merino · 10 mayo, 2018

Es posible analizar nuestra interacción con los demás como si de una obra de teatro se tratase, como si la vida social fuera una sucesión de mascaradas. Llamamos dramaturgia social al enfoque microsociológico centrado en el estudio de cuanto tiene que ver con el comportamiento humano y con las reglas que controlan nuestras interacciones cotidianas.

“La vida es una representación teatral”. Sócrates debatía, en el diálogo El banquete, qué género teatral -la comedia o la tragedia- se aproximaba más a la vida real (él apostaba por la tragedia). Sin embargo, la frase anterior no es suya ni su argumentación discurre por los mismos derroteros: su autor es Erving Goffman, creador de la corriente del interaccionismo simbólico, quien sostenía que, en cada interacción social que entablamos, intentamos (consciente o inconscientemente) proyectar una imagen concreta de nosotros mismos, manipulando cómo nos perciben los demás.

Para Goffman, nuestra personalidad no es ningún fenómeno interno, sino la suma de las diferentes ‘máscaras’ que nos ponemos a lo largo de la vida: una dramaturgia social.

Explicando la dramaturgia social

Tanto el actor teatral como el social tienen como principal objetivo el mantenimiento de la congruencia en su interacción con aquellos que le rodean. Para transmitir una impresión positiva debemos contar con habilidades dramáticas (sociales) y con el vestuario y atrezzo necesarios. Pero todo eso carece de importancia si los actores presentes en el escenario no son capaces de coincidir en la “definición de la situación”, en las expectativas y limitaciones de la interpretación que nos indican de forma implícita cómo encajar en un determinado decorado (entorno social).

Personas intercambiando máscaras

Desenvolverse en esta dramatugia social —esto es, saber moverse entre el escenario (los momentos en que proyectamos una imagen para los demás) y los bastidores (nuestra vida privada, que a veces también es un máscara que nos ponemos ante nosotros mismos), así como mostrar soltura en el cambio de un decorado a otro, y contar con un vestuario adecuado en cada momento—, constituyen requisitos indispensables para la obtención de éxitos sociales: durante la función, quien no sabe actuar constituye un peligro para el elenco y termina siendo apartado.

Y, mientras actuamos, nuestros comentarios y expresiones de sorpresa, aprobación, ironía o disgusto moldean la opinión que los demás tienen de nosotros: somos conscientes de ello y por eso, gestionamos nuestro discurso, ponderamos nuestros gestos y monitorizamos nuestras reacciones. Todos actuamos, en todo momento, y definimos nuestros roles en base al entorno en el que nos movemos, buscando encajar en el mismo.

Ese ajuste al rol, esa definición ante los demás, es algo que se lleva a cabo en cada momento, con cada interacción. Como los actores de una serie, es posible que empecemos el capítulo piloto (un trabajo, una relación, nuestro primer curso en la universidad) con un personaje poco definido, o como mínimo abierto a un cambio de enfoque una vez escuchemos la reacción de la audiencia. A partir de ahí, dedicamos nuestra vida a ajustarnos al personaje, al menos hasta que suspenden esa serie y tenemos que tirar esa máscara (nos despiden de un trabajo, nos divorciamos, nos licenciamos, etc.).

Imagen, ocultación y moral

Para Goffman, en esta dramaturgia social las personas intentamos presentar una imagen idealizada cada vez que [inter]actuamos, por la sencilla razón de que estamos convencidos de lo beneficioso que puede suponer ocultar partes de nosotros:

  • Ocultamos el proceso de preparación de nuestro papel. Como el profesor que, tras preparar durante horas una lección, la recita simulando que se la sabe de toda la vida, preferimos ofrecer a los demás tan sólo el “resultado final” de nuestra actuación. Nada de proyectar las tomas falsas ni de repetir varias veces el guión hasta que lo memoricemos; eso queda entre bastidores.
  • Ocultamos el trabajo sucio llevado a cabo para conseguir el papel. Nuestro personaje puede ser incompatible con todo lo que hayamos hecho para ‘hacer méritos’ ante los productores para que nos lo otorguen. Pensemos en un político que llega a candidato vendiendo honradez… tras haberse abierto paso a codazos hasta lo alto de la isla
  • Ocultamos aquello que nos impediría seguir actuando. Nos callamos afrentas y evitamos reaccionar ante humillaciones que puedan afectar a esa imagen que hemos elegido ofrecer.

Dos personas con máscaras a la mitad

Como decía el propio Ervin Goffman, “en su condición de actuantes, los individuos se preocupan por mantener la impresión de que cumplen muchas reglas que se les puede aplicar para juzgarlos, pero a un individuo, como actuante, no le preocupa el problema moral de cumplir esas reglas sino el problema amoral de fabricar una impresión convincente de que las está cumpliendo. Nuestra actividad se basa en gran medida en la moral pero, en realidad, como actuantes, no tenemos interés moral en ella. Como actuantes somos mercaderes de la Moralidad”. ¿Será verdad?