Dramaturgia social: cómo encadenamos 'fachadas' para interactuar

07 Septiembre, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga María Vélez
Cada vez que nos relacionamos con alguien cambiamos nuestra forma de expresarnos, nuestra imagen, hasta nuestras palabras. Según Goffman, las personas somos actores en nuestras relaciones e intentamos mostrar la mejor máscara que tenemos. ¿Estás de acuerdo?

Es posible analizar nuestra interacción con los demás como si de una obra de teatro se tratase, como si la vida social fuera una sucesión de mascaradas. Llamamos dramaturgia social a este enfoque, centrado en estudiar cuánto tiene que ver esta sucesión de roles con el comportamiento humano y con las reglas que controlan nuestras interacciones cotidianas.

Su referente es Erving Goffman, creador de la corriente del interaccionismo simbólico. Para él, en cada interacción social que entablamos, intentamos (consciente o inconscientemente) proyectar una imagen concreta de nosotros mismos, manipulando cómo nos perciben los demás.

Así, nuestra personalidad no sería ningún fenómeno interno, sino la suma de las diferentes ‘máscaras’ que nos ponemos a lo largo de la vida: una dramaturgia social.

Explicando la dramaturgia social

En el mundo de la interpretación (teatral o, en este caso, social), el principal objetivo es mantener la coherencia, tanto en las interacciones, como con el ambiente. Así, para transmitir una impresión positiva debemos contar con habilidades dramáticas (o habilidades sociales) y con el vestuario o atrezzo necesarios. Pero todo eso carece de importancia si los actores presentes en el escenario no son capaces de coincidir en la “definición de la situación”, en las expectativas y los límites que nos indican de forma implícita cómo encajar en un determinado decorado (entorno social).

Personas intercambiando máscaras

Según este enfoque, para conseguir el éxito social se pone atención en varios aspectos:

  • Saber variar entre el escenario (cuando proyectamos una imagen para los demás) y los bastidores (nuestra vida privada).
  • Tener soltura en el cambio entre decorados. Es decir, entre distintas situaciones.
  • Contar con un vestuario adecuado para cada momento.

Así, quien no sabe actuar durante la función, que es la vida, constituye un peligro para los demás actores y termina siendo apartado.

No hay duda de que cuando actuamos (o interactuamos), nuestros comentarios y expresiones moldean la opinión que tiene los demás de nosotros. Somos conscientes de ello y, por eso, aprendemos a gestionar el discurso, modulamos nuestros gestos y medimos cómo reaccionamos. Todos, en cierta medida, actuamos para poder encajar nuestro rol en el entorno en el que nos encontremos.

Imagen, ocultación y moral

Para Goffman, en esta dramaturgia social las personas intentamos presentar una imagen idealizada cuando actuamos, por la sencilla razón de que estamos convencidos de lo beneficioso que puede suponer ocultar partes de nosotros. En este sentido, aprender a ocultar tres aspectos fundamentalmente:

  • El proceso de preparación de nuestro papel. Como el profesor que, tras preparar durante horas una lección, la recita simulando que se la sabe de toda la vida, preferimos ofrecer a los demás tan sólo el “resultado final” de nuestra actuación. Nada de proyectar las tomas falsas ni de repetir varias veces el guión hasta que lo memoricemos; eso queda entre bastidores.
  • El trabajo sucio llevado a cabo para conseguir el papelPuede que el personaje que queramos mostrar no sea compatible con todo lo que se ha hecho durante el camino. Por ejemplo, pensemos en un político que llega a candidato vendiendo honradez tras haberse abierto paso a codazos hasta llegar a lo más alto.
  • Aquello que nos impediría seguir actuando. Nos callamos afrentas y evitamos reaccionar ante humillaciones que puedan afectar a esa imagen que hemos elegido ofrecer.
Dos personas con máscaras a la mitad

Como decía el propio Ervin Goffman, “en su condición de actuantes, los individuos se preocupan por mantener la impresión de que cumplen muchas reglas que se les puede aplicar para juzgarlos, pero a un individuo, como actuante, no le preocupa el problema moral de cumplir esas reglas, sino el problema amoral de fabricar una impresión convincente de que las está cumpliendo“. Nuestra actividad se basa en gran medida en la moral pero, en realidad, como actuantes, no tenemos interés moral en ella. Solo en pretender que nos interesa. ¿Será verdad?