Ed Kemper, el asesino de colegialas

12 Marzo, 2021
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Vanessa Viqueira
Metódico, minucioso, organizado y con un coeficiente intelectual de 145. Fue capturado debido a su propia confesión. Ciertamente, causa curiosidad. ¿Te gustaría conocer más acerca de Ed Kemper?

Ed Kemper, conocido como el “asesino de colegialas”, sentía un odio acérrimo hacia su madre, motivo que desembocó una ola de asesinatos. Humillado, despreciado y abandonado por su madre, jamás la perdonaría.

Con una altura de más de dos metros y un coeficiente intelectual de 145, este asesino en serie organizado destacó por su minuciosidad. Finalmente, fue capturado cuando él mismo decidió confesar sus asesinatos con gran detalle.

Infancia de Ed Kemper

Cuando era tan solo un adolescente, Edmund Emil Kemper III, el nombre real del asesino en serie Ed Kemper, asesinó a tiros a su abuela y a su abuelo. Sin embargo, aquella rabia y explosión de violencia no fue una novedad, pues ya desde muy joven evidenció su naturaleza sádica y cruel.

Lo cierto es, que su comportamiento anómalo tenía un origen, según revelaría de adulto. Hablaría acerca de los desprecios y malos tratos a los que fue sometido por su madre Clarnell, una madre que transmitiría una estricta educación y en la que el sexo era visto como un pecado.

Su madre temía que Ed pudiese abusar de sus hermanas, por ello lo destinó a dormir solo en el sótano de la vivienda familiar. Estas actitudes de rechazo, así como el desarrollo de una patología psicológica, fueron generando en Ed un rencor hacia las mujeres. El origen de este rencor sería su madre.

Niño sentado en el suelo en la oscuridad

En el colegio no encajaba, y su gigantesca altura era, en parte, la responsable. A causa de las dificultades de adaptación, su padre, quien al igual que su madre, no quería ocuparse de él, decidió llevar a Ed con sus abuelos a su granja, para que le ayudasen con la educación.

Lo que Ed se encontró fue un calco de su madre, malos tratos y humillaciones, y tras un supuesto arrebato, acabaría con la vida de su abuela y su abuelo. Cuando el shérif le preguntó el motivo, su respuesta fue: “me preguntaba lo que sentiría al matar a mi abuela”.

Vida adulta

Tras una exploración psicológica, su diagnóstico fue de esquizofrenia paranoide, por lo que fue recluido en el Hospital del Estado, un recinto especializado en agresores sexuales y criminales con problemas psicológicos. Era el año 1969, cuando Ed, de 21 años, con más de dos metros de altura, 130 kilos de peso y un coeficiente intelectual de 145, al fin obtuvo la libertad.

El tercer asesinato lo cometió en 1972, después de una gran discusión con su madre. Cogió su coche y dos estudiantes, Mary Ann Pesce y Anita Luchessa, se subieron cuando él las invitó para acompañarlas a la Universidad de Standford.

Ed tomó una carretera secundaria y las llevo a un lugar apartado y solitario. Las acuchilló y luego transportó sus cadáveres hasta su piso, donde hizo fotografías para guardarlas de recuerdo. Posteriormente, profanó sus cadáveres y tras desmembrarlos, los enterró algunas partes en la montaña más alta de Santa Cruz. Tal como confesaría más tarde, visitó el lugar y la tumba en varias ocasiones.

Oleada de asesinatos

Para Ed Kemper, la muerte y el sexo estaban completamente ligados. No había recibido una educación adecuada y a ello se sumaba unos problemas psicológicos de gravedad. Su obsesión por entonces era solamente una: recoger autoestopistas.

Las víctimas siempre eran mujeres estudiantes de la zona. A diferencia de Ted Bundy, provocaba un rechazo inicial, recordemos su gigantesca altura, luciendo un estilo hippie de pelo corto con bigote largo, pero era amable, correcto y educado, ¿por qué no fiarse de él?

Conduciendo, buscaba a sus víctimas. Sin embargo, su vehículo tenía una tecnología especial, el tipo de coche que conducía contaba con una manilla de seguridad en el reposabrazos. Así, cuando cerraba la puerta, se bajaba un pestillo que impedía que la víctima pudiese salir por la puerta.

Se estima que durante los años 1970 y 1971, el asesino subió a su coche a más de 150 autoestopistas. Catalogado como un asesino organizado y meticuloso, fue modificando su modus operandi, lo cual dificultaba su captura.

Además, había perfeccionado el modo de llevar una doble vida, pues había conseguido un trabajo como guardavías y había alquilado una habitación en un suburbio de San Francisco, logrando así poner tierra de por medio con su madre.

También había asistido a reuniones con peritos para evaluar su estado mental, y fingió tal lucidez que los profesionales acordaron que Ed no representaba ya una amenaza para sí mismo ni para las demás personas. El engaño fue absoluto, porque aquel día precisamente llevaba en el maletero de su coche la cabeza de una de sus víctimas.

Pero Ed sabía que no había “cumplido su verdadero deseo”: acabar con la vida de una madre que despreciaba. Fue consciente de que su doble vida acababa de resquebrajarse así que decidió llamar a una amiga de su madre para que acudiese al domicilio, la cual sufrió el mismo destino.

El final de Ed Kemper

Ed no tardó en telefonear a la comisaría y acabó confesando los asesinatos. Cuando fue detenido, explicó todos los asesinatos que había cometido durante esos años con gran detalle, pues poseía una memoria extraordinaria. Culpaba a su madre, afirmando que todos sus actos habían sido una especie de preparación para acabar con su madre, por ello, una vez cumplió su deseo, decidió entregarse.

El 8 de noviembre de 1973, el Estado de California le condenó a cadena perpetua. Durante su juicio, llegó a solicitar la pena de muerte, la cual no se pudo aplicar pues por aquel entonces ya se encontraba suspendida.

Tras renunciar a su derecho de solicitar la libertad condicional, en la actualidad se ha convertido en un recluso ejemplar. En varias ocasiones aceptó entrevistas con investigadores, uno de ellos fue Robert Ressler, criminólogo y agente del FBI. Durante una conversación, en la década de los setenta, la grabadora de Ressler registró las siguientes palabras que Ed pronunció: “Si fuera la sociedad, no confiaría en mí”.

Imagen principal de personaje de Edmund Kemper en la serie Mindhunter de Netflix.
Douglas, J., Olshaker, M., & Guelbenzu, A. (2018). Mindhunter: Cazador de mentes. Editorial Crítica. Ressler, R. K., Shachtman, T., & Spicer, C. (1993). Whoever Fights Monsters: My Twenty Years Tracking Serial Killers for the FBI (Reissue ed.). St. Martin’s Press. Mindhunter. (2017). Netflix.