El caso Walter, frenesí y obsesión

Edith Sánchez · 28 agosto, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 28 agosto, 2019
El caso Walter muestra hasta qué punto el mal funcionamiento del cerebro incide de forma decisiva en el comportamiento. Alguien con anomalías neurológicas puede presentar comportamientos que están prohibidos o censurados socialmente.

El caso Walter fue uno de los últimos que atendió el famoso neurólogo Oliver Sacks. Se publicó tras la muerte de este último y llamó mucho la atención porque ilustra de manera muy clara los efectos que ciertas condiciones neurológicas tienen sobre el comportamiento.

Así mismo, el caso Walter muestra todo lo que nos queda por andar para lograr una comprensión y empatía social generalizada frente a los problemas del cerebro. En algunas circunstancias, el cerebro presenta deficiencias o inconvenientes que llevan a problemas de conducta. Esto, por supuesto, escapa al control de la persona afectada.

En el caso Walter, afortunadamente, hubo intervención de dos científicos y esto evitó que se cometiera una gran injusticia. Sin embargo, puede que en este momento haya muchos Walter por ahí, que son juzgados y señalados por la sociedad por su conducta poco habitual y contraria a la moral predominante.

Justicia sin misericordia es crueldad”.

-Santo Tomás de Aquino-

Cerebro

Los antecedentes del caso Walter

El antecedente directo del caso Walter fue un conjunto de hechos que tuvieron lugar cuando Walter B. era un adolescente. Sufrió una lesión en la cabeza, aunque no hay información exacta sobre la forma en que se produjo. Lo cierto es que este paciente comenzó a experimentar brotes epilépticos que, sin ser muy intensos, sí eran frecuentes.

Así mismo, comenzó a experimentar un fenómeno poco común: escuchaba música que nadie más oía. Por temor a lo que los demás podían pensar de él, no comentó esta situación con nadie. Sin embargo, al no cesar los ataques, por fin visitaría a un neurólogo. Este le diagnosticó epilepsia del lóbulo temporal. También le recetó una serie de fármacos.

Pese a esto, los ataques se volvieron más frecuentes e intensos cada vez. Por eso, Walter tuvo que consultar a otra serie de neurólogos sin obtener más éxito.

Tras diez años de estar en esa situación, acudió a un neurólogo especialista en epilepsias resistentes y este le recomendó una cirugía. El objetivo sería extirpar el centro de las convulsiones, en el lóbulo temporal derecho.

Nuevos síntomas

Tras la cirugía, Walter estuvo un poco mejor. No tanto como para quedar satisfecho, así que unos años más tarde se le practicó una segunda cirugía. Esta vez la intervención fue mucho más extensa. Así mismo, se le recetaron fuertes fármacos. Ambas medidas surtieron el efecto deseado: las convulsiones quedaron bajo control. Sin embargo, aparecieron algunos síntomas secundarios.

La primera conducta visible fue que Walter comenzó a comer de una manera desaforada, al punto en que ganó mucho peso. Se levantaba a media noche y para inflarse de queso o de galletas. Todo el tiempo tenía hambre.

A esto se sumó el hecho de que se volvió notoriamente irritable. Incluso en una ocasión fue multado por la policía debido a su agresividad con otro conductor. Se irritaba por cosas insignificantes.

Así mismo, Walter se distraía con mucha facilidad, al punto que le resultaba muy difícil completar cualquier tarea. Otras veces se quedaba “anclado” a una tarea y se sumergía en ella durante horas, sin poder prestar atención en nada más.

Otro síntoma llamativo fue que desarrolló un apetito sexual insaciable. Todo el tiempo quería tener sexo. Su esposa dijo que la buscaba para ello de cinco a seis veces por día.

Hombre con el lóbulo temporal señalado

Consecuencias insospechadas

La esposa de Walter estaba agotada de la intensidad sexual de su marido, así que llegó un momento en que se negó a seguir con ese ritmo. Walter lo entendió. No quería ser infiel, en estricto sentido, así que comenzó a ver pornografía por Internet, mientras se masturbaba repetidamente.

También sentía nuevos intereses sexuales, que nunca antes había tenido. Veía vídeos de sexo entre hombres, entre mujeres o con animales. Obviamente, no compartió con nadie lo que hacía en esos momentos, por lo que pudieran pensar. Sin embargo, la policía hizo un seguimiento a los usuarios de esos contenidos y fue arrestado por ver pornografía infantil. La jueza le condenó a la máxima pena: 20 años.

El neurólogo que lo había operado envió un informe a la jueza. Señaló que la segunda cirugía le había generado un problema adicional y poco común, llamado síndrome de Klüver-Bucy. Eso hizo que se reconsiderara la pena y se cambiara por dos años en prisión, dos en detención domiciliaria y cinco en seguimiento. A Walter le fue aplicada una especie de castración química y así desaparecieron sus síntomas.

Ledo-Varela, M. T., Gimenez-Amaya, J. M., & Llamas, A. (2007). El complejo amigdalino humano y su implicación en los trastornos psiquiátricos. An. Sist. Sanit. Navar, 30(1), 61-74.