El club de la lucha, destruyendo la contemporaneidad

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 25 julio, 2018
Leah Padalino · 22 julio, 2018

El siglo XX fue un siglo de cambios, un siglo marcado por las guerras en su comienzo y por un avance tecnológico frenético en su final; avance que desembocó en la sociedad de consumo que conocemos actualmente. El club de la lucha (David Fincher, 1999) cerró este siglo y marcó el comienzo del siglo XXI de una forma salvaje, brutal y muy poco esperanzadora. Cada frase, cada escena, cada golpe… todo, absolutamente todo lo que presenta genera una reacción en el espectador.

El club de la lucha supone una dura crítica a la sociedad, un duro golpe para muchos de nosotros que, en ocasiones, nos sentimos identificados con el personaje sin nombre que encarna un magnífico Edward Norton. Muchos criticaron la película, muchos se sintieron incómodos y otros vieron en ella una obra maestra que suponía el broche de oro perfecto para el fin del siglo XX.

No, no es una película para ver tranquilamente comiendo palomitas, tampoco es una película que despierte el sentimentalismo más forzado del cine; es una película que despierta, en el sentido más estricto de la palabra, al espectador. Ya los créditos nos advierten que vamos a asistir a una auténtica punzada a nuestro ego, a nuestro estómago.

El personaje principal, cuyo nombre no se menciona, es el fiel reflejo de un hombre víctima del tiempo en el que vive: esclavo de su trabajo, padece de insomnio y malgasta su tiempo en comprar objetos de IKEA. Su único respiro lo encuentra acudiendo a terapias de grupo en las que personas que padecen enfermedades como el cáncer se reúnen para hacer más llevadera su situación.

Todo esto cambiará cuando conozca a Marla, personaje clave en la cinta, y, posteriormente, a Tyler Durden (o a sí mismo). Debido a la complejidad del filme, no es aconsejable seguir leyendo si no se ha visto la película, pues el artículo contiene spoilers.

Gris, oscura, incómoda y nauseabunda, El club de la lucha es una auténtica carcajada sádica a todo lo que nos rodea, al mundo como lo conocemos, a esa sociedad de consumo de la que somos esclavos. Nos adentra en las enfermedades de nuestro tiempo, una época en la que eres lo que posees.

David Fincher y su imperdible trío de actores (Helena Bonham Carter, Edward Norton y Brad Pitt) lograron captar la esencia de finales de los 90, anticipar lo que estaba por venir, sumergiéndonos en un oscuro club lleno de sangre y autodestrucción.

Dos rostros

La enfermedad contemporánea

“Vivimos en un mundo enfermo y estamos enfermos” así podríamos resumir la sensación que deja en nosotros El club de la lucha. La película se presenta como un relato introspectivo narrado por su protagonista, sin embargo, esta introspección posee, a su vez, cierta universalidad.

A pesar de estar narrada en primera persona, el protagonista no dice su nombre y se nos presenta como un hombre de lo más común: vive solo en un apartamento de una gran ciudad, trabaja para una importante empresa automovilística como perito, padece insomnio y gasta su dinero en comprar.

Esta caracterización resulta bastante universal, del mismo modo, al no saber su nombre, trasladamos el relato de su “yo” al nuestro, haciendo una retrospectiva de nuestra propia vida. El protagonista vive en un mundo que conocemos, no hay fantasía ni artificio, es nuestra propia realidad cotidiana. Sus “males” son nuestros males o los de muchas de las personas que conocemos.

Su principal problema es el insomnio, su médico se niega a seguir recetándole pastillas para dormir y opta por acudir a terapias de grupo de personas con cáncer.

Allí, conoce a Bob, un hombre que, tras sufrir cáncer de testículo, ha perdido su masculinidad, le han amputado los testículos y, a causa del tratamiento, ha desarrollado pechos. El protagonista se siente aliviado junto a estas personas y, por fin, logra conciliar el sueño.

Hombre tumbado en el sillón

Él ni siquiera sabe cuál es el motivo de su insomnio, desconoce la raíz del problema. En realidad, lo único que sabe es que, en estas terapias, encuentra un espacio de paz, un lugar donde llorar, algo que, hasta hace poco, parecía estar prohibido para los hombres, pues llorar era sinónimo de feminidad.

Vivimos en un mundo frenético, consumimos para sentirnos bien, lo tenemos todo y, sin embargo, cada día es más frecuente escuchar palabras como: ansiedad, estrés, insomnio, depresión… Así son las enfermedades de nuestra era, así es nuestro protagonista.

Justo cuando parece que la situación está controlada y logra hacer frente a su problema, aparece Marla, la mujer que hará que esa paz se desmorone, que se desestabilice y que, una vez más, vuelva a aparecer el insomnio. Marla es como él, es una mujer para la que la vida ya carece de sentido, espera a la muerte y su mayor dolor es que esta no llegue. Ella también acude a esas terapias, es una turista más.

¿Por qué Marla es una amenaza? Porque Marla es la viva imagen de sí mismo, es la imagen de su mentira y, si esta es descubierta, todo su centro de estabilidad y de paz desaparecerá. El rechazo que le produce Marla es un rechazo sobre sí mismo; Marla acude incluso a la terapia del cáncer de testículo, ¿quién va a creerse que una mujer ha sufrido cáncer de testículo?

Ese descaro, esa forma de aprovecharse del dolor ajeno para paliar el propio es lo que vuelve loco al protagonista y es, sencillamente, porque Marla es la versión femenina de sí mismo.

Mujer fumando

El club de la lucha, destruyendo el capitalismo

Y tras Marla, aparece Tyler Durden, un hombre atractivo, fuerte que vive al margen de las normas y el sistema; fabrica jabón, vive en una casa que podríamos catalogar como ruina y hace siempre lo que quiere.

Tyler es la antítesis de nuestra era, es el rechazo absoluto al capitalismo, al hombre moderno que vive esclavo de su trabajo para poder comprar cosas materiales que, supuestamente, llenan su vacío interior.

Juntos comenzarán el club de la lucha, el nuevo grupo de terapia del protagonista. Unas reuniones en las que diversos hombres se ven con el único fin de sacar su lado más salvaje, su lado más bestia a base de golpes. Tyler es el gurú de este grupo, el guía espiritual, el encargado de sacar toda la ira y toda la rabia que alberga el interior de estos hombres.

Estas peleas servirán a los hombres para liberarse de las presiones sociales, para desahogarse de la esclavitud en la que viven, para no pensar y simplemente dejarse llevar por su lado más violento.

Tal y como explica Tyler, el cine nos ha hecho creer que podíamos ser estrellas de rock, actores famosos… Los medios de comunicación nos han dibujado unas metas demasiado altas y, mientras tanto, nos conformamos con encerrarnos en un despacho y tener lo suficiente para comprar, para ser alguien.

Hombre preparándose para una pelea

Esos problemas de insomnio, esa enfermedad contemporánea del protagonista, han hecho que su personalidad se desdoble, que cree a un nuevo “yo”, que invente a Tyler. Un trastorno disociativo que nos hace pensar en una especie de Señor Hyde actualizado, más guapo, más fuerte y que representa todos esos deseos ocultos del personaje, toda esa ira acumulada durante años hacia la sociedad y el mundo que le rodea.

Más allá de las peleas, aparece una conspiración, se planifican “una serie de atentados con un profundo sentimiento de libertad”, de anarquía; atentados que no van contra las personas, sino que pretenden destruir grandes empresas, edificios y símbolos de la esclavitud contemporánea.

El club de la lucha es una punzada, un discurso nihilista, un ataque al fin de siglo y al comienzo del siguiente; un duro golpe para Hollywood, para el capitalismo y para nosotros mismos. Todos, en alguna ocasión, hemos querido ser Tyler.

“Únicamente cuando se pierde todo, somos libres para actuar”.

-El club de la lucha-