El experimento de Quattrone y Tversky, o el poder de la mentira

Edith Sánchez · 7 octubre, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González el 4 octubre, 2019
En el experimento de Quattrone y Tversky se evidenció que las personas tenemos una fuerte tendencia a contarnos mentiras y creérnoslas. Modificamos o suprimimos datos de la realidad, de forma más o menos consciente, para no entrar en conflicto con nosotros mismos.

Si alguien lo pregunta, la mayoría de nosotros diríamos que somos ajenos a las mentiras y al engaño. Casi todos creemos que lo que pensamos es verdad y que somos completamente sinceros en la mayoría de nuestras palabras y acciones. Sin embargo, el experimento de Quattrone y Tversky demostró que no es así.

El experimento de Quattrone y Tversky se llevó a cabo en 1984 y se publicó inicialmente en la Revista de personalidad y psicología social. El principal objetivo de este estudio era probar la existencia de un sesgo cognitivo conocido como “sesgo de autoconfirmación”. Tiene que ver con la necesidad de volver verdadero lo que pensamos, sea verdadero o no.

Este sesgo nos habla de mentiras. Sin embargo, en este caso, tales mentiras van enfocadas principalmente a nosotros mismos. Estamos hablando de autoengaño, ese proceso por el cual dejamos de ver, o de tomar en consideración, aspectos de la realidad que contradicen nuestras creencias o nos incomodan.

El experimento de Quattrone y Tversky muestra que nos engañamos a nosotros mismos con frecuencia. No lo hacemos maliciosamente, ni por falta de respeto a la verdad. Sencillamente es un mecanismo que nos ayuda a no enfrentar aspectos dolorosos o incómodos de la realidad. Veamos.

La racionalización se puede definir como el autoengaño por el razonamiento”.

-Karen Horney-

Mujer con venda por autoengaño

El experimento de Quattrone y Tversky

Para llevar a cabo el experimento de Quattrone y Tversky se tomó como base a un grupo de 34 voluntarios. A todos ellos se les dijo que se haría una investigación sobre “los aspectos médicos y psicológicos del atletismo”, lo cual no era cierto. Sin embargo, era necesario que lo creyeran así.

Luego, a todos se les pidió que sumergieran sus brazos en agua fría. Se les indicó que su nivel de resistencia a ese frío del agua era un indicador muy importante sobre su estado de salud en general, lo cual tampoco era cierto. Después se les pidió que hicieran otro tipo de tareas, como montar en bicicleta y actividades similares, que pretendían ser solo distractores.

Al final, a todos los voluntarios se les dio una charla sobre “la esperanza de vida”. Dentro de la misma, se les informó que existían dos tipos de corazones. El de tipo I era más resistente y, por lo tanto, menos vulnerable a desarrollar enfermedades cardíacas con el tiempo. El de tipo II, por el contrario, era un corazón débil y propenso a enfermar.

Un giro en el experimento

Después de esta primera fase, el experimento de Quattrone y Tversky tuvo un giro. El grupo de voluntarios se dividió en dos. Por separado, al grupo uno se le dijo que los brazos sumergidos en agua fría eran un indicador que permitía establecer si cada uno de ellos tenía un corazón de tipo I o de tipo II.

Añadieron que quienes tenían un corazón tipo I, es decir fuerte y resistente, aguantaban más tiempo con los brazos sumergidos en agua fría. Al otro grupo se le dijo lo contrario, es decir, que quienes tenían un corazón fuerte y resistente aguantaban menos tiempo con los brazos sumergidos en agua fría.

Después de esto, a todos los voluntarios se les pidió que volvieran a sumergir los brazos en agua fría para ajustar la evaluación de cada uno. El resultado fue curioso: los integrantes del primer grupo aguantaron mucho más tiempo con los brazos bajo el agua fría con respecto a la primera vez que habían realizado esta acción. Con el otro grupo ocurrió lo contrario.

Dos cubos de agua

Las conclusiones del experimento

En general, la variación «del tiempo de aguante» varió un promedio de 10 segundos. Los que en principio habían aguantado 35 segundos, ahora aguantaban 45 segundos si pertenecían al grupo uno. Y los que habían aguantado 35 segundos, ahora aguantaban 25, si pertenecían al grupo dos. ¿Qué podrían concluir de esto los investigadores?

Para matizar las conclusiones, a todos los participantes se les preguntó si el dato sobre los dos tipos de corazón había hecho que resistieran más, o menos, según el caso, para probar que tenían un corazón fuerte. De los 38 voluntarios, 29 lo negaron. Luego se les preguntó si creían que tenían un corazón saludable. El 60 % de los que había negado la manipulación del tiempo de resistencia dijo que sí.

Para los investigadores, los resultaron probaron que hay una fuerte tendencia a autoengañarnos. Algunos suprimen por completo los datos de la realidad, solo para probar que están en lo cierto y, de paso, no enfrentar situaciones que pueden resultar incómodas o preocupantes.

Trivers, R. (2013). La insensatez de los necios. La lógica del engaño y el autoengaño en la vida humana. Katz Editores.