El fracaso, un amigo antipático

Claudio Navarro · 12 septiembre, 2013

 

Todo empieza cuando nos planteamos una idea de algo que queremos lograr, desde lo más pequeño, como preparar una receta, hasta lo más grande, como casarnos o emprender un arriesgado negocio. Entonces, creamos un plan, damos una serie de pasos, hacemos una serie de cosas, nos esforzamos, nos sacrificamos, pero… ¡Oh, no! La receta nos sale mal, el matrimonio se rompe o el negocio quiebra…

Entonces nos sentimos contrariados, frustrados, molestos, tristes e impotentes, y en medio de la confusión y de ese tiempo tormentoso al que nos someten nuestras emociones, empezamos a hacernos preguntas: ¿Por qué salió mal? ¿En qué me equivoqué? En este momento crítico, podemos renacer como el Ave Fénix o podemos hundirnos en una terrible desesperanza.

El paso de confianza

A lo largo de la vida se nos enseña que los fracasos son malos y que hay que huirles como el diablo a la cruz, pero esta es una perspectiva poco saludable. ¿Por qué? Sencillamente porque los seres humanos tenemos limitaciones, somos imperfectos e inevitablemente vamos a fracasar muchas veces en la vida.

Es más, si aprendemos a cambiar la visión, comprenderemos que el fracaso es un amigo. Sí, no es una ironía. Es nuestro amigo, aunque debo admitir que es antipático y a nadie le cae bien el pobre, pues el fracaso es quien nos lleva a la reflexión en ese doloroso momento en que nuestros planes se van a pique. Es aquí cuando nos volcamos hacia dentro de nosotros mismos, pero ¡cuidado! Tenemos que estar muy alertas de no caer en la autocrítica destructiva; ésa que despiadadamente nos dice que no valemos, que no servimos para nada, y nos endilga la horrible etiqueta de “fracasados”.

Nunca les hagas caso a los pensamientos que te descalifican, aunque te hayas equivocado. Ahora, ese espacio para la reflexión al que nos lleva nuestro antipático, pero buen amigo, también puede ser extremadamente saludable y liberador, porque lo que el fracaso tiene para enseñarnos es la valiosa virtud de la humildad, gracias a la cual entendemos que nuestros planes son limitados, que no lo sabemos todo y que no siempre tenemos la razón…

Beneficios de rendirse

Sí, leíste bien… rendirse, pero rendirse a esa amorosa sabiduría innata que todos tenemos dentro, nunca rendirse a la auto-descalificación y a la desesperanza. Esto trae unos beneficios increíbles:

Paz: la paz de confiar en que aunque nos toca hacer nuestra parte y seguir el camino que nos parece correcto, si nuestros planes no resultan, es porque hay planes mejores con los que tenemos que sintonizarnos.

Flexibilidad: Dejamos de aferrarnos a nuestros planes como un asunto de vida o muerte, y los vemos simplemente como proyectos que pueden ser modificados sin problema.

Creatividad: Nos abrimos a nuevas y divertidas formas de reinventarnos y de ver la vida.

Si dejas que el fracaso sea tu amigo, dejarás de tomarte todo tan seriamente y te darás cuenta de que el verdadero fracaso es dejar que los pensamientos negativos te derroten. Así, podrás decir como Thomas Edison, el famoso inventor, luego de que se quemó su taller con todo su trabajo de años adentro: “Hay algo valioso en el desastre, se quemaron todos nuestros errores. Ahora podemos comenzar de nuevo”.

Imagen cortesía de Bhumika Bhatia