El lado oscuro del poder

11 Diciembre, 2019
Este artículo ha sido escrito y verificado por el psicólogo Gonzalo Villanueva
Cuando el poder consume el lado más humano de una persona revela lo peor de su naturaleza e, inevitablemente, causa perjuicio a otros.

Si algo nos ha enseñado la historia es que el poder es atractivo, cautivador e inevitablemente corrosivo. Los países que denominados “civilizados” no se plantean un sistema de gobierno autocrático y apuestan por separar sus poderes para evitar el mal que puede generar todo el poder en una sola mano.

Una de las tareas más difíciles a la que se enfrenta un educador, ya sea padre, madre, tutor o profesional, es la de enseñar la diferencia entre jerarquía, liderazgo y autoridad. Y es difícil porque incluso el adulto, en su labor educativa, a veces juega peligrosamente en los límites de la dictadura. De hecho, si tuviésemos que poner nombre al sistema que gobierna nuestra propia casa, puede que este no fuera la democracia.

La familia bajo el poder

Imaginemos un núcleo familiar formado por un padre trabajador, una madre a cargo de las tareas domésticas, un hijo de 12 años y una hija de 7 años. A primera vista el organigrama sería sencillo: los padres en lo más alto de la escala, seguido de los hijos, teniendo el de mayor edad más derechos y responsabilidades. 

La primera dificultad con la que nos encontramos es la distribución de poder de la cúpula. A grandes rasgos, mientras una parte se encarga de abastecer económicamente a la familia, la otra se encarga de gestionar la logística y cuidados de los hijos y el hogar; ambos se complementan realizando diferentes tareas.

Todo parece ir bien hasta que una de las partes analiza su aportación y cuantifica la importancia del trabajo de cada parte. Con ello empiezan a surgir pequeñas grietas en la equidad de poder.

Si una de las partes se plantea que su aportación es más importante, basándose por ejemplo en la inversión de tiempo y esfuerzo o en las necesidades familiares que económicamente cubre su trabajo, se va a generar una idea de desequilibrio en el que uno cree que aporta más que el otro, y por lo tanto, tiene derecho a exigir más poder en la familia.

Este ha sido el habitual caso del padre trabajador que utiliza el poder económico para crear una dictadura familiar, dejando a la esposa en un nivel inferior y a merced de las decisiones del “cabeza de familia”.

En el caso de los hermanos, suelen presentarse discrepancias. Mientras una parte piensa que, por tener más edad, tiene poder de mando sobre su hermana, esta piensa que únicamente está supeditada a sus padres, surgiendo así enfrentamientos continuos.

Experimentando con el poder

En 1971, se realizó en la Universidad de Stanford un experimento que marcaría un hito en el estudio de las relaciones personales basadas en el poder.

El experimento consistió en demostrar la rapidez con la que las personas que son recluidas en una cárcel asumen el rol de preso, dejando a un lado su dignidad y su propia identidad.

Para ello, se creó una cárcel provisional en los sótanos de la universidad donde 12 estudiantes interpretarían el papel de presos y otros 12 el papel de carceleros.

Fue la respuesta de los estudiantes que asumieron el rol de carceleros lo que posteriormente acaparó la atención del estudio, ya que estos no tardaron en asumir un rol, ya no de guardianes, sino de acosadores, intimidadores, castigadores, humilladores y torturadores.

Al segundo día de experimento, el trato sobre los supuestos criminales causó un motín. Este fue aplacado con mano dura por los estudiantes que hacían el papel de carceleros. Lo que más sorprende es que estos no habían recibido ninguna instrucción de cómo llevar la cárcel; solo sacaron de su interior lo que creyeron que debían hacer.

El experimento de la cárcel de Stanford fue suspendido al sexto día por su creador, el psicólogo Philip Zimbardo, ante la presión de un observador exterior al estudio que comprobó y alertó sobre cómo se estaban violando los valores morales y éticos más básicos.

No fue esta la primera vez que un experimento sacó lo peor de la naturaleza humana.

Presos y guardianes en el experimento de la prisión de Stanford

En 1963, el psicólogo Stanley Milgram realizó en la Universidad de Yale lo que se conoció como el Experimento Milgram en el que se buscaba medir el poder que la autoridad ejerce sobre un individuo; en este caso, el experimento obligaba al sujeto estudiado a aplicar unas descargas eléctricas, progresivamente más intensas, sobre otro individuo.

De nuevo, los resultados fueron sorprendentes ya que, el 62 % llegó a aplicar la máxima potencia de descarga y solo unos pocos, al igual que en el experimento de Stanford, lograron anteponer sus propios valores humanos a las órdenes recibidas.  

Dos ejemplos de poder en el séptimo arte

En la película La muerte y la doncella (Roman Polanski, 1994), un hombre confiesa, desde lo alto de un acantilado, haber violado a varias mujeres mientras estas estaban prisioneras bajo un régimen dictatorial:

“Al principio yo era bueno. Era fuerte. Luché duramente. Nadie luchó como yo. Fui el último en caer … el último en saborearlo… Los demás me animaban, ¡Vamos doctor, no irá a rechazar carne fresca gratis! Ya no podía pensar con claridad. Y por dentro … sentía que empezaba a gustarme”.

En esta terrible escena, el personaje protagonizado por Ben Kingsley confiesa cómo el poder le fue consumiendo, devorando su lado más humano y llevándole hasta donde nunca pensó que llegaría. 

Escena de confesión de La muerte y la doncella.
Escena de La muerte y la doncella (1994).

En la película Asesinato en 8mm (Joel Schumacher, 1999) un investigador es contratado para buscar el origen de una película snuff y explicar por qué estaba en la caja fuerte de un hombre de avanzada edad recién fallecido. En una escena, el protagonista (Nicolas Cage) pregunta a uno de los responsables de la cinta:

P: ¡Trato de entenderlo! ¿Por qué quería él una película snuff?

R: Porque podía. Lo hizo porque podía. ¿Qué otro motivo buscaba?

Todo esto podría plantearnos dudas acerca del origen de la naturaleza humana. ¿Cumplimos la ley por miedo a las repercusiones legales? ¿Aceptamos las normas sociales precisamente para poder formar parte de la sociedad? ¿Respetaríamos nuestros valores éticos si tuviéramos un poder total sobre aquellos que nos rodean?

Los experimentos nos revelan una y otra vez que el poder nos lleva de la mano, de forma inexorable, hasta el lado más oscuro del ser humano.