El miedo tiene panza negra y antenas rojas

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 25 noviembre, 2015
CATARINA DE CUENTOS · 24 mayo, 2013

Hay un lugar de mi hogar, el cual no es sólo "mio", sino también de muchos otros compañeros; arañas, "palomillas" y algún que otro bichito de agua.
Todos convivimos, y nunca nos hacemos daño, e incluso ya sabemos respetar los espacios de cada uno.

Cuando la araña saltarina quiere sacar a sus hijitos, me da dos brincos seguidos para avisarme y no me espante de ver tantas patas saltando a mi alrededor.
Cuando la palomilla gitana regresa de sus paseos, entra con sigilo para no despertar mis afamadas "reflexiones de tina".

Cuando me ducho, le aviso a la araña patona para que me espere afuera de la regadera y no se moje.
Y cuando deseo abrir la ventana, les digo a los mosquitos chupa-sangre para que sus alas no se desborden con el viento.

Pero hace un par de semanas, no se cómo sucedió que una hormiga roja, de ésas que tienen una enorme panza, apareció muy cerca de la alcantarilla.
"¡Ea! ¡Buena luna señora hormiga! ¿Se ha perdido?" Le dije en tono cortés.

Pero ¿saben? las hormigas suelen ser nerviosas, sobre todo las más rojas, quizá porque el humano siempre se toma la molestia de pisarlas sin antes preguntarles su verdadero destino, y quiza esta hormiga optó también por desconfiar de una catarina.

Asi que por la mañana, la araña trató de hacer migas y le extendió 3 de sus patas para estrechar la pata de la hormiga, pero ésta siguió de largo.

¡Hasta la palomilla gitana le ofreció un vuelo directo al jardin por si acaso le temía a los humanos! Pero tambien se quedo sin recibir las gracias siquiera.

"Ayúdala  sin preguntarle, tu sácala directo al patio" Me dijo mi esposo escarabajo.

"Gustosa, si estuviera quieta. Desconfío de su propio terror y no quiero su mandíbula en una de mis alas" Le respondí.

Fue entonces, que acordamos considerarla como nueva habitante del cuarto de baño, la respetamos como nos respetamos a nosotros mismos, aunque ella no quiere decirnos su verdadera frustración. Esperamos se adapate, o bien se anime a hablarnos para que podamos entenderla mejor.

Y ahora que visito el cuarto de baño, la veo todavía explorando cada rincón de forma desesperadam quizá buscando una salida, quizá esperando una compañera perdida o quizá soñando con un milagro, lo que sea, por mas que trato de hablarle cuando la veo caminar debajo del lava manos, sobre el tapete o entre la cornisa, ella sigue su agobiado camino.

De cualquier forma, gracias a la homirga roja me quedó claro una cosa: el miedo, puede paralizarnos tanto que la ayuda jamás llegará por el simple hecho de que no sabremos reconocerla.

FIN

Con la colaboración del ilustrador Jose Raúl Sánchez Ceballos