El mundo femenino de Alfred Hitchcock: fascinación y violencia sexual

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 1 julio, 2018
Valeria Sabater · 1 julio, 2018

Alfred Hitchcock reflejó como nadie la naturaleza misteriosa de las mujeres. Gran parte de sus personajes femeninos seguían un mismo patrón: eran rubias, de peinados perfectos, sofisticadas, enigmáticas e inteligentes. Sin embargo, tras ese resplandor se escondía a su vez una obsesión, un apetito frustrado que se evidenciaba no solo en sus películas, sino también en la vida real.

Han pasado casi cuatro décadas desde su muerte y, sin embargo, pronunciar el nombre de Hitchcock es llevarnos de inmediato a esa época dorada del cine que tanto nos fascina. Pocos directores fueron tan hábiles a la hora de manejar la narración visual, de emocionarnos y asustarnos a la vez, de hacer del espectador un auténtico voyeur y traspasar a su lado los límites de todo lo que se había hecho hasta el momento.

“Mi amor por el cine es más grande que mi moral”.

-Alfred Hitchcock-

Como decía François Truffaut, solo él era capaz de contar una historia de amor, como un asesinato, y hacerla creíble. Solo Hitchcock era capaz de crear un lenguaje visual tan surtido de significados psicológicos, para situarnos en territorios hasta el momento inexplorados. Sin embargo, pocos cineastas llevaron también la imagen de la mujer hasta ese confín donde el dolor se convirtió de pronto en arte, donde el miedo, la alineación y los traumas se escenificaron con excepcional maestría, camuflando de algún modo lo que estaba ocurriendo también detrás de las cámaras.

Escena de los pájaros de Alfred Hitchcock

Alfred Hitchcock, las mujeres y el sexo indirecto

Uno de los recursos cinematográficos más conocidos de Alfred Hitchcock era la utilización de esos planos hechos a vista de pájaro. Era casi como si la mirada de un dios nos atendiera desde arriba y de pronto, el ser humano quedara empequeñecido y desdibujado casi ante el misterio de lo cotidiano. Una carretera desierta al lado de un campo de maíz mientras se espera un autobús, un parque infantil donde unos pájaros nos observan desde el tendido eléctrico…

En esos planos, la persona era de pronto el elemento más vulnerable, alguien que mira a su alrededor con inquietud, alguien que aún sabiendo que lo que le envuelve es inofensivo, percibe un amenazante peligro. Esto mismo, por curioso que nos resulte, era lo que experimentaban la mayoría de las actrices que trabajaban con Hitchcock, y así lo explicó la misma Tippi Hedren en sus memorias. “Era un sádico, un depredador sexual”, dijo de él en su libro.

La devoción de Alfred Hitchcock por las mujeres rubias se escenificó ya en una de sus primeras películas, “The Lodger” (1927). En este film, traducido en España con curioso acierto como El enemigo de las rubias, el cineasta británico cumplió uno de su más fervientes deseos: mostrar a una mujer gritando, a una joven que llamara la atención por sus cabellos dorados. Años más tarde, esa devoción se transformaría en una auténtica obsesión cuando empezó a trabajar con Grace Kelly.

En ella se condensaron de pronto la mayoría de sus pulsiones. Quería mujeres que evocaran lo que él denominaba como “sexo indirecto”. Mujeres elegantes, sofisticadas y en apariencia delicadas, pero con las que uno pudiera soñar imaginándolas convertidas en prostitutas en el dormitorio. Esa ambigüedad, daba mayor fascinación a sus películas y a su vez, le permitía desplegar esas conductas de abuso y acoso por las que nunca recibió castigo ni crítica alguna.

Hitchcock en una ventana indiscreta

Las mujeres y la violencia

Nadie podía tocar a sus actrices. Ningún actor podía acercarse a ellas, a no ser que las exigencias del guión se lo permitiera. Cada vestido, cada peinado (e incluso el tono de rubio), color de los zapatos, gesto y movimiento era previamente estudiado al milímetro por Alfred Hitchcock.

En su mente, habitaba un patrón exquisito de ideal femenino en la que todas debían encajar. Una misma mujer ejecutando los más complejos papeles, esos con los que encumbró Grace Kelly, Vera Miles, Janet Leigh, Kim Novak, Doris Day, Eva Marie Saint y por supuesto, Tippi Hedren.

En muchas de las películas de Alfred Hitchcock, la cámara se deleitaba siendo testigo del dolor femenino. Lo vimos en el cuerpo desnudo de Leigh siendo acuchillada en Psicosis. Fuimos testigo de ello cuando Tippi Hedren fue violada por su esposo (Sean Connery) en su luna de miel en Marnie la ladrona. Y lo contemplamos a su vez en una de las escenas más icónicas del mundo del cine: cuando de nuevo Tippi Hedren es atacada por un sinfín de pájaros ávidos de violencia y sangre.

Tippi Hedren en Los Pájaros

El caleidoscopio del dolor, trauma y sufrimiento femenino en las películas de Hitchcock es infinito. Tenemos a esas madres manipuladoras y malignas, a la mujer que roba, la que miente, la que traiciona y tenemos cómo no, a esos hombres que son víctimas de sus malas artes. Sirvan solo como ejemplo, Norman Bates, sometido a rabia edípica infantil, a la sombra de esa madre celosa, o Maxim de Winter, víctima traumatizada de los actos de su esposa, Rebecca.

Estos retratos no están exentos de cierta fascinación a ojos del espectador, ante la mirada de todo buen amante del cine, lo sabemos. Sin embargo, ese secreto deleite por intimidar y mostrar el lado más oscuro y también vulnerable de la mujer, se escenificó también detrás de las cámaras. De lo que ocurría en esos platós de grabación, apenas sabemos nada. Solo contamos con el testimonio de Tippi Hedren.

Tras negarse a lo que era poco más que una rutina en Hollywood (mantener relaciones sexuales con directores y productores), fue víctima de acosos constantes, agresiones, vigilancia, el más exhaustivo control y lo que fue aún peor para ella. Alfred Hitchcock logró arruinar su carrera artística. Se las ingenió para que Hedren no pudiera trabajar para nadie más, para que ningún productor llamara a su puerta.

Hay quien dice que Norman Bates era la propia esencia de Hitchcock. Alguien que quedó atrapado en algún momento traumático de su pasado, alguien que se sentía víctima de las mujeres, de esas esos rubios demonios intrigantes, presencias en apariencia inocentes pero siempre fuera de su alcance, siempre perfectas pero frías de las que debía vengarse de algún modo.