El príncipe rojo, ¿Un tipo triunfador?

Enrique Gil González · 6 octubre, 2014

Quiero hablar de un tema quizá controvertido, velado en el transcurso las relaciones, y enfocado desde mi humilde punto de vista de una manera que creo sincera y veraz, lejos quizá de lo políticamente correcto, y al margen de las mentiras edulcoradas que se nos cuenta de niños y de adultos. Hablo de la relación entre hombres y mujeres, del juego siempre en niebla de la seducción entre ambos, de esas miradas y palabras que nos confunden, y que nunca sabemos con certeza a qué se refieren, si nos dicen lo que queremos que nos digan.

Una mujer, a parte de lo que diga la Comedia Romántica, por pura evolución, desea a hombres que en lo físico posean unos pectorales bien formados, buenos bíceps, y unos marcados abdominales – y no hablo de culturismo o cutres de gimnasio, hablo de una "normalidad trabajada" del tono físico- ; y en lo mental, en lo de dentro, en lo que más vale, desea un hombre que la haga reír, sentirse segura, que muestre compromiso en sus relaciones, que posea dotes de liderazgo, sea comunicativo y sepa escuchar, se sienta seguro en la toma de decisiones, tenga unos objetivos claros y unos propósitos de estatus personal y social elevados.
  

Hombres y mujeres de otros tiempos: no hemos cambiado tanto


Todo lo anterior es indicativo del hombre triunfador. Un hombre con ambición personal, capaz de lograr lo que se proponga. Un hombre con objetivos, erguido en mente y cuerpo, resulta atractivo porque sabiendo cuidar de él, se entiende, sabrá cuidar de su pareja y su descendencia. Un hombre ambicioso capaz de liderar, comunicarse, y que sea determinado, será capaz de alcanzar un estatus adecuado en la sociedad que lo crió. Y eso significa que aspira a poseer "recursos". Significa una posición elevada en la sociedad, que de forma primitiva, la mujer busca para el buen porvenir de su descendencia.

Actualmente hay muchas maneras de evitar un embarazo, pero en la Prehistoria, pongamos el caso, no las había.  El macho que la hembra elegía en aquellos tiempos, debía ser capaz de cazar para traer comida a sus "crías", mientras la hembra recolectaba en los campos y cuidaba de la prole. Ese macho, si era líder de su tribu, tendría más posibilidades de dar una mejor vida a su mujer y sus hijos. Un mejor estatus. Con una buena musculatura podría cazar más animales y estar más preparado para  luchar en las guerras para defender a su gente y su propia descendencia. Hoy, como siempre quizá, los recursos no tienen por qué venir dados de buenas capacidades físicas o mentales. Pueden provenir de herencias, o sencillamente, de la fama dada a través de una pantalla de televisión. Igualmente, los avances sociales han hecho que la mujer no necesite de ningún hombre para poder "proteger" con sus recursos a su descendencia.

No obstante, lejos de cualquier interpretación machista, la genética y la evolución, según los estudios realizados desde la psicología y otros estudios del comportamiento, sigue mandando en este aspecto, y aunque la mujer en cuestión sea totalmente autosuficiente en recursos, desea a hombres que los posean o sean capaces de generarlos.

El cerebro de los hombres está preparado y responde, en términos de atracción, a las imágenes, a lo visual. En el tema que nos ocupa, y siendo claros, a mujeres con pechos grandes y rasgos saludables, aspectos que primitivamente servían para indicar a los machos que una mujer era fértil y podría alumbrar y criar sin problemas a nuestra descendencia… Esta herencia evolutiva sigue presente y se hace especialmente patente en aquellos anuncios que buscan llamar la atención de los hombres, y que siguen el patrón de mostrar a mujeres bellas, de mejillas sonrojadas, y amplios escotes. Aunque esto hoy en día -y para muchos casos no falta razón- se tacha de machismo, las compañías saben perfectamente qué mostrar para generar en los hombres una atracción evolutiva cuya única función a lo largo de miles de años fue procurar unir parejas con altas probabilidades de descendencia.


El Príncipe Rojo: un tipo triunfador

Visto el panorama evolutivo que traemos con nosotros en nuestro código genético, voy al Príncipe Rojo. Una mujer se siente atraída indiscutiblemente por un triunfador o por alguien en quién percibe la potencialidad de serlo. Ninguna chica se fija una noche en una discoteca en el prototípico "friki", o Príncipe Gris, con su pelo fuera de toda moda o decoro, sus ropas no acordes a lo atractivo, su cuerpo no debidamente moldeado por el ejercicio físico -generador de mayores niveles de testosterona, explicativa en parte del mayor atractivo masculino- y cabeza agachada, mirada tímida y voz titubeante. Esta clase de hombre podrá ser un buen amigo. Un paño de lágrimas, historias, emociones y sonrisas para muchas mujeres que les cuenten sus aventuras con otros hombres muy diferentes a él: Príncipes Rojos, tipos extrovertidos, divertidos, abiertos, bien vestidos acorde a su estilo-ojo, no hablo de ir con traje a lo Barney Stinson– habladores, atrevidos, arriesgados en sus vidas y maneras, con objetivos claros y realidades sólidas, atrayentes.

¿Quién no ha conocido a algún Príncipe Rojo, o a algún Príncipe Gris, y ha visto la clara diferencia de sus actuaciones e interacciones con las mujeres, y con la sociedad en general, en todos los ámbitos?

De todos modos, hay algo que una mujer busca en una relación y que ya he nombrado: seguridad, compromiso, fidelidad. Y estos son conceptos que el Príncipe Rojo no acaba de entender. No acaban de encajar con su forma de ser…hasta que se enamora.
 

Un juego de hormonas


Un Príncipe Rojo esta cargado de testosterona, lo que genera deseo carnal. Este deseo produce la segregación de dopamina, que produce a su vez más testosterona y atracción sexual. Un hombre puede aumentar, de forma inconsciente claro está, hasta en 1/3 sus niveles de testosterona por el simple encuentro con una mujer.

Pero cuando un hombre se enamora, ya sea a simple vista o con el paso del tiempo, debido a la fuerte segregación de dopamina y norepinefrina, sus niveles de testosterona caen…y aumentan los niveles de oxitocina en su cerebro, la Hormona del Amor. El efecto de esta hormona dura entre 3 y 9 meses tanto en hombres como en  mujeres. Pero en éstas, en vez de descender su testosterona, aumenta, lo que genera un desequilibrio en las relaciones hormonales habituales. La mujer se siente más dispuesta a las relaciones sexuales de lo habitual,  y el hombre, en menor grado.

Las relaciones sexuales alcanzando el orgasmo son generadoras de oxitocina, lo que produce una sensación de enamoramiento progresivo con el incremento de la frecuencia de estas relaciones en la pareja. La generación de dopamina, Hormona de la Felicidad, hace que nos sintamos placenteros y motivados. Al tiempo, caen los niveles de serotonina, lo que produce comportamientos de cierta obsesión con la pareja, que pueden durar entre 1 y 2 años. Como apunte, comento que con el alcohol los niveles de serotonina también disminuyen, lo que produce eso que todo el mundo ha vivido alguna vez, de que una noche, en medio de una fiesta, nos podamos sentir atraídos -como en una ilusión- por el atractivo de alguien, y que al día siguiente no nos expliquemos cómo pudo atraernos esa persona. Los responsables de ésto: la serotonina y esas cervezas de más.

Con este juego de hormonas danzantes quería expresar que, si el Príncipe Rojo, con todas sus características, se enamora, estas se mantendrán pero menguadas hacia la atención y "cuidados" afectivos y emocionales de su pareja, y ésta, aumentados sus niveles de testosterona y enamorada, equilibra la balanza para que su hombre deje de ser un Príncipe Rojo -menos apegado y afectivo, más independiente, "lobo solitario"- para convertirse en un más modoso Príncipe Azul -constituyente, por otro lado, del ideal romántico, ñoño, y literario del imaginario femenino, nacido en el siglo XIX y  desarrollado por compañías como Disney durante el siglo XX.

El pobre Príncipe Gris, en caso de enamorarse  – normalmente de alguien que a priori no le corresponde- caerá en desgracia emocional, al menos un tiempo, y quizá pueda adquirir como lección, a base de dolor emocional, que siendo Gris no se llega a ninguna parte, ni personalmente, ni socialmente, ni en el mundo de las parejas y las relaciones. A un Príncipe Marrón -el Gris enamorado- no lo quiere nadie como pareja, al margen de que, que duda cabe, acoja estupendas virtudes, pero que no son visibles detrás de sus miedos y percepciones erróneas de la realidad social y del campo de las relaciones sentimentales.
 

Conclusión


Una mujer quiere un "Príncipe Azul"- que no un principito de Disney 😉 – que mantenga esos rasgos primitivos que le enamoraron de él, los del Príncipe Rojo. Aquellos que activan sus instintos más primitivos. Así que, de ser posible, sé Rojo en tu día a día, Azul cuando lo sientas, y nunca destiñas. Tú mismo y los demás lo agradecerán.

 

NOTA DE EDICIÓN: *Este artículo se basa en las teorías evolutivas que tratan de explicar la relación entre hombres y mujeres. Es una teoría que cuenta con apoyos dentro de la psicología científica, pero por otro lado es opinable y discutible y os animamos a que así lo hagáis mediante comentarios. Para las personas que quieran profundizar un poco más en esta teoría recomendamos el libro de David Buss: "La evolución del deseo".