El síndrome de Cenicienta

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 26 septiembre, 2018
Sonia Budner · 26 septiembre, 2018

Este síndrome tiene dos vertientes diferenciadas. El primero en darle nombre y entidad fue el pediatra canadiense Peter K. Lewin. El Dr. Lewin hacía referencia a las supuestas acusaciones de niños y niñas: decían ser maltratados por sus madrastras o padrastros. La segunda acepción fue desarrollada por la investigadora Colette Dowling, que encontró que muchas mujeres parecían desarrollar un complejo que las hacía emocionalmente dependientes de un hombre. Lo reconoció como el Síndrome de Cenicienta y podemos encontrar mucha literatura relacionada con esta segunda aplicación del término.

En este artículo nos vamos a interesar también por el síndrome de Cenicienta desde la perspectiva del Dr. Lewin. Este enfoque resulta muy curioso de estudiar desde el punto de vista del mito. El mito de Cenicienta y su malvada madrastra nos ha llegado en forma de cuento, pero la misma versión existe en diferentes formas en muchas culturas. Y nos preguntamos: ¿Qué hay de cierto en la “maldad” de las madrastras y de los padrastros? ¿Puede la psicología evolutiva aportar datos en este sentido?

El síndrome de Cenicienta del Dr. Lewin

Esta primera vertiente del efecto Cenicienta nos da un punto de partida para analizar si los niños y niñas que han crecido con una madrastra o un padrastro desarrollan conductas diferentes a los niños criados por sus padres biológicos. Algunos psicólogos evolutivos sugieren que en muchos casos existe un trato diferente y discriminatorio a los hijastros y que puede ser debido a la falta del vínculo de apego entre madre-padre e hijos.

Esta falta de apego se encontraría en mayor medida cuanto más mayores sean los hijastros. Parece que esta especie de rechazo por los hijos de la pareja y no propios se da en hombres y en mujeres.

Estas son las conclusiones a las que llegaron expertos en psicología evolutiva, como Mark Pagel. Incluso otros, como Martin Daly y Margo Wilson, autores del libro La verdad sobre Cenicienta, una aproximación darwinista al amor parental, aseguran que existe una mayor probabilidad de infanticidio entre los padres no biológicos que entre los que sí lo son. Estas conclusiones son apoyadas por numerosos informes oficiales de abuso infantil.

Muñeco de un niño triste

El sector crítico

Estas hipótesis han despertado el recelo de otros psicólogos. Burgess y Drais, o el filósofo de la ciencia David Buller, argumentan contra esta teoría evolutiva. Acusa a Daly y Wilson de llegar a conclusiones intrínsecamente sesgadas. Aseguran que el maltrato infantil es un fenómeno demasiado complejo para ser explicado exclusivamente por la genética. Tanto los factores sociales como los rasgos del niño u otras características de los padres pueden ser variables con mucho más peso a la hora de explicar el maltrato infantil.

Parece, además, que los sistemas políticos más conservadores estarían ávidos de utilizar las afirmaciones de los psicólogos evolucionistas para esgrimirlas en contra del divorcio y los segundos matrimonios, señalándolos como la causa de los abusos o maltratos padecidos por los hijos y estigmatizar así a los padres no biológicos. Parece que transformar los datos de las investigaciones de psicología en argumentos políticos sigue siendo el muro por el que las distintas escuelas de pensamiento en psicología tienen a veces problemas para entenderse.

La perspectiva de Colette Dowling

El síndrome de Cenicienta, tal y como lo entendemos en la actualidad en cuanto a su segunda vertiente, puede definirse básicamente como el miedo irracional a ser independiente. Un complejo que se da con más frecuencia en mujeres. Las personas que lo sufren “no se sienten completas” sin una pareja, sin importar la cantidad de recursos o los éxitos que hayan conseguido de manera independiente. En general, poseen una baja autoestima, no han madurado y han crecido en entornos tradicionales donde prima el rol tradicional de la mujer como cuidadora.

Mujer preocupada

Este tipo de personas terminan adoptando el rol de madres de sus parejas. A pesar de ser un síndrome que en la actualidad está superándose, no hay duda de que aún existen muchas personas que padecen este complejo.

Por otro lado, en este marco el lastre no es solo la dependencia en sí. Normalmente la persona que lo padece ha terminado construyendo toda una realidad alrededor de su forma de entender el vínculo.