El trastorno de evitación experiencial

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Alicia Escaño Hidalgo
· 23 abril, 2019
Presentamos el trastorno de evitación experiencial como un patrón en el que la persona huye de sus pripios pensamientos y sentimientos negativos por miedo al dolor que puedan causarle.

Actualmente, estamos inmersos en la cultura de la felicidad, esa en la que que se demanda ser feliz a toda costa, pase lo que pase. El problema es que cuando no lo conseguimos, nos sentimos frustrados y, en consecuencia, infelices, lo que nos perturba todavía más.

Lo cierto es que la felicidad o más bien el bienestar emocional no es algo permanente. No podemos decirnos a nosotros mismos «soy feliz» porque eso es falso.

La felicidad no es una forma de ser, sino un estado. Es mucho más considerado y sensato decirnos «a veces, estoy feliz y, a veces, no lo estoy», ya que las emociones vienen y van dependiendo de distintas variables.

Procurar estar emocionalmente bien de forma continua es una fantasía que nos hunde más en el sufrimiento. Por ejemplo, cuando evitamos sentirnos ansiosos, tristes o doloridos, de algún modo, duplicamos nuestro malestar. La presión que ejercemos sobre nosotros mismos al decirnos: «debo estar bien» o «debo ser feliz» es el camino perfecto para no sentirnos a gusto. Es una paradoja, pero toda evitación emocional, lleva inevitablemente, a un incremento de esas mismas emociones.

Chica adolescente con malestar en representación de los pacientes invisibles

Imagina que estás en mitad del océano encima de una balsa rodeado de tiburones y alguien te dice: «Si te pones nervioso, te caerás al mar con los tiburones, por lo tanto, no debes ponerte nervioso». ¿Qué crees que ocurrirá? Seguramente, esa misma prohibición te lleve a ponerte aun más nervioso, ya que no sería natural inhibir la ansiedad ante tal circunstancia.

Así, es mucho más coherente aceptar que en un contexto como este, lo más lógico es experimentar ansiedad desde todas sus vertientes, dejarla estar, hacerle hueco y esperar a que nos habituemos de forma natural, si es que esto último es posible.

El trastorno de evitación experiencial consiste en una tendencia a querer priorizar el sentirse bien de forma constante y a actuar de forma que se consiga un bienestar inmediato. Lo explicamos a continuación.

El trastorno de evitación experiencial

Desde la terapia de aceptación y compromiso (ACT) se rechazan los sistemas de clasificación diagnóstica tradicionales, mientras que se considera como único elemento de análisis y acción la conducta y su función en el contexto. De esta forma, la concepción de la psicopatología desde esta terapia es a través del llamado trastorno de evitación experiencial.

La evitación experiencial constituye un patrón conductual inflexible. Este se genera a partir de un patrón de regulación verbal ineficaz, que consiste en evitar el sufrimiento a toda costa. De esta forma, se trata de controlar los eventos privados, las sensaciones, los sentimientos y las circunstancias que lo generan.

Este intento de control absoluto, ya sea por medio de pastillas para la ansiedad, alcohol o cualquier forma de evitación que vaya en contra de nuestros valores personales, nos aboca directamente a quedar atrapados en bucles de malestar continuo.

Lo que ocurre es que la persona con trastorno de evitación experiencial rechaza sistemáticamente los sentimientos negativos, no los quiere experimentar ni sentir bajo ningún concepto. Se dice a sí mismo que «sentir emociones negativas es terrible y doloroso», «uno debe estar feliz siempre», «soy un bicho raro por estar triste», «¿qué pensarán los demás si me ven ansioso?», etc.

Todos estos pensamientos llevan a la persona a intentar controlar la emoción de cualquier forma que sea rápida, fácil y eficaz a corto plazo. El problema es que ese control emocional es efímero y pasado un tiempo breve, el malestar emocional vuelve a surgir y, seguramente, con más fuerza.

Así, lo que la persona con evitación experiencial hace es poner tiritas a sus emociones, de forma que estas no fluyan ni drenen. Al principio, parece que funciona, pero la tirita termina cayéndose y provocando que la emoción aflore con mucho más impulso.

¿Qué puedo hacer si sufro el trastorno de evitación experiencial?

Cuando alguien sufre el trastorno de evitación experiencial y quiere empezar a abandonar esos bucles, es preciso que instale en su mente la idea de que el sufrimiento es parte de la vida. No se trata de que queramos sufrir por sufrir, si no de aceptar que el malestar emocional es algo que le puede ocurrir a cualquier persona del mundo por el simple hecho de estar vivo y de vivir.

La vida trae consigo momentos placenteros y momentos difíciles y, en cada uno de ellos, es normal experimentar diferentes tipos de emociones.

No es lógico que, si por ejemplo, mi pareja me ha dejado tras 5 años de relación, me vaya desesperadamente a buscar otra pareja para no estar mal o no estar solo. Lo sano es experimentar el duelo que trae consigo cualquier pérdida. Esta es la forma que tiene nuestro cerebro de asimilar lo que ha ocurrido y obtener un aprendizaje para el futuro.

Mujer pensando con los ojos cerrados y las manos en la frente

Ahora bien, si vamos poniendo muletas, tiritas o realizando conductas de seguridad para no sufrir a corto plazo, lo único que vamos a conseguir es «enquistar» ese dolor y acabar con un aumento del sufrimiento.

Por lo tanto, lo primero que tenemos que hacer es abrazar a nuestros demonios, a nuestras emociones y sentimientos, sean los que sean y estar dispuestos a vivirlos.

Sabemos que la ansiedad o la tristeza profunda no son agradables y preferiríamos no tener que pasar por ellas, pero también es cierto que la vida no va siempre al son de nuestras preferencias y que, inevitablemente, habrá veces que las tendremos que experimentar.

Estaría bien empezar a decirse a uno mismo: «Hoy estoy ansioso, pero no pasa nada, la ansiedad no es mala por sí misma, solo desagradable», «abrazaré a mi tristeza y haré vida con ella. No me gusta pero no me va a matar». Este tipo de pensamientos son mucho más realistas y funcionales.

También es importante conocer cuáles son nuestros valores y metas en la vida y caminar hacia ellos, al margen de las emociones. Las emociones no tiene por qué limitarnos. Una cosa es vivirlas y sentirlas en nuestro ser cuando nos ocurre algo y otra muy diferente que nos controlen.

Las emociones, positivas o negativas, pueden acompañarnos en nuestro día a día al igual que puede hacerlo un dolor de cabeza, el frío del invierno o las injusticias que aparecen en los periódicos. Por lo tanto, si sabemos lo que queremos de aquí a un futuro a medio o largo plazo, actuemos en beneficio de ello, en lugar de para el malestar inmediato.

Camina cada día hacia tu meta, sea la que sea, solo tú puedes elegirla. Deja que las emociones, los pensamientos negativos o las obsesiones te acompañen. En el momento en el que les hagas un hueco y aprendas a convivir con ellos, serán precisamente ellos los que poco a poco se irán de tu lado.

  • Ruiz, M.A., Díaz, M. I., Villalobos, A. (2012). Manual de Técnicas de Intervención Cognitivo Conductuales. Desclée De Brouwer, S.A