Miedo al dolor o algofobia

Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Andrés Navarro Romance
· 21 abril, 2019
El miedo al dolor o algofobia, que se distingue por un temor extremo e irracional ante el dolor y que implica elevada ansiedad y anticipaciones, se da sobre todo entre la población anciana y dispone de más de una estrategia de intervención para ser abordado.

El miedo al dolor es un temor tan habitual como normal; después de todo, ¿quién no tiene miedo al sufrimiento físico? Padecer dolor es uno de los estados menos deseables en los que puede hallarse una persona. De hecho, nuestra tendencia natural suele ser hacer todo lo posible por evitarlo.

La huida del dolor constituye un mecanismo reflejo a favor de nuestra integridad personal y supervivencia y, por tanto, obedece a un fin adaptativo-. No obstante, hay personas para las cuales este miedo -al que los manuales diagnósticos denominan técnicamente algofobia- alcanza unas cotas claramente superiores a lo que se considerarían normales.

Y no solo destacaría en ellos la intensidad del temor, también su frecuencia, persistencia e influencia en la vida diaria. Por tanto, para las personas que sufren algofobia, esta aversión ansiosa al dolor se constituye como un verdadero problema con acusadas implicaciones socio-afectivas.

Mujer preocupada por efecto Dobby

Características del miedo al dolor

Desde un punto de vista psicopatológico, el miedo al dolor puede definirse como un tipo de trastorno de ansiedad, en virtud del cual una persona puede experimentar un miedo irracional y extremo ante una persona, objeto o situación concreta.

Esta concepción tiene una aplicabilidad enormemente amplia, pues son muchos los miedos patologizados que pueden llegar a darse en algunas personas.

En el caso que nos ocupa, la situación temida correspondería al trance del padecimiento del dolor y el objeto temido al propio dolor con todas las características negativas, tanto psicológicas como estrictamente físico-perceptivas, que suele traer consigo.

Un dato curioso respecto a la algofobia es que, en términos poblacionales, presenta mayor tasa de incidencia y prevalencia entre la cohorte de personas ancianas. Este hecho no carece de cierto sentido, pues las personas mayores -en comparación con poblaciones más jóvenes- se hallan más expuestas:

  • A las quejas de personas de su edad y del entorno respecto a enfermedades y padecimientos.
  • A la percepción del sufrimiento de dichas afecciones por parte de los demás.
  • A la vivencia en primera persona de las patologías asociadas a la edad.

Por ello, es generalmente típico de una persona con miedo al dolor anticiparse a la aparición de condiciones que puedan dar lugar a la experiencia del dolor. Además, esta anticipación suele ir acompañada de cierta ansiedad cognitiva y fisiológica y en última instancia lleva a la persona a padecer los resultados del dolor de una manera anticipada y ficticia.

El grado de impacto de este temor en el día a día del individuo se antoja lo suficientemente cuantioso como para suponer algún tipo de menoscabo en el bienestar general de la persona que lo sufre. 

Algofobia e hiperalgesia

El fenómeno de la hiperalgesia, entendido como una sensibilidad exacerbada al dolor que generalmente se origina a partir de daño físico en los nervios o en las terminaciones nerviosas y receptores al dolor, se ha relacionado en más de un estudio con el fenómeno psicológico de la algofobia. Ambos estados alterados, sin embargo, no se acompañan necesariamente el uno del otro.

«El verdadero dolor, el que nos hace sufrir profundamente, hace a veces serio y constante hasta al hombre irreflexivo; incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor».

-Fiodor Dostoievski-

Una persona que sufra de hiperalgesia podrá desarrollar miedo al dolor al ser consciente -gracias a sus experiencias previas- del dolor potencial que diversos estímulos pueden originarle. A la inversa, un individuo que presente altas cotas de algofobia podrá hallarse más psicológicamente predispuesto a experimentar dolor físico y, por ello, en el momento de percibirlo realmente, ese dolor podrá ser subjetivamente desproporcionado.
Persona con manos en la cabeza por demencia frontotemporal

Evaluación y tratamiento del miedo al dolor

En un entorno clínico, existe más de una herramienta diagnóstica para determinar la presencia o no de esta fobia y para cuantificar su intensidad. Mientras que la valoración de la hiperalgesia correspondería en esencia al campo médico, la de la algofobia concierne más bien al psicológico, al corresponder en muchas ocasiones con hábitos adquiridos y conductas aprendidas.

Una de las pruebas psicométricas más asimiladas y ampliamente utilizadas es el Cuestionario de miedo al dolor (FPQ-III), que en función del valor arrojado para un sujeto puede conducir al diagnóstico diferencial procedente.

El abordaje psicoterapéutico del miedo al dolor no dista excesivamente del aplicado a otros tipos de fobia y, en general, consigue mayor efectividad cuando incluye la combinación de dos frentes de acción:

  • Intervención psicoafectiva -terapia psicológica, entre la que destaca la terapia cognitivo-conductual y diversas técnicas de relajación-.
  • Intervención farmacoterápica -fundamentalmente mediante el empleo de medicación ansiolítica, que podrá ir acompañada de fármacos antidepresivos para el tratamiento de alteraciones reactivas del ánimo-.

El dolor es un elemento a evitar y del que la mayor parte de las personas tiende a huir. Si se trata de un dolor evitable, la lógica parece dictarnos que no existe una razón real para padecerlo y entonces se tornaría lícito emplear estrategias para la evitación y/o paliación de este dolor.

Y lo mismo podría ser aplicable para ese otro dolor -secundario- que la anticipación ante el propio dolor -primario- genera en las personas que sufren de algofobia. En estos casos, también, podría hacerse lícito apoyarse en profesionales médicos y de la salud mental para evitar que este miedo al dolor reste un merecido bienestar.