Entrevista a Jenny Moix: “Lo peligroso de las autoexigencias es su rigidez”

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Jenny Moix
· 12 abril, 2019
Jenny Moix, psicóloga y autora de libros como "Mi mente sin mí" nos explica cómo las autoexigencias pueden llegar a vetar nuestra felicidad y capacidad de realización personal.

En nuestra entrevista a Jenny Moix descubriremos una dimensión que nos ayudará a ser un poco más felices: la flexibilidad. Ser flexible implica cuestionar muchas de las cosas que hacemos y nos decimos a nosotros mismos. Significa, por ejemplo, tomar conciencia de cómo nuestras autoxigencias erosionan nuestra capacidad de crecimiento y bienestar.

Decía el psicoterapeuta Albert Ellis que nuestros pensamientos y esquemas autodestructivos se instalan en nuestra mente por costumbre y práctica, es más, a veces, hasta los heredamos de nuestros padres y de la propia educación. Con ellos, con esos mandatos inflexibles cargados de culpas y miedos, recortamos nuestra creatividad y ese impulso vital donde ser más libres, más seguros para crear la realidad que deseamos.

Entrevista a Jenny Moix

Jenny Moix (Sabadell, Barcelona) lleva la pasión de la psicología en cada fragmento de su ser desde una edad muy temprana. Es profesora titular de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y miembro del Grupo de Investigación en Estrés y Salud. Está especializada en el dolor crónico, la conciencia y el mindfulness.

Asimismo, es muy conocida por sus publicaciones y libros como Manual de dolor (2006), Cara a cara con tu dolor, (2011), Felicidad Flexible (2011) y Mi mente sin mi (2018). Ha escrito diversos artículos científicos, ha colaborado con El País Semanal durante años, así como en diferentes medios de comunicación como Catalunya Ràdio.

Jenny Moix es además una gran comunicadora. Imparte charlas y conferencias sobre diferentes áreas de la psicología y el crecimiento personal. Hablar con ella es un placer por su calidad humana, entusiasmo y notable habilidad para hacernos pensar, descubrir y entender mucho mejor cómo somos y qué podríamos hacer para ser más felices. ¡Comenzamos!

Mujer pensando en el balcón

P. ¿Qué es la autoexigencia?

Es un mandato o una orden que nos damos a nosotros mismos. Suele tener forma de pensamiento más o menos inconsciente que empieza con un “tengo que…”.

P. ¿Cuándo solemos ser más autoexigentes?

Solemos ser más autoexigentes en las situaciones en las que entran en juego valores y creencias que tenemos muy profundamente implantados.

Por ejemplo, el pensamiento “solo triunfan las personas con un excelente expediente académico” te empuja a ser autoexigente con las notas o “solo las personas delgadas pueden atraer a los demás” te lleva a la autoexigencia con los kilos…

P. ¿Tiene algún beneficio la autoexigencia? ¿Podemos sacar algo de ella a nuestro favor?

La autoexigencia en sí misma no es mala. Lo que la convierte en peligrosa es su rigidez. Por decirlo de una forma simple, si clasificáramos las autoexigencias en rígidas y flexibles, las rígidas serían las malas y las flexibles las buenas.

Las autoexigencias flexibles te permiten hacer campana de clase, saltarte el régimen, salirte de la programación del día, dejar los platos sin lavar e incluso te permiten abandonarlas cuando ves que no tienen sentido. Las rígidas te hacen sentir una tremenda culpa por la más mínima desviación y además te atan sobremanera.

En la vida necesitamos tener un sentido, un “hacia dónde voy”, sin él iríamos desorientados, no sabríamos qué hacer. Nuestros valores y creencias nos dan ese sentido, esa orientación. De ellos, se derivan unos objetivos y unas exigencias que nos empujan a conseguirlos.

Es el juego de la vida. Nosotros ponemos las reglas y las seguimos. Estamos jugando. Sin embargo, a veces, esos objetivos, esas reglas del juego son demasiado rígidas y en lugar de servirnos para guiarnos, solo nos provocan dolor: si las seguimos porque son tan duras que sufrimos y si no las seguimos porque sentimos culpa. Eso pasa cuando nos olvidamos de que, en realidad, esas creencias, valores, objetivos o reglas del juego son relativos; cuando creemos firmemente que son casi sagrados.

La autoexigencia puede ser orientadora y motivadora, siempre que en el fondo seamos muy conscientes de que somos nosotros los que las hemos creado y de la misma forma podemos deshacernos de ellas. Esto es, son beneficiosas siempre que no nos hagan perder nuestra libertad. Cuando decimos “no puedo decir que no” o “no puedo dejar de…” es porque nos hemos olvidado de que esas autoexigencias las hemos puesto nosotros allí.

P. ¿Cómo llega una persona a ser autoexigente? ¿Qué factores intervienen?

Nuestros padres, familia, profesores, amigos… la sociedad en general se encarga de programarnos. Aunque la programación no da siempre los mismos resultados. Algunas personas, las que solemos clasificar de “bien adaptadas” tienen más autoexigencias que las que etiquetamos de “pasotas”.

En una sociedad que se premia tener mucho dinero, escalar a nivel profesional, estar en pareja toda la vida, estar delgado, tener un aspecto juvenil a todas las edades… Una persona bien programada, adaptada a esta sociedad loca, está cargada de autoexigencias.

Y en el fondo, ¡hasta queda bien! Su autoexigencia se ve recompensada por la sociedad, por eso algunas personas alardean de que son muy autoexigentes. La sociedad nos programa de una forma tan eficaz que las autoexigencias llevan el sistema de mantenimiento incorporado.

Luego hay otros factores más atávicos, más primitivos, que están escritos en nuestros genes. La evolución los ha ido grabando en nuestros cromosomas. El homo sapiens no ha sobrevivido solo, es un homínido grupal, gracias a la tribu se mantiene a salvo. Miles de años de evolución marcando este hecho en todas nuestras células.

Por eso, nos gusta que los otros compartan nuestro punto de vista, que no nos juzguen, que nos acepten, que nos quieran… y la mayoría de nuestras autoexigencias vienen de allí.

Desde la enorme presión que sentimos para que nuestro cuerpo se adapte a los cánones de belleza de la época, hasta la represión que hacemos de nuestros sentimientos para no crear ningún conflicto, están allí para asegurarnos que nos quedaremos en la tribu. Por eso son tan rígidas a veces, porque en el fondo del fondo pensamos (equivocadamente) que esas autoexigencias son necesarias para sobrevivir.

Chico apoyando su cabeza en un cristal

P. ¿Es posible gestionar los altos niveles de exigencia? ¿Cómo?

La palabra “gestionar” es otro resultado de nuestra sociedad cuadriculada. Está de moda la palabra “gestionar” nuestras emociones, creencias, sentimientos… como si se tratara de gestionar los asuntos de una oficina, como si nuestra subjetividad la pudiéremos poner en un Excel y arreglar todas las casillas.

Precisamente hoy un chico me explicaba que quiere acabar con sus autoexigencias en dos meses. Como si se pudiera poner un timing a la autoexigencia. Ponemos una autoexigencia encima de otra, los humanos no tenemos remedio.

Detrás de las autoexigencias, como hemos visto, se encuentran nuestros objetivos y valores cogidos de la mano del miedo a la culpa. El valor-objetivo te dice: “cuida de tu madre enferma a todas horas, aunque tengas que renunciar a todo” y el miedo a la culpa: “si no lo haces sufrirás por la culpa hasta el fin de tus días”.

Y todavía más atrás se encuentra el miedo al vacío. Si existiera alguien que, con una goma de borrar mágica, pudiera borrar todos los valores para que no tuviéramos autoexigencias ¿qué nos guiaría? ¿quién seríamos? ¿qué haríamos?

Imaginemos una persona que toda su existencia órbita alrededor de la autoexigencia de cuidar a su madre, no hace nada más, y eso le provoca un gran sufrimiento, su salud tanto física como mental está muy deteriorada. ¿Por qué ha llegado allí? ¿por qué se ha aferrado a ese valor de una forma tan intensa?

Quizás hay miedo al vacío, quizás miedo a qué hacer con su propia vida, quizás miedo a ser libre. El asunto de las autoexigencias puede llegar a estas profundidades.

P. ¿Es lo mismo ser perfeccionista que ser autoexigente?

Son dos conceptos que están estrechamente ligados. Podemos exigirnos que la casa este perfectamente limpia, la camisa perfectamente planchada, el cabello perfectamente cortado, todo perfectamente ordenado.

Como decíamos antes, la autoexigencia puede tener grados, algunas son más flexibles y por tanto sanas y otras más rígidas y nos hacen sufrir. Buscar la perfección desesperadamente en algo nos está hablando de rigidez. Nos habla de anhelar que la realidad se ajuste a un ideal mental sobre algo. En este caso, el sufrimiento está servido porque la realidad y los ideales nunca suelen ajustarse.

P. Autoestima y autoexigencia, ¿se relacionan de alguna forma?

Sí que están relacionadas. Muchas autoexigencias surgen de la necesidad de demostrar algo al mundo, a uno mismo o de “ser mejor” para que los otros nos acepten. Por tanto, a menos autoestima, más necesidades de este tipo.

Igualmente, las personas queremos ser mejores para querernos, pero el amor hacia nosotros mismos debe ser incondicional, como el que sienten las madres por sus hijos. El amor auténtico es querernos tal como somos, aceptarnos.

Un hijo querido y aceptado es más feliz y convierte su vida en algo mucho más bonito. Lo mismo pasa con nosotros. Aceptar nuestra singularidad sería más fácil sin esa presencia constante de ideales sociales. Ser consciente de la presión de esos ideales es la única manera de dejarnos influir menos por ellos.

P. ¿Son compatibles la felicidad y la autoexigencia?

La palabra “autoexigencia” a mí me suena fea. “Exigir” es algo muy duro y tajante. “Mi jefe me exige que…” suena a que si no lo haces te despide, te baja el sueldo o tiene algún tipo de repercusión. Si nosotros tuviéramos que elegir a nuestro jefe ¿escogeríamos al exigente o al motivador?

Creo que la mayoría de nosotros preferiríamos al motivador. Esto es, al que sabe cuáles son nuestras cualidades y las potencia, al que nos aplaude cuando lo hacemos bien y el que nos perdona cuando nos hemos equivocado, el que nos enseña.

Seríamos más felices con este tipo de jefe “exterior”, pues con el jefe “interior” pasa lo mismo. Es mejor el motivador que el exigente.

Mujer feliz en el campo pensando en las reflexiones para vivir mejor

P. Por último, ¿podrías indicarnos algunas pautas o claves a tener en cuenta en relación a la autoexigencia?

Creo que de entrada debemos aceptarnos con nuestras autoexigencias. “Yo soy yo y mis autoexigencias”. Sería el lema de partida. Es normal tenerlas, quien más, quien menos las tiene. Estamos programaditos. Luchar contra ellas, sería como exigirnos eliminarlas. Otra exigencia más.

¿Qué tal simplemente observarlas? Observarlas como la madre que observa a su hijo o como cuando observamos a nuestro querido gato o perro haciendo una travesura. Observarlas sin juzgarlas.

Para observarlas hemos de reconocerlas y muchas veces vienen muy disfrazadas. Muchas de ellas vienen con el disfraz de exigencia externa. Nos sentimos obligados por nuestra familia, por nuestros compañeros, por nuestra pareja a hacer algo. Y lo vivimos como una exigencia que viene de ellos, externa. Pero en realidad ¡es interna! Nadie nos está apuntando con una pistola.

Tenemos que quitar el disfraz a esa presunta exigencia que viene de otros hasta ver nuestra autoexigencia allí desnuda.

Si preguntáramos a un grupo de personas cómo han acabado con alguna de sus autoexigencias, probablemente nos encontraríamos con una respuesta del estilo “un día me di cuenta de que… no tenía sentido”. Y ¿qué les hizo hacer ese clic? La letra de una canción, una película, un libro, una conversación con un amigo, un lápiz que cayó al suelo, un pájaro que cruzo por su jardín…

Como vemos, hay mucho para reflexionar alrededor del universo de las autoexigencias. Sin duda, gracias a Jenny Moix tenemos para pensar sobre cómo estas nos influyen día a día y qué podemos hacer para eliminar el peso que tienen en nuestra vida. ¿Te atreves?