Esclavos de día, tiranos de noche

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 7 abril, 2018
Sergio De Dios González · 7 abril, 2018

Muchos de nosotros somos esclavos de día, tiranos de noche. Los que pedimos comprensión por nuestras condiciones, pero también los que movemos a este mismo sistema para que se reproduzcan esas mismas condiciones. Existe la comida low cost, los vuelos low cost y en la actualidad han empezado a reproducirse por las ciudades los repartidores low cost. Esos que quizás representan la máxima degradación de ese lema que dice que el que tiene ganas de trabajar al final termina trabajando.

Somos los médicos que utilizamos a ese mismo sistema sanitario que adolece de recursos, quienes compramos esas marcas que fabrican prendas en países con unas condiciones de trabajo todavía más precarias que las nuestras. Como sociedad, al final somos nosotros quienes giramos esa misma ruleta en la que gastamos con la anestesia del consumo nuestro recurso más valioso, el tiempo. Una anestesia al mismo tiempo necesaria, porque de otro modo nos envenenaríamos con nuestra propia disonancia, con esa diferencia entre lo que queremos ser y nuestra manera de actuar.

“Somos esclavos de día, tiranos de noche. Nos quejamos de nuestras condiciones, premiamos a los que las imponen”.

Supervivencia, una ilusión

Tiempo para mantener a una familia que no vemos, para pagarnos un viaje que nos disfrutamos, para comprarnos una cámara con la que no hacemos fotos. Tiempo que se nos escurre entre los dedos como gotas de agua helada. Gotas que poco a poco erosionan nuestros huesos y forman arrugas.

Somos esclavos de día porque trabajamos bajo unas condiciones más que precarias por un dinero que permite la supervivencia y algún que otro sueño que rara vez se materializa. Somos tiranos porque alimentamos a ese mismo sistema, porque llamamos a ese sitio para pedir comida, aunque sabemos que no ofrece unas buenas condiciones a los trabajadores. Porque es más barata, porque es más rápida, porque nos da la sensación de que contamos con más tiempo libre. La misma ilusión que nos hace esclavos de día, tiranos de noche.

Aceptamos encargos por una retribución muy baja. Tenemos la conciencia de que si no lo hacemos nosotros, otro lo hará, incluso por menos. Porque siempre hay alguien más necesitado que nosotros. Es esta indolencia la que permite la supervivencia presente y al mismo tiempo la que termina con la de nuestros latidos, que se pierden entre horas y horas detrás de un mostrador, mirando a una pantalla o conduciendo un camión…, viendo como coche tras coche somos adelantados.

Mujer triste en el suelo

Una revolución personal frente al agujero negro que plantea la inercia actual

De ahí que sea necesaria una revolución. Pequeña o grande, pero una revolución que empiece por nosotros… dejando de ser esclavos de día, tiranos de noche. Denunciando las condiciones de trabajo precarias, renunciando a la tentación de comprar más barato, sabiendo que la diferencia de precio la paga el último de la cadena.

Apartemos esa ilusión de que ocho horas trabajando se igualan con tres o cuatro en las que todo va rápido. Comida rápida, ejercicio rápido, sueño rápido… ¿Para qué más velocidad en un mundo que ya es suficientemente veloz? ¿Para qué menos ejercicio, que nos traigan todo a casa, en un mundo que engorda a pasos agigantados? ¿Para qué tanta tecnología si al final trabajamos más horas? ¿Para qué tantas ofertas si ni con todo el carro lleno sentimos esa sensación de aliento que da un rayo de sol después de una quincena de lluvia?

Todo lo rápido, todo lo fast, no deja de ser una ilusión creada por el propio sistema para devolvernos la imagen de que gozamos del suficiente tiempo libre y de los suficientes recursos. Sin embargo, ¿de verdad es así? Incluso a los que piensan que tienen un sueldo decente, cuando dejan de lado estos low o estas fast, ¿sigue pareciendo tan digno?

Trabajamos muchas horas, pero, ¿de verdad, en general, ganamos el equivalente en tiempo real y no en tiempo fast? Lo rápido, sin ningún peso trascendental, se va cuando sopla una pequeña corriente; entonces nos enfrentamos cara a cara con el vértigo, con nosotros, desnudos, sin ropa que impida el contacto con el aire. Nos miramos al espejo y nos sentimos extraños. Somos, pero al mismo tiempo estamos ausentes. Lejos de nuestro cuerpo, de las personas a las que queremos, que están en el salón, mirando la pantalla, hablando de una reina que no permite fotos o de unos cuantos que se quieren separar de otros cuantos…

Tenemos muchas razones para empezar una pequeña revolución. Esa que no nos haga esclavos de día, tiranos de noche.