¿Existe realmente la personalidad?

30 Julio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por el psicólogo Sergio De Dios González
La personalidad es uno de esos conceptos clave en psicología. Ahora, ¿realmente existe? ¿Con qué datos contamos para decir que alguien tiene una personalidad u otra?

En los planes de todas las carreras de psicología hay una asignatura con el rimbombante nombre de Psicología de la Personalidad. Suena bien, ¿verdad? Sin embargo, al empezar a estudiarla los problemas empiezan a multiplicarse.

Perdón, no he querido decir problemas, más bien he querido decir modelos, con sus correspondientes actualizaciones, revisiones y críticas asociadas. Es como si empezaras a estudiar química y existieran varias tablas periódicas diferentes. Os podéis imaginar el alcance del lío al que me refiero.

Personas con un cartel con una interrogación sobre la cara

La verdadera paradoja: la existencia de la personalidad

Sin embargo, hay otro entuerto por encima de la multiplicación de modelos y definiciones sobre el que no se pasa o se suele pasar de puntillas. Sí, ese que titula el artículo, ¿existe realmente la personalidad? Concretando, ¿podemos decir que alguien es amable igual que decimos que es alto o bajo o que, poniéndonos puntillosos, mide 175 cm?

Imaginamos que Eysenck o McCrae y Costa dirían que sí. Son los creadores quizás de las tablas periódicas de la personalidad más famosas y reproducidas. Los que caen siempre en los exámenes de Psicología de la Personalidad y una referencia para la taxonomía de los principales manuales diagnósticos. Los amantes del análisis factorial, componentes principales y demás técnicas de síntesis de información a través de procesos estadísticos también estarían de acuerdo. En buena medida, el pan les va en ello.

Sin embargo, seguro que conoces al alguien que se muestra especialmente extrovertido en un contexto e introvertido en otro. Incluso no es necesario cambiar ni siquiera de contexto. Por norma, podemos oscilar en esta dimensión incluso en una misma reunión social.

¿Entonces? Hablar de una personalidad ya se está volviendo un poco incómodo, ¿verdad? Con lo bien ordenado que estaría todo si pudiéramos simplificar la información y decir, siendo justos, que alguien es neurótico y amable. Pum, categorizado… y predecible entonces.

¿Una ilusión?

¿Qué pasaría si nuestra creencia en los rasgos de personalidad fuera una ilusión -como pueden ser Papá Noel o los Reyes Magos- y las personas no fueran consistentes de una situación a otra? Esta fue una posibilidad que sacudió los cimientos de la Psicología de la Personalidad a fines de la década de 1960, cuando Walter Mischel publicó un libro titulado Personalidad y evaluación.

¿Qué planteó este psicólogo? No, quizás sí barajó la posibilidad, pero no terminó con la Psicología de la Personalidad. No al menos de la manera en la que Caín se cargó a Abel o Nietzsche decapitó a Dios. Michel apostó por una evaluación de la personalidad sensible al contexto. Vale, en cristiano.

Mischel pensó que los psicólogos deberían centrarse en las reacciones distintivas de las personas ante situaciones específicas.

Este autor planteó que una persona no es honesta, sino que podemos identificar una tendencia en ella a ser honesta en unas determinadas circunstancias. Carlos puede ser honesto cuando no obtiene rédito al mentir, pero puede no serlo cuando sí lo obtiene. Con esta información, ¿qué diríamos ahora sobre la honestidad de Carlos?

Rizando más el rizo, Carlos puede no ser honesto para proteger a sus seres queridos, pero puede serlo cuando obtenga una cantidad de dinero por no serlo. Haciendo ya el triple mortal, Carlos hubiera aceptado esa cantidad de dinero si la última declaración de Hacienda no le hubiera salido a devolver. Carlos es todo un mundo. Las personas somos un mundo.

Volviendo con Mischel, para él existirían cinco variables a las que sería sensible el comportamiento de una persona:

  • Competencias: en todos los planos. Físicas, intelectuales, sociales, etc.
  • Estrategias cognitivas: formas de afrontamiento y experiencias con ellas.
  • Expectativas: las consecuencias que la persona espera para cada opción que contempla.
  • Escala de valores personales y autoconcepto: las actuaciones en sintonía con nuestra escala de valores serían más probables -bajo amenaza de disonancia-.
  • Sistemas de autorregulación: el conjunto de reglas y normas a las que las personas se adaptan para regular su comportamiento.
Mano cogiendo una ficha conectada con otras por hilos

Reflexión final

Por eso, cuando alguien habla de la dificultad que puede entrañar estudiar otras carreras no entiende que la psicología presenta el objeto de estudio más complicado: el propio ser humano. Por eso hay una diferencia muy grande entre el conocimiento popular y el conocimiento científico. Este último es consciente, o suele ser consciente, de la dificultad de su propósito.

Mischel pensó que cada comportamiento es el producto de una interacción. La que se da entre la situación, la forma de percibir esta situación y los recursos para negociar con ella. La coherencia que encontraríamos cuando hablamos de rasgo, entonces, sería o estaría limitada a situaciones concretas en las que las características más salientes fueran las mismas o parecidas.

Hoy la psicología todavía no ha resuelto el precipicio abierto por la crítica a las teorías de los rasgos de personalidad. Parece que existe un cierto consenso que apoyaría que sí existiría una tendencia general.

Si pusiéramos a Juan frente a 100 situaciones que pusieran a prueba su honestidad, podríamos obtener un porcentaje de ellas en las que se muestra honesto y asignarle una puntuación en el rasgo. Es honesto al 65 %.

Ahora, ¿hasta qué punto podríamos predecir el comportamiento de Juan en una situación concreta solo a partir de esta información? Puede que a cambio de mentir a Juan le ofrezcan mucho dinero. Sin embargo, Juan sería honesto, porque nuestro amigo no tiene problemas de liquidez ni tiene grandes aspiraciones en este sentido.

El problema es que en la realidad contamos con una información muy limitada de la persona que tenemos delante -por ejemplo, no solemos saber el saldo de su cuenta corriente; o sí, pero no el de su hermano, que sí necesita el dinero-.

En metodología existe una certeza malévola: una población puede medir una media de tantos cm, pero puede que en esa población no haya nadie precisamente con esa altura. Así, en buena medida, la Psicología de la Personalidad lo pasa mal cuando queremos trascender los modelos teóricos y aplicarla en la realidad.

Un joven Focoult ya fue consciente de que “la naturaleza dialéctica de las relaciones del individuo con su medio obliga a la psicopatología a asumir una perspectiva necesariamente ecológica, obliterando la posibilidad de considerar al individuo enfermo de forma aislada” (Novella, 2009).

En cuanto a la parte didáctica y recogido el hilo tendido en la introducción, en el Power Point del aula los modelos quedan perfectos en las diapositivas, pero más allá seguimos encontrándonos con muchos problemas. La teoría en este punto parece agotada; en buena medida ha sobrevivido gracias al auge de la psicología positiva.

Antes o después serán los datos, primando sobre la reflexión, los que empezarán a guiarnos hacia una solución. Entonces, paradigmas, como el de la TRI, podrían constituirse como la cuerda que nos haga salir del pozo. Para despedirnos, que el artículo ha quedado un poco serio, vamos con un poco de música.

Eysenck, HJ (1981). Un modelo para la personalidad. Nueva York: Springer Verlag. McCrae, RR y Costa, PT (1987). Validación del modelo de personalidad de cinco factores a través de instrumentos y observadores. Revista de Personalidad y Psicología Social, 52 , 81-90. J. Novella, E. (2009). El joven Foucault y la crítica de la razón psicológica: en torno a los orígenes de la Historia de la locura. Isegoría, 0(40), 93-113. doi:http://dx.doi.org/10.3989/isegoria.2009.i40.647