Gritar: la manera más rápida de perder la razón

Sara Clemente · 29 abril, 2018

Es muy frecuente escuchar a algunos padres dirigirse a sus hijos a chillidos: ¡he dicho que no me grites! De lo que no se suelen dar cuenta es de que ellos son los responsables de la educación de los pequeños y que, con su comportamiento, están siendo un pésimo ejemplo para ellos. Dicen que no hay nada como tener que enseñar, para tomar conciencia de los propios fallos. En este sentido, gritar es una de esas conductas que quita de golpe la razón, ¿por qué?

Normalmente solemos alzar la voz en situaciones puntuales en las que perdemos los nervios. Una de estas circunstancias es la de querer sobresalir y de acaparar la atención de los demás. En cambio, otras veces tratamos de tapar a la persona con la que estamos discutiendo, con el fin de no dejar que se explique y de quedar por encima.

¿Cómo reaccionan los demás?

Hablar más alto que los demás no garantiza que se nos preste más atención ni significa que se nos entienda mejor. Incluso todo lo contrario. Hay muchas maneras de reaccionar ante alguien que nos está gritando y quizá la menos habitual, pero la más efectiva es la de “hacer oídos sordos”. Hay personas que automáticamente cuando ven que alguien grita desconectan y esperan a que se tranquilice para poder entablar una conversación con ella.

Otros se achantan, se agazapan y claudican. Se dejan intimidar por los alaridos y no son capaces de decir ni una palabra para reclamar respeto. Algunos pocos se ponen al mismo nivel y optan también por los chillidos. Pero si ya de por sí es difícil establecer una conversación con una persona que está fuera de sí, imaginad si los gritos provienen de dos o más fuentes… ¡Una auténtica locura!

Pareja discutiendo como ejemplo de las conversaciones difíciles

En cualquiera de estos casos la consecuencia es la misma: ni escuchamos ni nos escuchan. Al gritar, la comunicación se rompe e impera la falta de entendimiento.

La necesidad de respetar

Cuando gritamos, dejamos de valorar al prójimo y de tolerar lo diferente. El respeto es la base fundamental de un gran número de valores morales, porque es esencial para una adecuada y gratificante interacción social. Por eso, la mejor manera para saber si estás faltando el respeto a otra persona es ponerse en su lugar. Piensa cómo te gustaría que te tratasen y te dijeran las cosas a ti. ¡Y ponlo en práctica!

Otra clave: asertividad

Nadie nace siendo asertivo. Como muchas otras capacidades, se puede ir adquiriendo y entrenando durante toda la vida. La asertividad se encuentra estrechamente relacionada con el respeto. Se trata de expresar tu opinión de manera gentil, educada, elegante y valiente. Sin levantar la voz en ningún momento ni impregnar de agresividad a tus palabras. Aunque suene paradójico: con un tono de voz más controlado tu mensaje traspasará más barreras.

Normalmente, se educa a los niños en otro tipo de habilidades sociales o intelectuales, dejando de lado aquéllas que les van a permitir ir aumentando el auto-conocimiento. Por eso es necesario hacerles comprender que, si logra entenderse a sí mismo, tendrá mucho ganado a la hora de expresarse y comunicarse con los demás.

Educar en la mesura

Es cierto que un grito puede capturar la atención del niño frente a otros estímulos, como el juego. Es incluso bueno para que sepa que estás enfadado, porque a veces, un grito a tiempo puede evitar un accidente mayor o rectificar una conducta errónea. Pero si alzar la voz se convierte en la tónica habitual, al final el grito pierde efecto y pasa a invadir la comunicación.

Padre culpando a su hijo

El pequeño se acostumbra a que se comuniquen con él de esa manera y ya no le resulta extraordinario. Además, si el padre percibe que su hijo ya no responde a esos aspavientos, puede desesperarse y la situación empeorar. Cuanto más usemos los gritos, más habituados estarán nuestros hijos a escucharlos y menos efecto tendrán, más allá de contaminar la comunicación. Por tanto, más nos costará que nos obedezcan. Entonces, ¿cuál es el siguiente paso?

Educar puede poner en evidencia comportamientos adultos que no queremos que los niños aprendan. Vemos que la anterior situación termina por generar una tensión y un malestar muchas veces insoportable. De ahí la importancia de aprender a controlar ese primer impulso para hacer desaparecer por completo los chillidos.

Dejar de gritar es posible

Cambiar algo que se lleva haciendo durante toda la vida y de forma vehemente es difícil. Requiere tener un alto grado de control sobre nuestras emociones y una gran capacidad para no seguir lo que dictan nuestros impulsos. Por eso, lo primero que debes hacer si quieres dejar de tener un comportamiento agresivo es identificar esas situaciones o circunstancias que te hacen perder el control, hacer lo que no quieres.

Una vez localizadas, es conveniente que adquieras herramientas que te hagan más fuerte frente a la tentación del impulso. Cuenta hasta 3 o da un largo trago de agua, de manera que generes un espacio para hacerte con el control de toda esa energía. Has de buscar una forma de sentirte aliviado sin gritar. Es decir, expresar lo que sientes, pero de forma cortés y prudente.

Si no lo consigues a la primera, no desesperes. Lo importante son esos intentos que te están permitiendo encontrar un recurso nuevo para afrontar ese problema o conflicto. Poco a poco podrás ir viendo resultados y serás capaz de frenar los gritos antes de perder los nervios.

Como veis, gritar no ayuda para nada a gestionar las emociones. Si ya de por sí controlar la manera en que transmitimos lo que sentimos es difícil, imaginad si encima nuestra conducta es demasiado impetuosa, irrespetuosa y colérica. Aprender a revertir esa situación requiere tiempo y esfuerzo, pero ¡se puede conseguir!