Gritar y pedir que no te griten

Edith Sánchez·
22 Junio, 2020
Gritar y pedir que no te griten constituye en sí mismo una contradicción. Los gritos agreden y turban a quien los recibe, pero también desdibujan y roban razón al discurso de aquel que los utiliza.

Tienes todo el derecho a pedir que no te griten. La única condición previa para exigirlo es que tú no grites a los demás, ya que de otro modo no tiene sentido formular esa demanda. En la vida cotidiana no es raro ver a quienes, en medio de una discusión, responden con un grito a otro grito, escalando el volumen de la conversación.

La mayoría de la gente tendrá que encontrarse de vez en cuando con alguien irascible y descontrolado. Es un gran reto, sobre todo cuando ese alguien es el jefe, un compañero de trabajo o incluso la misma pareja. El mayor desafío está en no permitir que te arrastre en su desinhibición, pero esto no es nada fácil.

Los gritos son señales muy difíciles de capotear, porque resultan ofensivos y alteran con facilidad. Para pedir que no te griten, el secreto está precisamente en aprender a reaccionar frente a este tipo de agresiones. De la misma manera, si formas parte del “grupo de los gritones”, poca autoridad vas a tener para exigir que los demás no hagan lo mismo contigo.

Los hombres gritan para no oírse”.

-Miguel de Unamuno-

Pareja gritándose

Gritar como medio de expresión

Gritar es un acto que no tiene ninguna utilidad más allá de intimidar o expresar el enojo. La ira es el principal motor de los gritos. Por otro lado, esta manera de manifestarla denota poco control.

Hay muchos lugares comunes y frases hechas que pretenden justificar los gritos. “Grito porque no me escuchas”, dicen algunos. “Parece que solo entiendes a los gritos”, dicen otros. Como estas, hay muchas otras fórmulas estereotipadas del lenguaje que pretenden brindarle un soporte racional al acto irracional de gritar.

Los gritos solo indican que hay inestabilidad emocional en la persona que sube el volumen de su voz. Grita porque quiere mostrarse más fuerte de lo que es e intenta ejercer dominio sobre la situación. Sin embargo, lo que muestra es que no tiene suficiente control ni siquiera sobre sí mismo.

Las razones por las que la gente grita

Las personas también gritan cuando se sienten asustadas o acorraladas y agreden para defenderse. La amenaza puede ser real o imaginaria. Muchas veces solo existe porque las inseguridades así lo determinan. Cuando se es muy dependiente de la aprobación ajena, o muy sensible a la crítica, por ejemplo, cualquier gesto puede ser interpretado como una agresión latente a la que se debe responder.

Otra de las razones por las que la gente grita es el simple hábito. Quien, por ejemplo, ha sido educado a los gritos, internaliza estos como una forma de comunicación “normal” en su vida. Así que ante cualquier contrariedad o frustración termina gritando para expresar su desconcierto o malestar.

De otro lado, hay personas que desarrollan tendencias agresivas, bien sea por un temperamento mal canalizado, o porque atraviesan por situaciones que los desbordan. En esos casos, no solamente harán de los gritos un mecanismo habitual, sino que también regularmente mostrarán hostilidad y accesos de ira.

Hombre con ira gritando

Pedir que no te griten

Con frecuencia, quienes levantan el tono de la voz reciben a cambio exactamente lo mismo. En esto se demuestra claramente la inutilidad de los gritos; de hecho, no solo su inutilidad, sino también su efecto altamente nocivo sobre la comunicación y las relaciones humanas. Pedir que no te griten es un derecho que conquistas y defiendes. Para hacerlo, necesitas comenzar por ti mismo.

En las relaciones de poder se observa muy frecuentemente una pauta de conducta según la cual el superior, aparentemente, tiene derecho a gritar, pero quien está sometido a su dominio, no. Se ve entre padres e hijos, maestros y alumnos, jefes y empleados, e incluso en las parejas que construyen esquemas de poder asimétricos.

Es en esos escenarios, donde hay un poder vertical y severo, es donde más con más frecuencia se forja la pauta de gritar y pedir que no te griten. La madre grita a su hijo, pero ve como una falta de respeto recibir el mismo volumen a cambio. Se alega que hay una jerarquía y que esta debe ser respetada, lo cual es cierto; pero se deja de lado el hecho de que la autoridad nace de la coherencia y del ejemplo.

La madre, el maestro, el jefe o el cónyuge pueden salirse con la suya al gritar. Terminan intimidando o inhibiendo al otro, pero también sembrando la semilla de la falta de respeto. No genera respeto quien dice una cosa y hace otra; el que está descontrolado y te pide control. Los gritos no aportan nada y, aunque todos caemos en la tentación de subir el volumen de nuestra voz alguna vez, no por ello deja de ser un error.

Shelton, N., & Burton, S. (2004). Asertividad. Haga oír su voz sin gritar. FC Editorial.