¿Hasta qué punto debemos controlar nuestros deseos?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 12 enero, 2015
Okairy Zuñiga · 12 enero, 2015

 

Los deseos son una constante en nuestra vida y solo son sustituidos por otros deseos. Sin este flujo continuo realmente no tendríamos ninguna razón para hacer algo. La falta de deseos te puede llevar a una crisis aguda que terminará convirtiéndose en aburrimiento. El deseo es el que nos mueve y en este movimiento nos da nuestra vida, dirección y significado.

 

La paradoja del deseo

 

Nacimos del deseo y lo más seguro es que ni siquiera puedes traer a la mente un recuerdo en el que no esté presente. Estamos tan habituados a desear que no somos conscientes de ello y solo registramos un deseo cuando es muy intenso o si entra en conflicto con otro.

En estos casos, la meditación puede ser de gran ayuda porque nos permite identificar los motivos y razones de aquello que anhelamos. A través de esta práctica también aprendemos a eliminar los deseos inútiles o tóxicos. La paradoja del deseo es que es imposible dejar de desear. La simple intención de no desear ya es un deseo en sí mismo.

 

El problema del deseo

 

Si el deseo es la vida, ¿Por qué deberíamos deseamos controlarlo? — Por la sencilla razón de que necesitamos controlar la vida, o por lo menos, nuestra vida. Debido a esto, no es de extrañar que las diversas religiones del mundo lo hayan visto como una dualidad.

Para el hinduismo puede ser una fuerza de vida o el destructor del conocimiento y la autorrealización. Del mismo modo, la segunda de las cuatro nobles verdades del budismo afirma que la causa de todo sufrimiento es el deseo cuando se dirige a la codicia. En el cristianismo es la base de los siete pecados. En los primeros cuatro (envidia, gula, avaricia y la lujuria) lo relaciona a la voluntad y los tres restantes (orgullo, pereza y la ira) lo conllevan indirectamente.

Si el deseo es negativo, así serán sus resultados. Por ejemplo, la acumulación de casas, coches y otras riquezas nos roba nuestro tiempo y tranquilidad, tanto en su adquisición como en su mantenimiento. La fama también puede ser comprometedora e inconveniente. Esto no significa necesariamente que nos deberíamos rechazar la fama o las riquezas, sólo que no deberíamos ponerlas como nuestro único objetivo ni hacerlos el centro de nuestra vida y tiempo.

El mayor problema del deseo es la avaricia y no porque sea un pecado porque esto puede serte indiferente dependiendo de tu religión. La avaricia es insaciable y evita que disfrutes lo que ya tienes. Todo te parecerá poco, incluso si consigues aquello que habías anhelado antes. Todo lo devora en su búsqueda de llegar a más.

Otro de los grandes problemas que tiene el deseo es la insatisfacción constante, el talón de aquiles de los perfeccionistas. Las personas que pasan de objetivo en objetivo, como de escalón en escalón, se olvidan de celebrar los peldaños que están subiendo; no recuerdan que la vida es lo que pasa mientras tanto.

El deseo es magnifico como motor pero puede ser terrible si actúa descontrolado o nos ciega, si permite que caigamos en la telaraña del tiempo lejos de los pequeños placeres que nos da la vida.