Hombres y mujeres machistas: un problema que solucionar entre todos

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 6 mayo, 2018
Valeria Sabater · 6 mayo, 2018

Los hombres y mujeres machistas dan forma y perpetúan una sociedad retrógrada e injusta. Estas actitudes, a menudo flagrantes o camufladas en los clásicos micromachismos, se basan en un autoritarismo tan oxidado como dañino. Resolverlo, ahuyentar de las instituciones y de las mentalidades este esquema es sin duda responsabilidad de todos.

Decía Víctor Hugo que la primera igualdad es la equidad. Hace ya casi dos siglos de este pensamiento, y otros tantos desde que Mary Wollstonecraft, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir o Emilia Pardo Bazán dieran sus testimonios para “despertarnos” y permitirnos avanzar en este mismo tema. En igualdad y en libertad. Sin embargo, a menudo parece que con las conquistas logradas apenas hemos cruzado la línea de salida.

Estados Unidos, por ejemplo, está liderado por un hombre (libremente elegido) con opinión muy clara y rotunda sobre el sexo femenino: “las mujeres son esencia, objetos estéticamente agradables”. Vivimos en una sociedad donde cualquier escenario es bueno para sexualizar y poner en una situación de inferioridad a la mujer. Estamos además en un mundo donde las leyes siguen rezumando muy a menudo esa misma esencia machista, autoritaria y patriarcal que persiste generación tras generación. Legislatura tras legislatura.

Nuestro sistema tiene grandes carencias y evidentes sesgos, lo sabemos. Renovar este sustrato psicológico, social y político no es algo que pueda hacerse de un día para otro. Para lograrlo hay que cambiar mentalidades, y algo así solo puede lograrse de un modo: con la determinación y colaboración de todos, o al menos con la de una buena mayoría.

“El primero que comparó a la mujer con una flor, fue un poeta; el segundo, un imbécil”.

-Voltaire-

imagen representando a los hombres y mujeres machistas

Hombres y mujeres machistas, un problema de todos

Los hombres y mujeres machistas se mueven cada día en nuestros contextos cotidianos. Están en nuestras familias, en nuestros trabajos y entre nuestros amigos. Es más, puede incluso que hasta nosotros mismos seamos uno de ellos. Una de esas personas que practican y perpetúan el machismo sin apenas darse cuenta.

Nuestras actuaciones, comentarios o formas de responder pueden contener en su “ADN” manifestaciones claramente micromachistas. Son secuelas de nuestra educación. Reflejan también la influencia de una cultura que nos modela de forma silenciosa, persistente y estudiada. Es más, puede que denunciemos de forma abierta la desigualdad y la violencia a la mujer; sin embargo, la mayoría podemos caer en las trampas del machismo en el momento menos pensado.

Por tanto, debemos tener muy claro un aspecto. Los hombres y mujeres machistas no vienen al mundo con esas actitudes. No es algo innato ni el resultado de una conexión cerebral que en un momento dado nos impulse a ser y actuar de esa forma. Así, y al igual que aprendemos a leer, a ir en bici, o a memorizar los verbos irregulares del inglés, las personas también “aprendemos” a ser machistas. Nos limitamos a seguir un modelo y a interiorizarlo.

Niña escuchando cómo discuten los hombres y mujeres machistas

El machismo que no se ve, pero que se absorbe

Los hombres y mujeres machistas son el resultado de ese esquema de supremación masculina que han ido inhalando, absorbiendo e integrando en su interior a lo largo de la infancia y adolescencia. Se sabe, por ejemplo, que los estereotipos ligados al género se asumen de forma temprana. La revista Sciencie demostró hace poco que las niñas empiezan a sentirse “menos brillantes” que los niños a los 6 años.

El percibirse como menos inteligentes se debe al contexto en que criamos a nuestros pequeños. Es el resultado de lo que ven en su día a día y en aquello que les transmitimos. A los niños, por su parte, se les educa (muy a menudo) en la afirmación de la individualidad. Estamos ante ese rasgo envolvente del machismo donde prima el sentido de fortaleza y superioridad. Es esa coraza que hay que mantener a toda costa, donde las únicas emociones legítimas y permisibles en el club de la masculinidad son la autoridad y la líbido sexual.

Despojarse del corsé del machismo

Despojarse del corsé de la masculinidad reinante y dominante no es fácil. Sin embargo, con movimientos como #MeToo o el reciente #Cuéntalo se está dando visibilidad a lo que lleva ocurriendo en la sombra muchos años. Por un lado, estos fenómenos virales cumplen una necesidad. Dan apoyo social a la mujer, la animan a denunciar, a ser valientes para hablar, a empoderarse, a saber que no están solas.

El segundo aspecto que se está logrando es igual de interesante. Se están despertando conciencias, se denuncian injusticias para dar presencia a una realidad que siempre ha existido. La discriminación, la violencia a la mujer, la sexualización o la falta de sensibilidad de nuestros códigos legales son hechos que están quedando en evidencia. Los hombres y mujeres machistas están ahí, no hay duda, pero las voces que ponen en evidencia sus actitudes y comportamientos están creciendo.

Si nos liberamos del corsé del machismo todos ganaremos, se respirará mejor y tendremos mayor libertad. Así, y aunque haya quien piense que en nuestro día a día ya hay bastante igualdad, basta con mirar a nuestro alrededor con mayor empatía para percibir que no es así. Las actitudes machistas están en todos los lados. En las palabras que un hombre le dice a su pareja. Está en la forma en que una madre educa a su hijo varón. En la publicidad. Y en esa música que bailamos pero cuyas letras nunca escuchamos…

Mujer atada a su símbolo corriendo detrás de muchos hombres

Para concluir. Recordemos que el cambio solo será posible si todos tomamos conciencia de ese rancio sustrato patriarcal. Aún más, no basta únicamente con ser capaces de sentirlo, verlo u olerlo. La conciencia no sirve de nada si no se acompaña de la acción. Si no somos capaces de crear una sociedad basada en la equidad, en el respeto, la libertad y en una justicia real.