Jurassic Park, la conciencia tras la fantasía

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 28 julio, 2018
Leah Padalino · 28 julio, 2018

Si has crecido en los 90, probablemente, hubo un momento en tu infancia en el que experimentaste una gran fascinación por los dinosaurios. Fue el momento de la dinosauriomanía, una moda que arrasó entre los más jóvenes de la década y que se vio propiciada por el estreno de la saga de películas Jurassic Park.

La primera de las películas, dirigida por Steven Spielberg, se estrenó en 1993 y se basó en la novela homónima de Michael Crichton. La inversión fue millonaria, convirtiéndose en una de las películas más caras hasta la fecha. La recepción del público fue extraordinaria y Jurassic Park se convertía en la película con mayor recaudación de la historia del cine (hasta 1997, que fue desbancada por Titanic).

¿Cuál es la verdadera clave del éxito? Además de una fantástica campaña de marketing, Jurassic Park apareció en un momento realmente propicio. Los efectos especiales en la década de los 70 y 80, por mucho que sorprendieran, eran todavía bastante rudimentarios; las nuevas tecnologías, que comenzaron a florecer en la era previa a internet, propiciaron que Jurassic Park nos presentase unos efectos nunca vistos.

Los niños quedamos fascinados con estos extraños animales extintos, parecían tan reales que quedaron grabados en nuestra memoria para siempre. A pesar de la dificultad de sus nombres, todos nosotros sabíamos qué era un Velociraptor, un Triceratops y, por supuesto, un Tyrannosaurus rex; podíamos distinguir entre carnívoros y herbívoros, conocíamos infinidad de datos de unos animales que jamás veríamos más allá de la pantalla del cine.

La fascinación y el éxito que generaron hicieron que se produjeran secuelas, con más o menos éxito, y que se hiciesen adaptaciones enfocadas a un público más infantil como En busca del valle encantado, producida también por Spielberg.

Los 90 estuvieron marcados por los dinosaurios, crecimos con ellos y, poco después, con la llegada del nuevo siglo, parecía que la fiebre había pasado. Hasta que, en 2015, aparece una cuarta entrega de la franquicia titulada Jurassic World; el éxito no fue como el de la primera, pero la curiosidad de aquellos niños (hoy adolescentes y jóvenes adultos) volvió a despertar, los dinosaurios llenaron, una vez más, las salas de cine.

Recientemente, se ha estrenado una segunda entrega de esta nueva era de dinosaurios y lo curioso es que, al verla desde una óptica adulta, nos damos cuenta de que la saga Jurassic Park esconde mucho más que rugidos y ciencia ficción.

Rex con un hombre

Jurassic Park, cuestiones éticas

Otra de las claves del éxito de Jurassic Park es, sin duda, el momento científico que se estaba viviendo en la época. No olvidemos que los 90 fueron también el tiempo de la Oveja Dolly y que las noticias nos hablaban de posibles avances que, hasta entonces, nos parecían imposibles. Por ello, la idea de que de un mosquito fosilizado se pudiera extraer sangre de dinosaurio y, de ahí, llegar a su clonación, pudo parecernos verosímil a la par que fascinante en la época.

En aquel momento, todavía no sabíamos que los dinosaurios poseían plumas, que el temible Tyrannosaurus rex, seguramente, no rugía y emitía un sonido más similar al de un ave (sus parientes más cercanas). Sin embargo, muchos científicos colaboraron para que la imagen de estos dinosaurios fuera lo más real posible.

Esta primera entrega nos presenta a un multimillonario que decide llevar a cabo la construcción de este peculiar parque en Isla Nublar, su equipo de científicos ha “resucitado” a estos dinosaurios combinando los restos de ADN hallados en los mosquitos con ADN de ranas para “rellenar” los huecos que faltaban. El dueño del parque decide contratar al paleontólogo Alan Grant y a la paleobotánica Ellie Sattler para que formen parte del comité de evaluación.

Velocirraptores

Ambos expertos se muestran fascinados al descubrir a estas especies, pues han dedicado toda su vida a su estudio; sin embargo, desde el comienzo vemos que cuestionan algunas de las decisiones que se han tomado y la propia moralidad del parque. Las especies creadas son todas hembras para, así, evitar su reproducción y poder tener controlada a la población de dinosaurios. Sin embargo, el ADN de algunas de las ranas utilizadas procede de una especie que, de encontrarse en un ambiente unisexual, es capaz de cambiar su sexo.

Estos dinosaurios logran reproducirse del mismo modo que las ranas demostrando, así, que la vida siempre se abre camino, que la lucha por la supervivencia está presente en cualquier especie y se adaptará a los cambios de acuerdo a la teoría de la evolución. De este modo, la película abre paso al eterno dilema de la ciencia, al “jugar a ser dios”, y nos lleva a cuestionarnos si, realmente, los humanos debemos decidir sobre la vida de otras especies.

A lo largo de la historia, hemos visto como infinidad de animales desaparecían del planeta por intervención y capricho del hombre; los dinosaurios, por el contrario, se extinguieron por decisión de la naturaleza, sin intervención humana. ¿Por qué resucitarlos? ¿Tiene sentido revivir a una especie ya extinta? ¿O no es más que otro capricho del hombre?

A pesar de la fantasía, Jurassic Park se acerca enormemente a nuestra realidad, proponiéndonos todo un discurso ético sobre nuestros propios actos, sobre el especismo que vivimos día a día. Nos creemos capaces de decidir sobre su vida, su reproducción, su alimentación y hasta les asignamos un papel para que estén a nuestro servicio: el cerdo es comida, los zorros son abrigos, los perros son amigos y los monos un entretenimiento.

Científicos con un dinosaurio herido en la película Jurassic Park

Jurassic Park, el negocio

Las últimas entregas de la saga han vuelto a despertar nuestra curiosidad, pero ahora, queremos profundizar en el verdadero mensaje que nos están transmitiendo. En Jurassic World (2015), vemos que los dinosaurios siguen viviendo en Isla Nublar, convertida ahora en un parque temático con una tecnología digna de nuestro tiempo.

Un parque que expone a sus animales como si de un auténtico zoo se tratase; todo para satisfacer la curiosidad humana y que unos pocos logren lucrarse. Todo parque temático que desee seguir atrayendo al público debe innovar, debe crear atracciones nuevas… Y qué mejor que tratar de mutar a un dinosaurio, consiguiendo el ejemplar más temible jamás visto; una especie creada por y para humanos: el Indominus rex, un nombre atractivo para que viejos y nuevos visitantes decidan pasar un fin de semana de aventuras en Isla Nublar.

Igual que en las películas predecesoras, este negocio hará que muchos olviden que quienes habitan el parque son realmente seres vivos, seres que no deben ser expuestos al público como atracciones. Pero todo este juego tendrá, como en las anteriores películas, consecuencias catastróficas que, una vez más, nos harán replantearnos los límites de la ciencia, pero, sobre todo, nuestra propia conciencia ética hacia otras especies.

En la última entrega, Jurassic World: el reino caído (2018), este argumento toma un rumbo diferente. La isla ha sido abandonada, pero los dinosaurios siguen en ella, un volcán en erupción amenaza la existencia de estas especies y surgirán dos corrientes: quienes consideran que la propia naturaleza está corrigiendo el error que se cometió al clonarlos; frente a quienes creen que, ahora que han vuelto a la vida, debemos tratar de impedir su extinción.

Todo un debate moral que nos recuerda constantemente a la vida en los zoológicos, al abuso que hacemos de toda especie no humana, al egoísmo y a la idea de superioridad humana. Una crítica que muchos no vimos en la infancia, pero que hoy, realmente, agradecemos.

¿Somos realmente conscientes de nuestro impacto sobre la naturaleza, tanto sobre el medio como sobre otras especies? Desde la más pura fantasía, Jurassic Park pone en tela de juicio muchos actos cotidianos y nos invita a pensar que, si queremos un planeta mejor, deberíamos reflexionar sobre el trato que damos al resto de especies que lo habitan.

“La clave para una vida feliz es aceptar que uno nunca tiene el control”.

-Jurassic Park-