La cumbre escarlata: la oscuridad de las pasiones

Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
· 6 abril, 2019
La cumbre escarlata es un filme que reúne incontables elementos que configuran la tradición del terror. Elementos que tienen su origen en la narrativa gótica, en el romanticismo, y que han evolucionado diseñando distintos espacios lúgubres en los que el más allá parece estar más vivo que nunca. Sin embargo, en La cumbre escarlata, el terror reside en las pasiones humanas.

Para todos aquellos que estén más familiarizados con el cine de Guillermo del Toro no será ninguna sorpresa encontrarse ante un filme como La cumbre escarlata (2015); el director deja claras sus intenciones: la reivindicación de los monstruos. Los seres extraordinarios, los fantasmas y los monstruos componen la filmografía de este director mexicano, pero no son presentados como temibles o vengativos.

La apariencia puede ser aterradora, pero no es más que eso, una simple apariencia. Los verdaderos monstruos conviven a diario con nosotros, habitan las ciudades y pueden vestirse con las mejores galas.

Del Toro bebe de las influencias del cine de terror, de la novela gótica y de esos espacios cuyo pasado parece no haberse esfumado nunca. Sin embargo, no es un filme que pretenda asustar al espectador o, al menos, no a través de lo sobrenatural.

Las criticas fueron de colores muy distintos, algunas apuntaban a la magia de su atmósfera, pero otras catalogaban a la película de ligera. El público no fue tan benévolo y, aunque el filme aprobara, no logró brillar del todo.

Tal vez, el problema fue que muchos esperaban ver una película sobre mansiones encantadas plagada de sustos, siguiendo la estela más tradicional del género. Y, en realidad, La cumbre escarlata sigue al pie de la letra todos los convencionalismos del terror, al mismo tiempo que los reinventa y nos aporta un nuevo punto de vista.

Los sustos no los propician los fantasmas, el terror no reside en el más allá… El verdadero terror se encuentra entre los vivos, en las pasiones más humanas y escalofriantes. Del Toro se une a la tradición romántica de explorar las profundidades de la mente humana, los secretos y misterios que envuelven a una sociedad ya en decadencia.

En una mansión absolutamente lúgubre que parece cobrar vida propia, respirar y hasta sangrar, La cumbre escarlata reúne toda la huella del cineasta mexicano para configurar una historia que perfectamente podría estar inspirada en una novela del Romanticismo.

La cumbre escarlata: las pasiones

La historia arranca en el Nueva York de finales del siglo XIX, Edith es la joven hija de un importante empresario. No es una mujer convencional, no es una mujer que encaje en el molde de su época.

Edith aspira a convertirse en escritora, pero no desea escribir comedias y dramas románticos ligados a las mujeres, sino aquellas historias que la han perseguido desde su infancia: las historias de fantasmas. Edith siempre ha creído en los fantasmas, los ha visto y ha podido comprobar que, en realidad, no van a hacerle daño.

Del Toro siempre ha apostado por una fuerte presencia de mujeres en su filmografía, por desvincularlas de los papeles secundarios, de las ‘damas en apuros’. Les otorga fuerza, protagonismo y las hace dueñas de sus actos y su destino. Edith se enfrentará a su padre al conocer a Sir Thomas, un joven británico del que se enamora.

La cumbre escarlata burla los convencionalismos de la alta sociedad del XIX, se ríe de la moral de la época y nos brinda a una joven que perfectamente podríamos ver años más tarde. Esa descripción de la alta sociedad, esa ligera crítica, pero eficaz, que se une a los roles de género y los matrimonios de conveniencia de la época nos recuerda de alguna manera a la literatura de Jane Austen.

Tras la muerte de su padre, Edith viaja a Inglaterra junto a Sir Thomas, recalando en la casa familiar de este, Allerdale Hall. En Allerdale, vivirán junto a Lucille, la extraña hermana de Sir Thomas. Ambos hermanos se han propuesto devolver el esplendor a su mansión en ruinas.

Allerdale Hall fue, en su día, un lugar que brilló con luz propia, un lugar próspero en el que vivía la acomodada y aristócrata familia de Thomas y Lucille. Sin embargo, de aquellos años apenas queda más que una triste fachada.

El interior de la casa es absolutamente helador, las ruinas han hecho que el techo se venga abajo y que las corrientes parezcan susurros del más allá. La casa parece cobrar vida, su suelo emana sangre, sus paredes respiran. La arcilla roja a la que Sir Thomas espera sacarle partido tiñe la nieve del color de la sangre. Edith deberá acostumbrarse a esta nueva vida, a una casa que parece decirle a gritos que salga, que huya lo más lejos posible.

Desde el comienzo, sabemos que algo extraño ocurre con Lucille y Sir Thomas, la intriga no reside en la búsqueda detectivesca de un asesino o de un fantasma. Los fantasmas aparecen en escena a lo largo de todo el filme, orientan a Edith y se comunican con ella; la intriga reside en las pasiones, en la complejidad y el oscuro pasado de los dos hermanos. Poder, ambición, amor, incesto, vida y muerte… todo ello se une en La cumbre escarlata.

Las dos mujeres serán las presencias más poderosas, especialmente, Lucille, que brilla con luz propia gracias a la espectacular interpretación de Jessica Chastain. Las metáforas abundan desde el comienzo, los colores cobran especial importancia, el rojo escarlata del vestido de Lucille contrasta con el pálido vestido de Edith.

Las pasiones se manifiestan a través de ese color, el rojo escarlata, el color de la sangre, de lo prohibido y de lo erótico. A su vez, los tonos verdes del ambiente evocan lo obsceno, lo impuro del lugar.

Mujer y hombre con miedo

Violencia, amor y sangre

El terror se funde con el amor en La cumbre escarlata, nada da más miedo que las pasiones humanas, nada aterra más que un loco enamorado, obsesivo. Lo incestuoso se esconde tras los débiles muros de Allerdale Hall, el pasado ha sido torturado y no logra desvincularse de ese tenebroso lugar.

Edith recorre pasillos infinitos, entra en un espeluznante ascensor y desciende a los infiernos, al lugar donde todo comenzó, donde la sangre emana de las paredes.

La construcción del filme es casi metafórica, la propia casa es un paralelismo con esas pasiones que terminan por destruir al ser humano, que lo llevan por el camino de la violencia, la ira y el deseo. Amor, erotismo y violencia parecen darse la mano, la trama se aleja del terror que producen los fantasmas para presentárnoslos como amigos, como aliados.

Ese triángulo amoroso y violento que componen los tres protagonistas nos recuerda enormemente a la literatura del romanticismo, pero también a los crímenes pasionales de Agatha Christie. Igualmente, la influencia de Hitchcock puede palparse ya desde los primeros minutos del metraje.

Estamos, por tanto, ante una película que toma todas las influencias del director, las reagrupa y ordena para narrar una historia de casas encantadas y pasiones demoledoras. La violencia no es molesta, es estética, la sangre se funde con la nieve creando poesía.

Seguramente, esta no sea la mejor película del mexicano y esté lejos de otras como El laberinto del fauno, pero Del Toro logró plasmar lo que quería, logró que la magia y la fantasía se acomodaran en este terror gótico.

En un mundo en el que ya no podemos creer en las hadas, La cumbre escarlata nos aporta esa dosis de nostalgia, de romanticismo. Pero unida a la novedad, a la actualidad, Edith toma las riendas de esta historia que, de haber sido escrita en el XIX, habría estado protagonizada por un hombre.

Del Toro construye un filme entretenido y envolvente, que recoge la tragedia de un lugar en absoluta decadencia.

«Los fantasmas existen, yo siempre los he visto».

La cumbre escarlata