La fuerza está en tus valores

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 23 marzo, 2018
Edith Sánchez · 23 marzo, 2018

El mejor ejemplo de este tipo de fuerza es Gandhi. Lo grandioso de su lucha fue haber logrado vencer a todo un imperio, y hacerlo gracias a la fuerza de sus convicciones y renunciando a la violencia. Sin embargo, hay otros muchos héroes cotidianos con renglones más cortos en los libros de historia que con sus actos perpetúan la fe en esa verdad: la fuerza está en los valores.

Son muchos los que a lo largo de la historia han soportado las más terribles vicisitudes solo por defender sus convicciones. Han mostrado una fuerza impresionante. Una fuerza que nace de dentro, de lo que hay en su mente y su corazón. No procede de tener superioridad física, o económica, o de cualquier tipo. Logran mantenerse, y muchas veces vencer, valiéndose solo de su superioridad moral.

Tus valores definen quién eres realmente. Tu identidad real es la suma total de tus valores”.

-Assegid Habtewold-

Esto también ocurre en la vida cotidiana. Somos capaces de enfrentar las situaciones de injusticia, de falsedad o de ignominia cuando nuestros valores conforman una brújula a la que seguimos. Lo mismo ocurre con nuestros objetivos: nos volvemos capaces de ir tras de ellos cuando estos se apoyan en unos valores claros y definidos. Eso es lo que nos da la fuerza. Eso es lo que nos permite resistir, persistir y no desistir.

¿Por qué la fuerza viene de los valores?

La ética es el producto más acabado de la cultura. También del individuo. Los valores son los que le dan coherencia a una sociedad. También son los que permiten que la convivencia social sea posible. Esos pactos, implícitos y explícitos, sobre lo que es bueno o deseable y malo o reprochable son lo que conforma el tejido social.

puños simbolizando la fuerza de los valores

Según Jean Piaget, la ética autónoma es el punto más avanzado de la evolución moral. Solo se alcanza cuando la inteligencia se ha desarrollado lo suficiente. Es el fruto de un largo proceso de maduración, desde la “anomía” o carencia total de valores con la que nacemos, hasta la “autonomía” o capacidad para pensar por nosotros mismos y sacar nuestras propias conclusiones.

Además de su importancia social, la ética también cumple un papel decisivo en la vida individual. Es esta la que orienta las acciones y le da un sentido a las mismas. También es la fuerza que hace posible enfrentar las vicisitudes y mantenerse en pie durante los momentos difíciles.

Para unos, esa ética se apoya, se basa o es dictada incluso por la religión. Así, se apegan a sus valores religiosos en los malos tiempos. Para otros, alguna filosofía, una tesis u otro tipo de creencia. Los hay también que renuncian a los valores y adoptan una posición pragmática y cínica frente a la vida. Así mismo, también renuncian a otorgarle un significado a las acciones que vaya más allá de los intereses personales y las conveniencias. Se protegen de desilusiones, pero empobrecen notablemente sus vidas.

La conducta y los valores

El ser humano pasa por todo un proceso de evolución antes de llegar a construir valores propios. No todos llegan hasta el final de ese proceso. Muchos se quedan en una fase denominada “heteronomía”. En esta, el niño (o el adulto) no actúa con base en sus convicciones o valores, sino que se guía por lo que impongan las figuras de autoridad. Para ellos es bueno o malo lo que estas figuras designen así. Su principal objetivo es no entrar en contradicción con tales figuras de autoridad.

hombre con paloma en el rostro simbolizando la fuerza de los valores

Cuando el desarrollo moral logra completarse, la única autoridad a la que se obedece es la propia conciencia. A diferencia de las etapas anteriores, los valores no se asumen por tradición, repetición o porque lo diga la autoridad imperante. Estos son fruto de la reflexión propia, siendo a veces contrarios a lo que apoya la mayoría de la sociedad. En una palabra, son valores autónomos.

Pensemos que los valores son significados. Atributos que se consideran deseables o dignos de ser promovidos. Orientan la conducta y le otorgan sentido a las acciones. Implican un compromiso: alinearse del lado que se considera adecuado o correcto. La ética es flexible. No se trata de un mandato dogmático. Depende siempre de la evaluación consciente que una persona hace de las diferentes situaciones. Precisamente por eso otorga fuerza: depende de la propia conciencia y no de un mandato externo o de la improvisación.

Llega un punto en el que es conveniente que nos preguntemos por los valores en los que se enmarcan nuestras acciones. A veces simplemente nos hemos adherido a ellos por costumbre o tradición, o solo porque la mayoría de la gente cree en lo mismo. Eso precisamente es lo que hace que haya ocasiones nos sintamos perdidos. La ética no solo nos da fuerza para ir tras lo que de verdad deseamos, sino que también hace posible que en la mayoría de los casos nuestra intención y nuestros actos permanezcan alineados.