La ladrona de libros, el poder de las palabras

Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
· 9 febrero, 2019
La ladrona de libros no destaca por su relato del nazismo, pero acierta al retratar el día a día de la vida cotidiana en una ciudad que no sabe muy bien qué le deparará el destino. En el horror, dos cosas hay seguras: las palabras son un arma poderosa y la muerte se hace omnipresente.

La Segunda Guerra Mundial es un escenario que el cine ha querido exprimir al máximo, lleva nutriéndose del mismo décadas y décadas. Por eso, cuando nos recomiendan otra película sobre el tema, la sensación es de cansancio.

No está mal que se sigan haciendo este tipo de películas y, personalmente, creo que es interesante hablar del pasado y tenerlo presente, especialmente para no cometer los mismos errores. Pero la pereza es entendible y, muchas veces, nos puede. Por ello, cuando uno se dispone a ver La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), basada en la novela homónima de Markus Zusak, al principio, piensa que se va a encontrar con “otro drama del nazismo”.

Pero al final, La ladrona de libros nos cuenta algo más (o, mejor dicho, nos la cuenta alguien más), algo que tiene que ver con el presente, con el pasado y con el futuro. Este algo es la muerte, la muerte que nos espera a todos, ese destino inevitable que siempre está acechando. Es que este tipo de películas puede generar rechazo por lo lacrimógeno, pero La ladrona de libros, aunque fuerza alguna escena, no pretende tanto hacernos llorar, sino aceptar nuestro final.

Otra de las peculiaridades es que ni nos encontramos en un campo de concentración, ni aparece físicamente Hitler. Aunque a Hitler podemos percibirlo en el ambiente, como una amenaza; como un ser omnipresente, invisible y despiadado. De esta manera, el filme nos sitúa en la vida cotidiana, en la vida de la ciudad cuyos habitantes no saben muy bien qué va a pasar y tratan de seguir con sus vidas como pueden. Todo se va escribiendo sobre la marcha, los personajes no conocen su destino.

Algunos aceptarán con resginación el auge del nazismo, otros le darán la bienvenida. Y, entre la muchedumbre, destacará una niña cuya vida se ha visto marcada por la desgracia: primero, con la separación de su madre y, después, con la muerte de su hermano.

Liesel, la niña, será adoptada por un matrimonio bastante mayor. Al principio, se sentirá como una extraña, no hará buenas migas con su madre y tampoco entenderá cómo funciona el mundo ni por qué le cuelgan la etiqueta de comunista. A través de los ojos de Liesel y con la voz de la muerte, descubrimos una historia que oscila entre el cuento y la realidad, entre la vida y la muerte.

La ladrona de libros: leer para escapar

La ladrona de libros no es una película imprescindible y tampoco una de las más elogiadas de su género. Pero posee un importante mensaje que nos remite al poder de la palabra. La palabra es otra gran protagonista en el filme, es la vía de escape que encontrarán los protagonistas para sobrevivir en un mundo horrible. Como hemos avanzado, la acción se desarrolla en la vida cotidiana, en el marco de la ciudad, de las familias obreras a las que el nazismo ha pillado desprevenidas.

Liesel llega a su nuevo hogar, tan solo es una niña y ya ha perdido a las personas más importantes de su vida. No sabe leer y, como consecuencia, será motivo de burlas en el colegio. Liesel es, además, de origen comunista por lo que tampoco escapará de esa etiqueta.

Es interesante ver cómo los niños repiten lo que dicen los adultos, aunque ni siquiera conozcan el significado de la palabra. Algunos niños insultarán a Liesel al grito de “comunista”, pero ni ellos ni Liesel saben realmente qué significa ser comunista.

El adoctrinamiento en la escuela también se hace patente, los niños cantan sin saber muy bien qué esconde la letra de la canción. Y aquí reside parte del mensaje de la película: Liesel es tachada de analfabeta, pero los demás niños, aunque saben leer, desconocen el significado de muchas de las palabras que forman parte de su vocabulario. ¿Es solo analfabeto quien no sabe leer?

Al comienzo de la película, durante el entierro de su hermano, Liesel roba un libro, un libro del que desconoce su significado, pero para ella significa mucho, es una conexión con su pasado, con su hermano. Su padre descubrirá el libro y le enseñará a leer. El libro, en realidad, no es ninguna novela ni cuento, es un simple manual para sepultureros. La muerte, nuevamente, hace acto de presencia.

Liesel encontrará en los libros y en las palabras una importante vía para escapar, para sumergirse en otros mundos y aprender. Los libros pueden convertirse en un arma, en una vía para el pensamiento, por ello, no interesaban al nazismo. En una quema de libros inmorales, Liesel logra rescatar uno, tal y como ocurre en Farenheit 451; pero, aquí, no estamos en una distopía, estamos en el mundo real, en un pasado no tan lejano.

Este gesto es realmente significativo, Liesel compartirá su amor por los libros y las palabras con su familia y con Max, un joven judío que se esconde en el sótano de la familia de Liesel. Posteriormente, también compartirá su secreto con su amigo Rudy y, de alguna manera, con la mujer del alcalde. Los libros le permiten a Liesel soñar y a Max salir de su escondite…

El verdadero poder de la palabra se manifiesta cuando los habitantes de la ciudad deben esconderse en un refugio antiaéreo mientras la ciudad es bombardeada. En este momento, la preocupación, el miedo y el dolor se apodera de las personas. Por ello, Liesel decide contar una historia, empapar a esas personas atemorizadas de su amor por las palabras. Y, sin duda, lo logra; la tranquilidad vuelve a ese oscuro lugar y las palabras han vencido a las propias bombas.

Nadie escapa de la muerte

De alguna manera, los protagonistas tienen dos miedos a lo largo de la película: miedo a la muerte y miedo a Hitler. Ninguna de las dos figuras aparece físicamente, pero sí podemos percibirlas. Hay un momento realmente interesante en el que Liesel y Rudy gritan “odio a Hitler”. Este grito supone la pérdida del miedo, ya no hay terror y pueden aceptar lo que venga.

Lo mismo ocurre con la muerte, Liesel ha sido consciente de la misma desde la infancia, la ha visto por todas partes, pero su vida no se ha detenido por ello. Todos vamos a morir en algún momento, la muerte es lo único que tenemos seguro desde nuestro nacimiento y no entiende ni de dinero ni de fronteras.

Liesel esquiva a la muerte en varias ocasiones y lo mismo le ocurre a Max, que parecía que iba a ser el primero en morir. Otros personajes no correrán con la misma suerte, pero al final, a Liesel y a Max también les llegará su hora. La muerte acecha desde el comienzo de nuestras vidas.

Niña leyenda un libro

En La ladrona de libros, la muerte realizará comentarios acerca de lo que vemos, con una voz pausada y tranquila. Y es que si hay que temer a alguien, deberíamos temer a los vivos. Incluso en el peor de los escenarios, Liesel encuentra lugar para el optimismo, así lo vemos en el abrazo con la esposa del alcalde tras el terrible bombardeo en el que la muerte ha arrasado con casi todos los habitantes.

La voz en off resulta irónica en algunos puntos, pero al mismo tiempo, conecta con la realidad de su esencia, de su naturaleza. También ejerce de juez, equilibrando la balanza, algo que nos remite enormemente al arte y a ese tópico del memento mori. La muerte es una especie de justiciera, unas veces benévola y otras despiadada, pero no es una enemiga.

De esta manera, La ladrona de libros nos sumerge en una historia cargada de humanidad, de amistad y de aprendizaje en medio de un mundo horrible, oscuro y asfixiante. Claro que no deja de ser una fantasía y no posee el impacto de relatos auténticos como El diario de Ana Frank, pero es un cuento, un relato agradable que nos recuerda que debemos aceptar nuestro destino pacientes y sin miedo.

“Las palabras son vida. Si tus ojos pudieras hablar, ¿qué dirían?”.

-Max, La ladrona de libros