La mala educación y la falta de modales ¿a qué se deben?

1 septiembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater
La mala educación se debe en realidad a la 'falta' de educación, de respeto y civismo. Estamos ante una realidad social que no aparece solo en niños y adolescentes; también los adultos evidencian malos modales y comportamientos poco éticos.

La mala educación y la falta de modales no tienen edad. No es cuestión de niños ni de adolescentes, transitando por esa etapa a menudo reaccionaria y problemática. En nuestro día a día podemos ver reacciones inapropiadas y comportamientos poco éticos en personas con experiencia, en hombres y mujeres que, con sus malos hábitos, hacen muy complicada la convivencia.

¿A qué se debe? ¿Por qué falla esa ausencia de civismo? Cuando percibimos esa falta de normas sociales en nuestros niños es común culpabilizar a los padres e incluso, por qué no, a una escuela que a veces falla, y que según muchos es deficiente y no siempre acierta en su misión cultural, educativa y disciplinaria. Tal vez sea cierto o tal vez no; sin embargo, si queremos ser precisos y justos, tenemos que ir más allá.

Cuando la mala educación toma presencia en nuestros escenarios sociales y laborales, esos habitados por adultos, seguimos preguntándonos por qué ocurre. Así, si abordamos este tema se debe a un hecho muy concreto, y es el impacto que las malas maneras pueden tener sobre nosotros. Un ejemplo, en una encuesta realizada en la población francesa hace unos años se les preguntó qué era aquello que más estrés les causaba.

Justo detrás del desempleo, se hallaba el comportamiento de las personas. Factores como la grosería, la falta de civismo, la falta de respeto o los hábitos poco cívicos en los entornos de trabajo era uno de esos elementos que mayor estrés y ansiedad generaba en la población francesa. De esta manera, la mala educación preocupa y es un foco de contaminación para la convivencia.

«El secreto de una vida feliz es el respeto. Respeto por ti mismo y respeto hacia otros».

-Ayad Akhtar-

Chico discutiendo con su compañera de trabajo debido a la mala educación

La mala educación: la pérdida del civismo

Gritar para hablar, entrometerse en vidas ajenas, interrumpir conversaciones, reírse de los demás, humillar, no respetar el mobiliario, no dar las gracias o incluso estar más pendientes de los móviles que de las personas que se tienen en frente… Podríamos dar mil ejemplos de esa mala educación habitual y a los que cuesta habituarse.

Cabe señalar que no disponemos de datos para saber si estos comportamientos incívicos son más frecuentes que hace unos años, pero lo que sí es evidente es que dejan secuelas. De algún modo, se nos está olvidando algo importante. Los buenos modales y las formas no son un anacronismo ni un invento social heredado del siglo XVIII, esa época que Octavio Paz denominó como el último siglo civilizado.

La buena educación en realidad construye un marco de convivencia respetuoso. Gracias a los buenos modales, creamos escenarios donde manda ese valor, el respeto. Así, elementos como la corrección en el trato, el reconocimiento al otro y ese esfuerzo cotidiano donde facilitar la convivencia, asientan las bases del civismo.

Los malos modales y la grosería hacen daño

Este dato sin duda es tan curioso como cierto. La mala educación, los malos modales y la grosería generan lo que se conoce como dolor social. Fue la psicóloga Naomi Eisenberg, de la Universidad de California, quien llevó a cabo un estudio para analizar el impacto de estas dimensiones. Se descubrió que este tipo de comportamientos tienen un impacto a nivel cerebral.

No solo dificultan la convivencia, sino que además, duelen, provocan estrés y rompen ese principio social que es el respeto, y que nuestro cerebro interpreta como significativo para sentirse bien, en calma y armonía.

Trabajadores discutiendo debido a la mala educación

¿Por qué hay personas con malos modales y mala educación?

Adolf Knigge, escritor del siglo XVIII, escribió un libro muy conocido titulado De cómo tratar a las personas. Lejos de ser un trabajo moralista y edulcorado, se alza, según los filósofos y psicólogos actuales, como todo un manual de urbanismo y belleza comportamental que podría servir de inspiración.

Porque, ¿qué nutre a la mala educación en la actualidad? ¿Por qué la vemos en algunos de nuestros niños y sobre todo, entre la población adulta? Estas serían algunos factores que la explicarían.

  • Perfiles de personalidad con patrones narcisistas. Son personas con falta de empatía que no suelen respetar los límites ajenos.
  • A menudo, las personas acostumbrada a ejercer el poder (directivos, altos cargos empresariales, etc) suelen pasan por alto sus modales y respeto ajeno. 
  • La personalidad antisocial (o trastorno antisocial de la personalidad) sería otro ejemplo de este comportamiento pero llevado a menudo al extremo. En este caso es común la violación de derechos del resto de personas..
  • Por otro lado, el factor educativo se alza a menudo como ese desencadenante clave en los malos modales. Una crianza basada en el apego desorganizativo, la falta de normas básicas, la carencia de límites o incluso un entorno familiar deficitario, asienta ese comportamiento desafiante donde fallan los modales, el respeto y la educación.
  • La mala educación en la infancia y adolescencia termina cronficándose en la edad adulta. Ello hace que tengamos a adultos con nula resistencia a la frustración, con serias dificultades para ajustarse a las normas y habituados además, a faltar el respeto a los demás.

Conclusión

Pitágoras solía decir que si enseñamos a los niños de manera correcta y eficaz, no hará falta castigar a los adultos el día de mañana. Esta frase encierra una gran verdad, puesto que todo aquello que se asienta en la infancia hace de base para el resto de la vida.

La mala educación empobrece nuestra sociedad. Elementos como los buenos modales, el respeto al otro, el civismo, la corrección o la empatía social, no son elementos anacrónicos. Son formas de vertebrar el modo en que nos relacionamos y convivimos. Cuidemos por tanto este valioso aspecto.

  • Naomi I. Eisenberger (2012) The neural bases of social pain: Evidence for shared representations with physical pain. Annual Review of Psychology62(1), 23–48. doi: 10.1097/PSY.0b013e3182464dd1