Trastorno facticio por poder

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Loreto Martín Moya
25 julio, 2019
Aunque son caras de la misma moneda, el trastorno facticio y el trastorno facticio por poder se diferencian por un aspecto esencial: la persona que asume el papel de enfermo. En el caso del facticio por poder, son personas que tratan de provocar los síntomas de una afección en un tercero. En este artículo se explica en qué consiste y como funciona a través de la queja socialmente aceptada.

El trastorno facticio y el trastorno facticio por poder son dos afecciones englobadas en el grupo de trastornos somatomórficos, disociativos y facticios. A diferencia del resto de categorías del trastorno facticio -y de la mayoría de los trastornos somatomorfos, como la ansiedad ante la enfermedad o el trastorno de conversión-, el trastorno facticio por poder también atenta contra la salud de los que están a su alrededor. A continuación, explicamos en qué consiste y cuál es la naturaleza de tan peculiar y peligrosa alteración.

Los trastornos somatomorfos y facticios tienen en común el identificativo de la enfermedad. En los trastornos somatomorfos existe una preocupación persistente y obstinada por la salud. Aunque esto sea frecuente entre personas sin este diagnóstico, esta preocupación es una fuente de limitaciones importantes para el desempeño cotidiano en las personas que sí lo tienen.

En el caso de los trastornos facticios, estos se caracterizan por la existencia de una simulación de trastornos sin ganancia —aparentemente— secundaria. Son personas que «quieren estar enfermas», aunque en realidad no sufren de ningún tipo de síntoma o afectación. Para asumir el rol de enfermo, la persona necesita presentar una serie de síntomas, por ello, son personas que llegan a provocar o simular los mismos.

Por ejemplo, hay individuos que pueden querer tener un cáncer y asumir el rol de enfermo de cáncer. Para ello, pueden cambiar su estética —raparse la cabeza, las cejas, dejar de comer para perder peso— y tratar de provocarse síntomas —ingerir medicamentos que provoquen náuseas y vómitos—.

Persona tosiendo

Facticio no es sinónimo de fingir

Hay que tener muy claro que la simulación de una enfermedad para obtener ganancias explícitas a partir de ella no es un trastorno facticio ni un trastorno facticio por poder. Cuando una persona exagera sus síntomas o se provoca a sí misma una enfermedad en pos de no ir a la cárcel, librarse de una época de trabajo dura o conseguir una indemnización, esta persona no sufre ninguna patología. Solo simula tener una enfermedad, como un niño que finge dolor de tripa y pone el termómetro en una bombilla para que su padre vea que tiene fiebre.

Los trastornos facticios incluyen aspectos desadaptativos y problemas de salud mental. No son personas que elijan hacerlo, en el sentido de que tengan control sobre su comportamiento. Hay ciertos mecanismos que tratan de explicar el surgimiento y mantenimiento del trastorno facticio que se explicaran más adelante.

Diferencias entre el trastorno facticio y el trastorno facticio por poder

Aunque son caras de la misma moneda, ambos trastornos se diferencian por un aspecto esencial: quién asume el papel de enfermo.

Trastorno facticio: yo estoy enfermo

El trastorno facticio se caracteriza por una serie de síntomas físicos y psicológicos producidos de forma intencionada con el fin de asumir el papel de enfermo. Es poco adecuado utilizar la palabra “fingir” por lo comentado anteriormente. Existe intencionalidad en la producción de síntomas, no obstante, esta se combina con la necesidad imperiosa de tener ese papel de enfermo, que no es intencionada.

Los síntomas son exacerbados o provocados. Por ejemplo, el sujeto puede tratar de simular una leucemia y tiempo más tarde simular los síntomas de una enfermedad autoinmune. El trastorno facticio —o síndrome de Munchausen— es muy difícil de diagnosticar. En primer lugar, porque el sujeto no sabe que lo tiene. Sabe que no tiene esa enfermedad que trata de simular, no obstante, desconoce que su proceder es característico de un trastorno.

Para sus familiares también es complicado detectarlo, pues muchos realmente piensan que la enfermedad es real. Además, son sujetos que van cambiando constantemente de médicos y hospitales —como ocurre con los trastornos de síntomas somáticos— para no ser detectados. Por ello, si se sospecha de un trastorno facticio, se recomienda la utilización de un médico guardián. El médico guardián habrá de asumir todas las revisiones del sujeto. Es útil para reducir el coste sanitario de todas las pruebas que el sujeto quiere que se le hagan, cuando ya se sabe que van a dar negativo.

Trastorno facticio por poder: el otro está enfermo

Como se ha mencionado anteriormente, el trastorno facticio por poder se caracteriza por tratar de provocar esa enfermedad en otra persona. Se barajan teorías explicativas acerca de por qué una persona trataría de provocar una enfermedad a otra, es decir, darle medicamentos para empeorar su salud y potenciar algunos síntomas negativos —como por ejemplo náuseas, dolor de cabeza—, romper huesos, asfixiar, no dar medicación adecuada para que una afección se vuelva más grave…

El trastorno facticio por poder suele estar relacionado con el maltrato infantil. Es una afección que suele afectar a las madres, y por ende, a los hijos a su cargo.

Los padres, en concreto las madres —epidemiológicamente son el grupo más afectado por el trastorno facticio por poder— pueden llegar a hacer daño a sus hijos para que ellos estén enfermos. Si sus hijos están enfermos, deberán de ir al hospital, recibirán el apoyo de sus familiares… Esto se explica a través de la queja socialmente aceptada.

La queja socialmente afectada

Las personas con un trastorno facticio por poder suelen ser madres con baja autoestima y un autoconcepto muy deteriorado. La madre hiere a su hijo para que este sea hospitalizado. Este es el mecanismo que ella tiene para obtener apoyo y cuidados por parte de los demás. Podría considerarse una llamada de atención, un grito de auxilio para que personas externas le presten atención.

Con estas conductas, la madre trata de conseguir esos cuidados, apoyo e interés que no sabe conseguir de otra forma y que necesita. ¿Interés de quién? De los médicos, en primer lugar, y de sus allegados, en segundo lugar. ¿Por qué a través de problemas de salud?

Numerosas investigaciones señalan que una forma de obtener esa atención es a través de la queja física, puesto que es una queja socialmente aceptada. La mayoría de nosotros, cuando un amigo nos cuenta que tiene un problema en el riñón, una apendicitis, un trombo o un cáncer, nos preocupamos de forma genuina.

Estamos más pendientes de ellos, como es lógico. De pequeños, cuando nos encontrábamos mal o vomitábamos, usualmente se nos brindaban cuidados especiales. Por ello, es lógico que las personas con trastorno facticio por poder piensen que la queja física o la enfermedad es un camino seguro para alcanzar el cuidado y la atención.

Madre hija médico

¿Son las conductas del trastorno facticio por poder delictivas?

Se han observado casos de madres llevando a bebés de pocas semanas de vuelta al hospital por problemas de respiración. El recién nacido pasa unos días en el hospital para ser examinado. Aunque no parece tener nada que pueda provocarle problemas en la respiración, lo cierto es que hay noches en las que empeora de forma abrupta.

Se observó, a través de cámaras de seguridad, como eran las madres las que entraban en la habitación del bebé con una almohada para asfixiarle durante unos segundos, no con el objetivo de matarlo, pero sí para que empeorara y la estancia en el hospital fuera más larga.

En este sentido, las conductas más frecuentes que se llevan a cabo en el trastorno facticio por poder son sin duda las de maltrato infantil. Pueden ser consideradas, por tanto, conductas delictivas y, de hecho, tienen consecuencias penales. Sin embargo, la etiqueta de delincuentes no es la que se ajusta mejor a las personas con este diagnóstico.

La motivación de los cuidados y la atención —sin que ellos puedan remediarlo— es lo que lleva a estas personas a emitir tan cruentas conductas. Sin embargo, es la patología la que habla y no tanto la crueldad, la frialdad o la maldad. Su objetivo último no es hacer daño.

El personal sanitario como clave para su detección

Por ello, y por las consecuencias que puede tener, es importante el acceso a las evaluaciones y registros médicos de otros hospitales -al menos de los que se encuentran en las mismas zonas-, de manera que todos los médicos puedan consultar su historial.

Detectar la misma queja por parte de la misma persona en cinco hospitales diferentes puede dar pistas sobre si se trata de un trastorno somatomórfico o un trastorno facticio. Con ello, se podrían ahorrar recursos, adelantando un diagnóstico que realmente pueda ayudar a las personas que padezcan este trastorno.