La masculinidad tóxica

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 30 enero, 2019
Paula Villasante · 30 enero, 2019

Tanto la masculinidad como la feminidad se construyen antes del embarazo y continúan después del nacimiento (1). Pero, ¿cómo llega a desarrollarse la masculinidad tóxica? Comencemos por el principio. Cuando el médico determina el sexo del bebé, nos dice si será niño o será niña. No solo se pasa por alto, por lo general, la existencia de las personas transgénero, sino que además se produce una dicotomía clara en la que la persona se verá envuelta, tanto en el plano social como más allá de él.

El bebé es niño o es niña. Por ello tendrá características más masculinas o más femeninas. Con ello, su ropa, sus conductas, sus espacios y sus juguetes se verán determinados. De esto tanto se ocupa el sexo que presenten los bebés como después la educación que reciban en la infancia.

Será esta educación y las influencias a las que sean sometidos a lo largo de su vida por la que se produzca, por lo general, la adhesión de las mujeres y hombres a una u otra categoría. Sin embargo, ni todos los hombres tienen las mismas actitudes y comportamientos definidos como masculinos ni todas las mujeres carecen de este tipo de rasgos (1). Lo mismo ocurre con los comportamientos femeninos.

Así, de la misma forma que la feminidad, podemos decir que la masculinidad es una construcción social. Según las autoras Hardy y Jiménez (2001), la aceptación o rechazo de la masculinidad como norma que prevalece en una sociedad tiene un impacto importante en la calidad de vida de hombres y mujeres.

Hombre señalado

¿Cuál es la diferencia entre sexo y género?

El sexo se define como la condición orgánica que distingue a las hembras de los machos según su órgano reproductor. Así, según las autoras, las personas nacen con un sexo biológico y este acaba determinando cómo serán tratadas socialmente por los padres, la familia y por la comunidad a la que pertenecen, para llegar a ser hombres y mujeres con atributos aceptados socialmente.

Este proceso varía de una sociedad a otra y también de acuerdo con el tiempo histórico en que estas personas están insertas. Por otro lado, el género puede ser definido como una categoría dinámica. Esta se construye socialmente y tiene como base las diferencias sexuales biológicas en el género binario. Sin embargo esta categoría, como dinámica que es, se modifica.

¿Qué es la masculinidad?

Según el diccionario, la masculinidad es el conjunto de características físicas, psíquicas o morales que se consideran propias del varón o de lo masculino, en oposición a lo femenino. Además, Barbosa (1998) afirma que la masculinidad se ha sexualizado y se trata como sinónimo de virilidad. Así, la sexualización de la palabra masculinidad y sus representaciones simbólicas están asociadas al falo y a los comportamientos resultantes del hecho de poseerlo y de dar pruebas de su funcionamiento (3).

La masculinidad giraría en torno a un elemento clave: el poder. Ser hombre significa tener y ejercer poder. El poder asociado a la masculinidad exige poseer algunas características: ganar, mandar, lograr altos objetivos (1). Ser un “tío duro”, en definitiva.

La construcción de la masculinidad

Así es como se construye la masculinidad. En la medida en que la sociedad caracteriza al varón como una persona dura, que rechaza los afectos, principalmente con personas de su mismo sexo, es fácil entender que el adolescente, que tiene y a quien le gustaría expresar sentimientos de ternura, comience a tener dudas sobre su masculinidad. Se entiende que cuanto más exigentes son los atributos del macho en una sociedad, más difícil será identificarse como tal (1).

Según Figueroa (1998) en este tipo de personas que tienen conflictos con su masculinidad, casi siempre existirán también conflictos y tensiones frente a la bisexualidad. El macho renunciaría de manera inconsciente a esta alternativa optando por la heterosexualidad, sobre la cual se construye la masculinidad.

La cultura patriarcal enseña a los hombres que no tienen por qué dominar sus impulsos sexuales. Están, de alguna forma, obligados a no perder oportunidades y creer que siempre, o casi siempre, deben ser satisfechos sexualmente (5). En esto se basa la masculinidad. O mejor dicho, las masculinidades: según el doctor Benno de Keijzer, no se puede hablar de una sola masculinidad, una sola forma de ser hombre.

Hombre experimentando culpa mientras mira por la ventana

La masculinidad tóxica

Así, el término masculinidad tóxica hace referencia a aquellos aspectos de la masculinidad que son socialmente destructivos. Estos son la misoginia, la homofobia, avaricia y dominación violenta; y aquellos aspectos que se aceptan y valoran culturalmente (Kupers, 2001).

Las desafortunadas tendencias masculinas asociadas con la masculinidad tóxica incluyen la competencia extrema y la codicia. La insensibilidad o la falta de consideración de las experiencias y los sentimientos de los demás, la fuerte necesidad de dominar y controlar a los demás, el temor a la dependencia, la disposición a recurrir a la violencia, y la estigmatización y subyugación de mujeres, gays, trans y hombres que exhiben características femeninas (7).

Sabemos que existe el hombre cariñoso. El hombre que está en contacto con sus atributos “femeninos”. Existe también el padre dedicado a sus hijos. Estos son aspectos no tóxicos de las masculinidades.

Por todo eso, doctores, como de Keijzer, ponen de manifiesto conceptos como el varón como factor de riesgo. Este doctor considera el hombre como factor de riesgo en tres campos:

  • Riesgo hacia mujeres, niños y niñas.
  • Hacia otros hombres.
  • Riesgo para sí mismo.

La masculinidad tóxica es peligrosa. Así, parece clara la necesidad de establecer nuevos modelos de sistema en los que los hombres, por el hecho de serlo, no sean un peligro. El doctor de Keijzer señala así la necesidad de diseñar e inventar espacios donde los hombres puedan dar un paso fuera de la reproducción de una masculinidad enajenada para revisarla o discutirla. Acabar con la masculinidad tóxica es una necesidad.

  1. Hardy, E., & Jiménez, A. L. (2001). Masculinidad y género. Revista cubana de salud pública, 27(2), 77-88.
  2. Barbosa, M. J. S. (1998). Chorar, verbo transitivo. cadernos pagu, (11), 321-343.
  3. Ramsay, K., & Parker, M. (1991). Gender, bureaucracy and organizational culture. The Sociological Review, 39(1_suppl), 253-276.
  4. Figueroa-Perea, J. G. (1998). Algunos elementos para interpretar la presencia de los varones en los procesos de salud reproductiva. Cadernos de Saúde Pública, 14, S87-S96.
  5. Gogna, M. (1998). Factores psicosociales y culturales en la prevención y tratamiento de las enfermedades de transmisión sexual. Cadernos de Saúde Pública, 14, S81-S85.
  6. Kupers, T. A. (2001). Psychotherapy with men in prison.
  7. Kupers, T. A. (2005). Toxic masculinity as a barrier to mental health treatment in prison. Journal of clinical psychology, 61(6), 713-724.