La mentira del miedo a hacer daño

21 junio, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Rafa Aragón

El miedo a hacer daño se manifiesta a través de una frase muy común: “No quería hacer o decirte tal cosa por no hacerte daño”. Probablemente todas las personas la hayamos utilizado de una forma u otra. Pero, ¿qué esconde realmente esta frase? Esconde una gran mentira atrapada en un sentimiento de culpabilidad.

Cuántas cosas hemos dejado de decir y de hacer por el miedo a hacer daño a la otra persona, o más bien por pensar que eso es así. Cuando realmente ni sabemos lo que le puede hacer daño, ni estamos siendo honestos con nosotros mismos. De forma encubierta existe un autoengaño por necesidad de protegernos. Cuando hacemos daño a otras personas o creemos que podemos hacer daño, también podemos causarnos dolor a nosotros. Por ello, es una forma de no herirnos a nosotros mismos.

Dejamos de decir la verdad, dejamos de mantener una comunicación eficaz y auténtica, escondemos y ocultamos mucha información que la otra persona merecería saber, y querría saber. Y todo esto acaba teniendo unas consecuencias, que muchas veces no hemos querido tener en cuenta.

Cuando mentimos para no hacer daño, no damos tan siquiera a la otra persona la oportunidad de que elija, simplemente decidimos por ella

El miedo a la responsabilidad

La única persona responsable de cómo te sientes eres tú

La capacidad para hacer sentir a una persona de una determinada manera, en realidad, no depende de nosotros. Nuestros actos y nuestras palabras no tienen este poder, y por lo tanto, no podemos saber cómo se sentirá alguien al respecto. Aunque en un principio este planteamiento parezca un tanto frío, cada uno somos responsables de cómo respondemos a los demás. Si alguien, por ejemplo, nos insulta, tenemos la opción de que nos afecte o nos de igual.

Solo nosotros en sí mismos somos responsables de lo que sentimos. Nos lo generamos a través de las interpretaciones que damos a algo que ha ocurrido, que nos han hecho o dicho. Existen muchas frases que son las que nos han hecho creer que somos responsables de lo que pueda sentir la otra persona:

  • Me has hecho sentir culpable de esta situación.
  • Tú me has hecho daño.
  • Me has dañado con tus palabras.
  • Estoy dolida por tu comportamiento.
  • Haces que me sienta triste.

Con estas frases, y todo lo que tenga que ver con hacer responsable de cómo nos sentimos a otra persona, estamos dejando de asumir nuestra responsabilidad. La realidad de esas sensaciones, esos sentimientos y emociones, las generamos nosotros mismos, a través de nuestra interacción con los otros; y emergen a través de nuestra experiencia y pensamientos.

Por lo que no todas las personas se van a sentir de igual modo ante un mismo estímulo; proporcionarán diferentes respuestas en función a sus características personales y la actitud que decidan tomar.

El miedo a hacer daño esconde otros miedos

Nos hemos configurado así. Utilizamos el “yo soy así” para justificar que nos hemos creído que verdaderamente somos los responsables de cómo la otra persona se vaya a sentir. Sin embargo, esto es solo una creencia impuesta. La Inteligencia Emocional debería ser una asignatura obligatoria en todos nosotros. De esta forma, sabríamos aceptar los reveses que nos pueda dar la vida sin culpar a nadie y sin sentir culpa por expresar nuestros sentimientos.

Nos creemos que lo que sucede realmente es que tenemos miedo a hacer daño a la otra persona, y nos amparamos en ese pensamiento. Al creérnoslo podemos engañar indiscriminadamente. Y en nuestra fantasía somos los salvadores que prefieren el engaño antes que hacer daño.

¿Qué estamos realmente justificando con esta actitud? Estamos justificando nuestros miedos, y sobre todo, nuestra culpabilidad. Al sentirnos culpables, de inmediato, se disparan las alarmas y evitamos que se sepa la verdad. Nos protegemos de unas consecuencias que no queremos asumir. Evitamos, así, sentirnos mal y culpables por hacer, por ejemplo, que nuestra pareja llore si decidimos abandonar una relación. En realidad, nos estamos escudando en el «no quiero hacerte daño», cuando en realidad es un «no quiero hacerme daño».

Sin embargo, nos sentimos culpables porque inferimos automáticamente que la otra persona nos va a culpar de cómo se siente. Podemos liberarnos de esta culpa si somos capaces de asumir que no somos responsables de cómo se acabará sintiendo la otra persona. A pesar de que en muchas ocasiones nos puedan culpar, ser conscientes de que esto no es así, nos libera de una gran carga.

«Si sufres es por ti, si te sientes feliz es por ti,  si te sientes dichoso es por ti. Nadie más es responsable de cómo te sientes, sólo Tú y nadie más que Tú. Tú eres el infierno y el cielo también.»

 -Osho-

Liberación de la culpa

Libérate de tu culpa

El sentimiento de culpa generado por nuestras inseguridades y propios pensamientos es el que determina conductas que nos alejan de las demás personas. Nos resguardamos evitando la autenticidad y la claridad, por no hacerle frente a nuestros miedos. Si cogemos las riendas de nuestra vida y decidimos avanzar, tendremos que asumir que en algunos momentos de nuestro camino el sentimiento de culpa volará sobre nosotros. Sin embargo, dejarnos invadir por él y dejar que nos invalide solo hará que nos hundamos cada vez más.

«Por supuesto que te haré daño. Por supuesto que me harás daño. Por supuesto que nos haremos daño el uno al otro. Pero esa es la condición misma de la existencia. Para llegar a ser primavera, significa aceptar el riesgo del invierno. Para llegar a ser presencia, significa aceptar el riesgo de la ausencia.»

El principito -Antoine de Saint-Exupéry-

Si logras comprender, aceptar e integrar que tú no eres responsable de cómo se pueda sentir la otra persona, ya que no tienes el poder de dañarle, ni tampoco de evitar su dolor. Entrarás en profundo contacto contigo, no desviarás la atención a lo que realmente ocurre: que tus miedos no te dejan comprender con claridad que estás evitando una situación que a ti te provoca malestar e incomodidad.

Afrontar esta situación nos permite no solo conocernos mejor a nosotros mismos y a nuestros miedos, sino recuperar el valor de ser honestos y además hacer frente a las consecuencias de nuestros actos. Contribuyendo a mantener relaciones más auténticas y estables; basadas en la confianza.

Lo peor que podemos hacerle a las personas que queremos es no darle la posibilidad de que sepan la verdad, y sean ellas quienes elijan su actitud de cómo afrontar los hechos. Nos creemos la historia de que las estamos salvando de algo, cuando en realidad solo queremos salvarnos de nuestros propios miedos, aumentándolos sin conciencia