La necesidad de idealizar para amar

Rafa Aragón · 10 junio, 2016

Cuando nos enamoramos no solo es inevitable idealizar a la otra persona, sino que además es necesario. Ese estado incontrolable y pasional, que se produce con tanta intensidad, tiene su fundamento en la visión especial que tenemos acerca de quien nos enamoramos.

Una visión especial que nos hace maravillarnos, ya que cualquier característica positiva en la otra persona la ampliamos de una forma exagerada y cualquier aspecto negativo lo disminuimos e incluso lo vemos como algo simpático. En la idealización lo que prima es el personaje que construimos a través de otra persona.

El proceso de idealizar tiene un tiempo determinado, ya que es inevitable que disminuya la intensidad, este estado no es posible mantenerlo puesto que nos afecta en todos los ámbitos de nuestro día a día, disminuye nuestra concentración y atención ya que toda nuestra energía está focalizada en el ser amado.

Proceso bioquímico al idealizar

En el estado de enamoramiento, al idealizar, se genera un proceso bioquímico en nuestro cerebro alterado que resulta parecido a la adicción; por eso se llega a decir que este estado es como estar drogado y se asemeja a la enajenación mental.

Cerebro que muestra la química del amor

Al estar enamorados se alteran sustancias químicas en nuestro cerebro como la norepinefrina y la dopamina. Además, aumenta la producción de feniletilamina, siendo este un neurotransmisor que provoca un mayor grado de excitación, generando taquicardia, enrojecimiento e insomnio.

La feniletilamina se genera también a través de algunos alimentos como el chocolate, es por eso que este alimento nos puede servir para aliviar un poco esa sensación de ansiedad por la ausencia del ser amado. En el estado de idealización se presentan síntomas físicos como:

  • Palpitaciones, escalofríos y cosquilleos en el estómago (lo que se conoce como mariposas).
  • Fuerte excitación nerviosa, rubor, sudores fríos y dilatación pupilar.
  • Cambio de olor corporal, miedo paralizante y necesidad física de la presencia de la otra persona.

Entre los síntomas psicológicos destacan:

  • Focalización en el ser amado, dependencia y pérdida de la propia identidad.
  • Deseo de fusión, idealización y estados alternos de euforia y depresión.

Periodo fantasioso de la idealización

La fantasía se dispara al idealizar, todo lo que forma parte de la otra persona nos parece que está bien y que es lo mejor. Creamos un ser extraordinario, jugando con sus características personales, añadiéndole además aspectos que anhelamos.

“¡Oh amante! La conclusión que puedes sacar para ti mismo es la siguiente: te imaginas que todos los que ven a tu amado lo encuentran tan hermoso como lo ves tú”

-Ibn Arabi-

Fantaseamos con poder encontrarnos al ser amado en cualquier lugar y en cualquier instante, percibimos que puede suceder algo así y permanecemos alerta. Lo vemos en todas partes y lo sentimos como una parte nuestra. Es en este periodo cuando podemos llegar a tener alucinaciones.

pareja cogiéndose de la mano

Las fantasías que tenemos giran en torno al ideal que hemos creado acerca de lo que supone una relación romántica. Dependiendo de cómo vivamos el amor, buscaremos a un tipo de personas u otras para que se acerquen a este ideal: amores imposibles, amores vividos a través del dolor, amor basado en conflictos, amor pasional, amores trágicos, amores “perfectos”, etc.

Tomando contacto con la realidad

El proceso de idealizar a quien amamos puede llegar a prolongarse en el tiempo; al terminar este proceso la relación puede concluir o transformarse. Esto es algo que dependerá sobre todo de lo lejana que sea la realidad a las expectativas que teníamos. Si la persona que hemos idealizado no se corresponde para nada a nuestro ideal es probable que la relación deje de ser motivante.

El contacto con la realidad puede llegar a ser algo frustrante y trágico, tras toda la fantasía que habíamos construido en el estado de enamoramiento. Volver a la realidad es el paso en el que nuestro amor se convierte en un amor maduro. Esta transición valida que estamos con la persona que realmente queremos estar, para compartir así nuestras vidas.

Dar este paso de volver a la realidad supone amar de otra forma, sin perder la individualidad. La idealización tiene la función de enganche y de fusión, nos da la fuerza y energía para querer conocer a la otra persona, con toda la intensidad que ello supone. Aunque romper con la idealización puede resultar frustrante, es una frustración positiva que nos ayuda a evolucionar y consolidar el vínculo amoroso.

El amor solo es posible cuando dos personas se comunican entre sí desde el centro de sus existencias. Por lo tanto, cuando cada una de ellas se experimenta a sí misma desde el centro de su existencia. Solo en esa “experiencia central” está la realidad humana, solo allí está la vida, sólo allí está la base del amor.

Experimentado en esa forma, el amor es un desafío constante, no es un lugar de reposo. Un moverse, crecer, trabajar juntos. De esta manera, que haya armonía o conflicto, alegría o tristeza, es secundario con respecto al hecho fundamental de que dos seres se experimentan desde la esencia de su existencia. Entendiendo que son el uno con el otro al ser uno consigo mismo y no al huir de la sombra que proyectan.

“Solo hay una prueba de la presencia del amor: la hondura de la relación y la vitalidad y la fuerza de cada una de las personas implicadas; es por tales frutos que se reconoce el amor”

-Erich Fromm-

Compartimos esta genial escena del final de la película “Con faldas y a lo loco”: